jueves, 1 de enero de 2026
Jorge y Cecilia recién casados

Jorge Cunningham y Antonia Conti se conocieron en 1915 en la estancia “La Elida”. Antonia era hija de un matrimonio de inmigrantes italianos radicados en Buenos Aires. Cuando tenía 18 años de edad, Antonia se mudó al Valle Huemules para ayudar en las tareas del hogar a su hermana Victorina, que se había casado con Juan Leske, el propietario de la estancia “La Elida”. Ni bien se supo que una joven residía en “La Elida” comenzó a ser visitada por numerosos solteros que habitaban la región. Cuando Jorge la conoció, Antonia tenía 20 años de edad. Jorge arribó al casco de La Elida arreando una tropilla de caballo causando como de construmbre un gran alboroto. A Antonia le impresionó su estampa, luego, para acercarse a Jorge, le ofreció coserle los botones que le faltaban al saco de cuero que vestía. Mientras ella cosía, se limitaron a observarse en silencio. El contraste de personalidades, él silencioso y retraído, ella locuaz e inquieta, caló hondo en la joven porteña.

Se casaron el 28 de septiembre de 1921. Ella tenía 26 años y él, 36. Desde esa fecha, la estancia Lago Blanco pasó a ser el nuevo hogar de Antonia. Por entonces el casco estaba compuesto por la casa principal, dos garajes, galpón de esquila, cocina para peones, galpón para planteles, usina eléctrica, herrería, carpintería, depósito de forrajes, comedor para peones y otras dependencias. En resumen, era un pequeño pueblo con las comodidades acordes a la época. Para 1935 era más grande que el pueblo de Lago Blanco.

El mismo año de casamiento, para no perturbar la armonía de la pareja, George decidió vender su parte de la sociedad a su primo. Luego, aunque siguieron en contacto, partió para no retornar.

En coincidencia con el primer aniversario de la pareja, el 28 de septiembre de 1922, nació Jorge. En 1923 le siguió Rubén y el 17 de octubre de 1927, Francisco. Dos años después, el 8 de mayo de 1929 llegó María Elena, la primera hija. Al año siguiente, Antonia dio a luz a las mellizas María Cecilia y María Beatriz.

La familia Cunningham a pleno. De pie: Rubén, María Beatriz, Jorge (hijo), María Cecilia y Francisco. Sentados: María Helena, Doña Cecilia y Don Jorge

En 1925 un incendio destruyó el registro Civil de Comodoro Rivadavia, en el que Antonia había asentado su cambio de domicilio. Ese siniestro, que para la mayoría resultó un desastre, para ella fue un sueño hecho realidad. A partir de entonces y por elección empezó a llamarse Cecilia.

A veces, para la cena, sumando allegados y familiares se contaban 20 personas. Algunos de los que se sumaban de manera permanente eran Julio LESKE, hijo de la hermana de Cecilia; Roby, un maestro de origen suizo; Roger, un dibujante técnico y Guillermo “Willy” DORAN.

Los chicos crecieron aprendiendo las tareas del campo con las que de grande se ganarían la vida. Las niñas, aunque gustaban de la vida al aire libre, debía permanecer dentro de la vivienda para ayudar a la madre. Un pizarrón indicaba la actividad que le correspondía a cada una según el día de la semana. Los varones, cuando no tenían asignada alguna actividad, se entretenían cazando o pescando en los arroyos y en el lago.

Cuando cumplieron 8 años de edad, don Cunningham los instruyó en el manejo y manipulación de armas. Primero tuvieron rifles y luego revólveres con 5 balas en el tambor de carga, en lugar de las 6 correspondientes. Debía dejar libre el del primer disparo. En caso contrario, si por accidente se golpeaba el percutor el arma se disparaba sola.

Francisco “el bebe”, era el mejor tirador de los tres hermanos varones. Aquí con su revólver

Con ellas hacían las mil y una travesuras. En las noches, cuando la madre estaba de viaje, antes de dormirse, apagaban a disparos la vela que estaba en el dormitorio o practicaban con los sapos que ingresaban por debajo de la puerta de la sala principal. Don Cunningham, divertido, cuando no hacía la vista gorda ante de esos juego, participaba de ellos.

Pero esa generalizada costumbre de portar armas llegó a su fin en 1943, cuando Gendarmería decomisó todas las armas de los pobladores. A los Cunningham les expropiaron un arsenal compuesto por 26 armas. Sin embargo, a los que no eran de la zona no se las quitaban. Entonces los pobladores optaron por rearmarse en Comodoro Rivadavia sin declararlas a las autoridades.

Los chicos cursaron estudios asistiendo a colegios de Lago Blanco, Comodoro Rivadavia, Buenos Aires o en la estancia con maestros particulares. De todos Beba fue la única que terminó el secundario. Se recibió de maestra y llegó a ejercer su profesión en la escuela de Lago Blanco. En 1958, a Don Cunningham le diagnosticaron un cáncer de esófago y a los tres meses, el 28 de junio, falleció.

Cecilia continuó residiendo varios años en la estancia, pero diversas circunstancias la obligaron a venderla.

Aunque los hijos trataron de administrarla, continuando la labor del padre, no obtuvieron buenos resultados.

Doña Cecilia, con el dinero que obtuvo de la venta de la estancia, compró otra más pequeña en Tres Arroyos, en la provincia de Buenos Aires. En ella residió durante varios años.

A la edad de 92 años cambió de nuevo de domicilio para pasar sus últimos años junto a su hija Beba en Comodoro Rivadavia. Falleció dos años después, el 12 de julio de 1982.

En la actualidad la estancia pertenece al arquitecto comodorense Mario Provedo.

 

 

Fragmento del libro “EL viejo oeste de la Patagonia”, de Alejandro Aguado

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