
En marzo de 1974, la organización de Roberto Santucho -que actuaba como frente político orientado hacia las masas con el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y como fuerza militar con el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)- abrió un frente rural en el sur de Tucumán, para crear una “zona liberada” con el apoyo de la población local.
La Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez, iniciada con casi cincuenta combatientes llegados de distintas provincias, empezó a hacer prácticas y entrenamiento como una fuerza regular, con grados militares, uniforme verde oliva y lecturas de doctrinas de guerra, en especial del general vietnamita Nguyen Giap. El primer impulso para la creación de un ejército revolucionario.
Enterados de su acción en el monte, la Policía Federal, al mando de su jefe, el comisario Alberto Villar, con helicópteros y 650 efectivos, fue en su búsqueda, encontró rastros en algunos campamentos y luego indicó que la columna guerrillera estaba disuelta.
Después de casi tres meses de instrucción, de guardias nocturnas, marchas por el monte para eludir el cerco policial, simulacros de asalto y emboscada y bajadas al llano para tomar contacto con colaboradores, en la noche del 30 de mayo de 1974, la Compañía Ramón Rosa Jiménez hizo su presentación como estructura de combate rural en Acheral, un pueblo de dos mil habitantes en Tucumán. Pese a que era un período de entrenamiento, quiso dar un mensaje propagandístico para demostrar el fracaso policial. Tomaron en forma simultánea la comisaría (con tres policías) y la estación ferroviaria y bloquearon el acceso de la ruta 38. En una toma de un par de horas, arengaron contra la policía en un bar con unos pocos parroquianos, pintaron paredes con leyendas de la Compañía y se fueron en dos camionetas “expropiadas” que luego abandonaron con las llaves puestas. Esta acción, más el asalto a un camión con azúcar que luego repartieron entre pobladores, un robo a una fábrica y la toma de una comisaría en un paraje de Tafí del Valle, fueron sobrevalorados. Pensaron que ya estaban preparados para operaciones de mayor relieve.
La Compañía diseñó una acción combinada con los ataques a la Fábrica Militar de Explosivos en Villa María, Córdoba, y al Regimiento 17 de Infantería Aerotransportada de Catamarca.
En ambos casos, un conscripto les daría la señal para el ataque.
En términos materiales la operación en Córdoba fue exitosa: se llevaron fusiles, ametralladoras pesadas, metralletas, cajones de granadas y municiones. Pero en tres horas tuvieron enfrentamientos, tres bajas propias, dejaron a un militar muerto y secuestraron a otros dos. A uno lo dejaron herido en la puerta de un hospital. Al subdirector de la fábrica, el mayor Julio Argentino Larrabure, a quien pensaban canjear por militantes presos, lo retuvieron en una “cárcel del pueblo”. Al año siguiente aparecería ahorcado.
En la misma noche del 11 de agosto de 1974 se llevó a cabo la operación en Catamarca.
El escenario fue todavía más trágico. Un grupo del ERP había llegado en un ómnibus alquilado a una empresa de turismo en Tucumán. Eran casi cincuenta. Ninguno había participado nunca en la toma de un cuartel. Más aún, algunos cuadros se incorporaron a último momento y ni siquiera habían disparado un tiro. Después de reducir al chofer, se ubicaron en un camino vecinal cercano a la ruta provincial 62 y esperaron la llegada de dos camionetas que les entregarían los uniformes y las armas, y después, cuando se uniformaron y armaron, quedaron a la espera de la señal del conscripto del Regimiento.
El micro y las dos camionetas esperaron varias horas. Dos pobladores dieron alerta a la policía, y cuatro móviles llegaron al camino hacia la medianoche. Enseguida sonó el primer disparo y después la balacera. Conclusión: dos guerrilleros muertos, otro herido; dos policías heridos, la operación frustrada, y enseguida el desbande, los guerrilleros escapando en la madrugada para cualquier lado en una geografía que desconocían.
El plan de fuga no estaba previsto en la operación. No, al menos, desde el camino vecinal. El repliegue fue un desorden. Un grupo logró acercarse a una ruta, robaron camionetas y volvieron a la base en la selva tucumana. Cuatro guerrilleros aparecieron en la tarde del domingo en distintas estaciones de ómnibus. Fueron detenidos. Permanecerían nueve años en prisión, hasta 1983. Otro grupo, alrededor de veinte, se escondió en una quebrada a trescientos metros de la capilla Nuestra Señora del Rosario. Llegada la noche veían cómo el cielo de los cerros se iluminaba con bengalas que tiraba el Ejército. Habían salido a buscarlos. Y también se sumó el comisario Villar y empezó a recorrer la zona con una tanqueta. Un avión de la Fuerza Aérea trasladó militares desde Buenos Aires. El lunes, Catamarca suspendió las clases.
El país quedó a la espera de lo que sucedería con los guerrilleros.
Cuando dos de ellos bajaron a buscar víveres al pueblo Piedra Blanca, fueron detenidos a la salida de una panadería y una hora después los soldados, la policía, un avión y dos helicópteros rodearon la quebrada.
Tenían una consigna. “El Ejército no toma prisioneros”.
No hubo sobrevivientes. Hubo dieciséis muertos.
Los cuerpos fueron sepultados como NN en el cementerio local. Cuatro de ellos eran combatientes de fuerzas guerrilleras de Chile, Uruguay y Bolivia que se habían unido al ERP. De las fuerzas regulares, quedó herido un cabo al que le explotó la granada que estaba por lanzar.
El comunicado oficial mencionó un combate. El ERP, en cambio, denunció que, “tras débiles enfrentamientos, fueron detenidos y fríamente asesinados”.
La represión fue saludada en un acto público por el gobernador justicialista Hugo Montt, su vice Antonio Saadi y la curia catamarqueña. El gobernador de La Rioja, Carlos Menem, se acercó a saludar por el “servicio brindado a la Nación” e Isabel felicitó a las fuerzas de seguridad que “combatieron” al ERP.
Fragmento del libro “Los 70” de Marcelo Larraquy
