El principal de todos los caciques fue Juan Calfucura, pronunciado Calfucurá en Argentina, pesadilla de los trasandinos durante largas décadas del siglo XIX.
Calfucura fue un toqui o jefe militar cuyo poderío tocaba las puertas mismas de Buenos Aires.
Su influencia sobre otros importantes lonkos y ulmenes de la época como Yanquetruz, Catriel y Coliqueo en Puelmapu, así como el legendario Mañilwenu y su hijo el bravo José Santos Kilapán en Malleco, consta en las numerosas cartas que ordenó redactar a sus lenguaraces y que fueron publicadas por diarios como La Prensa, El Orden y El Nacional.
Pero Calfucura no solo publicaba cartas en los principales diarios trasandinos y chilenos. Estableció además nutrida correspondencia con autoridades civiles y militares de ambos lados, mandatarios y ministros incluidos. En ellas, el toqui hace gala de su poder y dominio absoluto de la situación.
Quien más sabe de Calfucura es probablemente el escritor argentino Omar Lobos. Lo conocí hace un par de años en la ciudad de Buenos Aires, en la Feria Internacional del Libro del 2015.
Ese año viajé invitado a presentar la edición trasandina de Solo o por ser indios, publicado para Argentina y Uruguay por Editorial Del Nuevo Extremo. Lobos, autor del libro Juan Calfucura, correspondencia 1854-1873, lanzaba el suyo en una sala contigua.
La publicación, de casi seiscientas páginas, se estrenó a sala llena en un acto que tuvo mucho de recuperación de la memoria y de dar voz, quizás por primera vez, a quien por más de un siglo y medio fue retratado por la historia oficial argentina como un indio salvaje y despiadado. Y de sospechoso origen chileno.
Pero Calfucura lejos estuvo de ser un salvaje.
¡y mucho menos un chileno!
Nacido a fines de 1780, Chile no existía en ese entonces al sur de la frontera del río Biobío. Mucho menos en las tierras del Llaima, su lugar de origen en la actual comuna de Cunco, donde el sueño patriota solo plantaría soberanía recién una refundación de Villarrica en 1883.
No, Calfucura no nació en Chile. Lo hizo en Gulumapu, la parte occidental del independiente País Mapuche cuyas fronteras él mismo ayudaría a extender hasta las costas del Atlántico y el margen sur de Buenos Aires.
Su nombre, “piedra azul”, en la lengua mapuche, se dice lo obtuvo debido a una piedra que poseía desde joven y que guardaba con mucha veneración en su ruca a punto de ser considerada mágica y muy temida por otras tribus enemigas.
Hablar de Calfucura es hablar de la conformación del Estado argentino y, tal vez, del principal obstáculo que debió sortear para constituirse. Tres años le llevó a Omar Lobos, graduado en Letras en la Universidad Nacional de La Pampa, dar con las cartas del jefe mapuche, repartidas entre el Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico de la Pampa e inclusive colecciones privadas.
Una larga pesquisa que dio sus frutos: el libro es la más completa recopilación de correspondencia de un líder mapuche del siglo XIX. Son 127 cartas que abarcan desde 1854 hasta 1873, el año de la muerte de Calfucura, e incluye otra serie de documentos de época que agregan contexto a las misivas: notas de prensa, partes militares y testimonios de cronistas y viajeros, uno de ellos el naturalista inglés Charles Darwin.
“La figura de Calfucura a mí me atrapó desde niño, cuando en la Pampa los mayores nos relataban la historia local y emergía este líder indígena casi como un ser mítico. Calfucura fue un líder auténtico, un actor en las guerras civiles argentinas y un estratega político-militar sorprendente”, señala.
“El libro no se restringe al período de las cartas, da cuenta del año 1830 a 1884, cuando finalmente es derrotado su hijo Namuncura por el Ejército argentino. Son documentos que narran más de medio siglo de historia”, dice el autor. Y de historia mapuche en primera persona. Para Lobos su libro es también aquello: un intento de reconstruir la voz de un legendario jefe mapuche que se hace oír sin intermediarios.
“Es su propia palabra la que aparece en el libro. Son cartas que él dirige a los generales y presidentes argentinos, así como a otros lonkos aliados en el hoy lado chileno, que además de revelar su poder e influencia también dan cuenta de otros aspectos más cotidianos de su tiempo; por ejemplo, la fascinante relación mapuche con los caballos y la vida gauchesca de la pampa, donde la frontera no existía, sino que era un espacio de convivencia entre la cultura blanca y la cultura mapuche”, agrega Lobos.
“Mucha de nuestra actual identidad argentina de ese cruce”, subraya. Una de aquellas herencias culturales sería la popular expresión “che” de los argentinos. Proviene nada menos que del mapuzugun y significa “gente”.
Fragmento del libro “Historia Secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo