jueves, 1 de enero de 2026

Si la mirada acerca de los indígenas y su destino final comenzó a dar un giro significativo apenas concluida la campaña militar, hacia fines del siglo XIX ese giro siguió profundizándose aunque todavía aparecieran algunos testimonios aislados que seguían obstinadamente sosteniendo el supuesto salvajismo de aquéllos y la necesidad de civilizarlos. Estas visiones son minoritarias y en esta última etapa no sólo se abandona totalmente la idea de civilizar aplicando el sistema de distribución, sino que se impone con mayor firmeza la idea de entregar tierras a los indígenas como una forma válida de integración y como un medio de vida adecuado. En este sentido se expresan las propuestas de intelectuales, políticos y hasta militares como el coronel Enrique Rostagno, quienes plantean:

Al indio hay que enseñarle a trabajar la tierra de una manera más productiva de la que el puede hacerlo, falto de medios o con elementos primitivos o rudimentarios y su carencia absoluta de conocimientos; pero al trabajar su tierra, la que se le dé en propiedad, para que tenga interés en cuidarla y mejorarla y esa enseñanza tiene que hacerse por medio de escuelas agrícolas elementales, donde se den lecciones experimentales.

En la misma dirección también la Iglesia católica, a través del misionero salesiano José Fagnano, intenta llevar adelante planes de integración de los indígenas a través de la formación de colonias agro-ganaderas y, aunque el escenario ha cambiado ya que ahora la empresa misional está centrada en la isla de Tierra del Fuego y los actores ya no son los primitivos habitantes de la pampa o de los valles patagónicos, sino los onas y alacalufes naturales de la isla, igualmente la conformación de una misión y colonia aparece como la alternativa más viable para la incorporación de los indígenas.

Desde una mirada diferente, pero teniendo el acceso a la tierra por parte de los indígenas se expresa una ponencia presentada por el antropólogo alemán Robert Lehmann-Nitsche en el Congreso Científico Internacional llevado a cabo en Buenos Aires hacia principios del pasado siglo XX. En ella su autor, luego de describir y comparar los métodos empleados en Estados Unidos y en Argentina respecto del destino final de los indios sometidos, sugiere que en nuestro país se debería adoptar la misma política desarrollada por el país del norte, es decir, la creación de reservas y la cesión de tierras a los indígenas, ya que “esta gente representa sin duda un elemento importante en la explotación de la riqueza del país, fomento de industrias y del comercio de aquellas regiones, y en la época en que se necesitan brazos constituyen un cuerpo de obreros sumamente baratos y sin pretensiones”.

A partir de estas consideraciones Lermann-Nitsche proponía la concesión sempiterna de tierras a los indígenas donde éstos pudieran vivir de acuerdo a sus costumbres y bajo la vigilancia protectora del Estado, contra la presencia de intrusos y para ello mocionaba que el Congreso Científico aprobara un proyecto de declaración que entre otras cosas postulaba:

La República Argentina debe seguir el ejemplo dado por EE. UU. reservando grandes territorios para la población autóctona donde pueda vivir según sus costumbres, sin ser sometidos a la llamada civilización de una raza distinta que para ella es algo incomprensible […]

La propuesta de Lehman-Nitsche, luego de un interesante e intenso debate en el cual entre otros participan Juan B. Ambrosetti y Florentino Ameghino -y en el que no faltaron las apelaciones de carácter racial para demostrar la supuesta inferioridad de la raza indígena, así como el cuestionamiento a la acción evangelizadora de la Iglesia católica y la explotación que los misioneros realizarían sobre los indígenas-, fue aprobada aunque su redacción final distó profundamente del planteo inicial.

En el mismo sentido se expresaba la revista Caras y Caretas, de profusa circulación entre las “familias patricias” de Buenos Aires, señalando los sensibles cambios operados entre estos indígenas respecto de aquellos del inicio de la campaña militar, cambios que se percibían en el grado de sumisión adquirido y sus nuevos hábitos sedentarios

Está de moda la venida de pequeños soberanos indígenas a la metrópoli. Tenemos entre nosotros a Ñancucha Nahuelquir, cacique araucano mapuche, y a Bibiana García, caciquesa de los restos de la otrora grande y poderosa tribu del desgraciado Catriel. Uno y otra vienen al foco de la civilización argentina con un fin pacífico de plausible sumisión. Vienen a pedir campos para fundar de manera estable sus hogares, antes vagabundos, en sitio fijo y sobre tierra propia […].

Incluso al describirlos los caracteriza como “indios civilizados: leen escriben, tienen toros mestizos Durham y carneros cuarterones. Educan a sus hijos en el colegio de Patagones y desean vivir tranquilamente, con la tranquilidad que da la posesión legítima”.

Junto a estas propuestas, pero fundadas en razones diferentes, se inscriben las iniciativas oficiales que el Estado, a través del Congreso de la Nación, emprende en aquellos años. Tales iniciativas se explican en el marco de una política que privilegiaba tanto la entrega de tierras en forma directa a determinadas comunidades indígenas como la formación de reservas y colonias.

A diferencia de lo que sucedía en años anteriores, donde las adjudicaciones generaban ríspidos debates, todas se resolvían rápidamente. La fundamentación de ello se apoyaba en dos principales. La primera era que las tribus que accedían al beneficio eran “mansas, es decir que ya estaban domesticadas y, por lo de la campaña. Como lo señaló el senador por Tucumán Francisco L. representaban ningún peligro para el resto de la población García: “La tribu a que se refiere este proyecto, hace tiempo que vive tanto, no en pacífica posesión de la pequeña extensión de tierras que hoy trata de concederles, y entregadas a faenas agrícolas, ha dado prueba de mansedumbre, que conviene fomentar”.

La segunda razón principal tenía que ver con el efectivo control y autoridad que el Estado ejercía sobre los territorios conquistados. Autoridad que era reconocida por los propios indígenas al peticionar al gobierno la entrega de tierras. Estos pedidos simbolizaban, de algún modo, el respeto de los caciques por las leyes y la soberanía de la Nación, y además resultaban indicativos del grado de civilización que habían alcanzado. Esta línea argumental la sostiene el senador Del Pino quien, a propósito de una solicitud de concesión de tierras por parte del cacique Namuncurá, señaló:

Da la coincidencia de que el cacique señor de la pampa o del desierto, como se le llame en el mensaje, lo tenemos presente en nuestra barra, cuya circunstancia es un motivo más para formular esta moción a nombre también de nuestra civilización, de nuestras instituciones que triunfaron sobre el salvaje, que en estos momentos se inclina ante la justicia y ante esa civilización que por fin se ha impuesto en todo nuestro territorio.

En la misma dirección se expresa el senador Mitre cuando sostiene: “Indudablemente revela un gran progreso el hecho de que un antiguo cacique de la pampa venga a gestionar la propiedad de la tierra de la que fue antes soberano, y reconozca la soberanía de la Nación en toda la tierra argentina”.

 

Fragmento del libro “Estado y cuestión indígena”, de Enrique Hugo Mases

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