lunes, 16 de febrero de 2026
Carneros Rambouillet, originarios de Francia

carta fechada en noviembre de 1892, aparecida en los Anales de la Sociedad Rural, detalla interesantes aspectos del establecimiento agropecuario de Benigno del Carril. El arrendamiento de tierras a chacareros italianos, con la obligación de dejarlas sembradas con alfalfa al término de su contrato de tres años, y la rotación de los ganados de pastoreo permitirían, según Del Carril, no solamente que los propietarios evitaran grandes inversiones sino que, a su vez, los arrendatarios dispusieran de tierras por las que pagaban una renta inferior a los beneficios que obtendrían de su producción, pero sin la enorme erogación de comprarlas a los precios corrientes. El resultado era el mejoramiento de los campos orientado a recibir un ganado distinto y refinado.

Entre 1890 y 1895 se sumaron algunos elementos adicionales, por ejemplo, el hecho de que el precio de la tierra subiera menos que el de los productos agropecuarios; lógicamente, ello implicaba una tendencia a la reducción de los arrendamientos.

Esta suma de factores explica el aumento de las exportaciones de trigo, maíz y lino. En 1890 las ventas de trigo al exterior no alcanzaban a 10.000 pesos oro; en el año 1900 llegaban casi a 50.000 pesos oro. Los 8.000 pesos oro que devengaba la exportación de maíz en 1890 se convirtieron en 13.000 en 1899. Y, en un decenio, los poco más de 1.000 pesos oro del lino se habían multiplicado por diez. Esto -téngase en cuenta- con precios que fueron declinando desde 1892 hasta fin de siglo. La Argentina se convertía con rapidez en un país básicamente exportador: ya en 1892 la mitad de la cosecha de trigo se destinaba al exterior. Entre 1890 y 1898 la tasa promedio del crecimiento anual del volumen de exportaciones fue de 6,2 por ciento, ritmo increíblemente alto que no fue superado antes ni lo sería después. En los primeros cinco años de la década, más de 2 millones de hectáreas se agregaron a la producción, y en 1895 existían más de cien mil establecimientos dedica dos a la producción agrícola o ganadera, y en algunos casos a ambas a la vez.

El transporte ferroviario permitía el manipuleo de cereales con pérdidas mínimas, pero también benefició a la producción de carne orientada a la exportación: abarataba todo el proceso productivo y eliminaba el problema de la pérdida de peso en los animales. El sistema terminaba en los puertos, que en la década de 1890 se ampliaron extraordinariamente. El puerto de Rosario se constituyó en colector de una rica zona agrícola y distribuidor de su producción hacia el exterior, lo que generó un portentoso desarrollo de la ciudad y sus adyacencias. El censo municipal de 1900 anota para 1899 un total de casi 1,3 millones de toneladas de mercancías exportadas.

Bahía Blanca, que en 1889 apenas contaba con un pequeño muelle para recibir productos importados, diez años después computaba un tráfico de 160.000 toneladas, de las cuales el 60 por ciento consistía en exportaciones; en 1897 se termina en Buenos Aires el puerto Madero, que pronto resultaría chico para el intenso tráfico que se encamina a través de él. Por esta razón, después de 1900 se hará necesario ampliar las instalaciones mediante la construcción de nuevas dársenas.

Detrás de muchas de estas empresas se movía una fuerza económica que en la década anterior se había instalado firmemente nuestro país y que persistió en los años que siguieron a 1890, aunque con menor intensidad: el capital británico. En la década de 1890 se invirtieron unos 50 millones de libras esterlinas, cantidad menor que la colocada en los diez años anteriores, pero de todas maneras muy significativa no sólo por su cuantía sino porque demostraba confianza en un país cuya quiebra había sido proclamada a los cuatro vientos en 1890. No se limitaba únicamente a los ferrocarriles sino que también se orientaba hacia los puertos, la electricidad, los transportes urbanos y las tierras.

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