En la concentración del 15 de abril, a los pocos minutos que comenzara el discurso el presidente Perón estallaron dos bombas causando momentos de pánico y una serie de víctimas que, según se informó después, llegaron a seis muertos y noventa y tres heridos. Interrumpido en medio de las declaraciones que había planeado hacer, Perón se lanzó contra los responsables y aseguró que los identificaría y los llevaría ante la justicia. Pero cuando se elevaron gritos que reclamaban venganza, Perón, en apariencia sin premeditación, contestó: “Eso de la leña que ustedes me aconsejan, ¿por qué no empiezan ustedes a darla?”.
Ya fuese esa la única señal dada, o ya se hubiesen impartido por otros conductos instrucciones especiales, lo cierto es que esa noche bandas dispersas de jóvenes peronistas ejercieron violentas represalias semejantes a las reclamadas por la Orden General Nº 1. Irrumpieron en la sede central del partido Socialista, la Casa del Pueblo, destruyeron sus instalaciones e incendiaron el edificio, en el cual estaban los archivos y la biblioteca; siguieron atentados contra las sedes del partido Radical y el partido Demócrata, y la destrucción total del Jockey Club. Símbolo del lujo de la clase alta, el edificio del club fue pasto de las llamas, que devoraron su biblioteca y destruyeron algunos de sus valiosos cuadros, ante la indiferencia de la policía y los bomberos, que sólo procuraron proteger los edificios vecinos.
Los acontecimientos del 15 de abril de 1953 provocaron tensiones que llegaron a niveles más altos que los de cualquier otro momento desde que se proclamó el estado de guerra interno, en setiembre de 1951. En las semanas que siguieron, la policía detuvo a cientos de personas tratando de encontrar a quienes habían puesto las bombas y registró el país entero en la busca de armas ocultas. En la creencia de que los terroristas estaban vinculados a la comunidad exiliada en el Uruguay, el gobierno procuró controlar todo movimiento entre ambos países, manteniendo estrecha vigilancia sobre viajes clandestinos por el río y prohibiendo todo movimiento de aviones privados en las zonas fronterizas con Uruguay y Brasil. A pesar de esos primeros esfuerzos de la policía, hubo estallidos de explosivos de menor potencia en varios lugares de la Capital, inclusive en las cercanías del Círculo Militar. Seis de esos estallidos se produjeron horas antes del mensaje anual que el presidente pronunciaría en el Congreso.
Aunque en su discurso del 19 de mayo ante la concentración de los trabajadores el presidente culpó de esos actos de violencia a miembros del partido Radical, en realidad fue un grupo de jóvenes conservadores, algunos de ellos miembros de distinguidas familias, los que habían organizado la campaña de atentados. Pero aun después que la policía descubriera la identidad de los verdaderos autores y pusiera fin a sus actividades, el gobierno continuó empleando rigurosas medidas contra otros partidos de oposición. A mediados de mayo, dirigentes Radicales como Arturo Frondizi y Ricardo Balbín, los Socialistas Nicolás Repetto y Alfredo Palacios, y los Demócratas Adolfo Vicchi y Reynaldo Pastor se sumaron a las filas de muchos de sus correligionarios detenidos en las cárceles del país. Perón adoptó desde un comienzo la posición de que los extranjeros también estaban involucrados y, descontento ante lo que consideró como una distorsión deliberada por parte de la prensa norteamericana, sancionó a las agencias de noticias norteamericanas prohibiendo sus servicios a los periódicos argentinos.
Fragmento del libro “El ejército y la política en Argentina. De Perón a Frondizi”, de Robert Potash

