
Tras sortear malos augurios y advertencias de la machi al cacique sobre lo peligroso de recibir al militar -“Mariano no quería sacrificarme ni que volviera sin echar pie a tierra en Leubucó”, comenta Mansilla- finalmente Lucio V. Mansilla es autorizado a ingresar a la toldería.
Lo rodean cientos de guerreros, en buen número armados con fusiles, y no pocos blancos vestidos a la usanza india. Se trata de cautivos, soldados renegados y gauchos que en aquella tierra de hombres libres encontraban refugio. Hasta un negro divisa por ahí merodeando, señala.
Cumplida una nueva “extensa y fatigosa” ceremonia del saludo, Mansilla se dirige por fin al toldo del cacique.
Lo sorprende su hospitalidad.
“Me preguntó qué quería hacer con mis caballos, si hacerlos cuidar con mi gente o que él me los haría cuidar. Preguntó además si mi gente había comido y habiéndole contestado que no llamó a su hijo y le ordenó en castellano que carneara lo más pronto una vaca gorda”, relata el coronel.
Ambos se instalan en las afueras del toldo principal, en una ramada preparada para la ocasión.
“Allí habían preparado asientos de cueros de carnero, negros, lanudos, grandes y aseados. Estaban colocados en dos filas y el espacio intermedio estaba barrido y regado. Una fila era para los recién llegados y otra para el dueño de casa y sus parientes. Todo estaba bien calculado para sentarse con comodidad con las piernas cruzadas a la turca”, cuenta Mansilla.
Al frente suyo el cacique. Si bien hablaba muy bien el castellano hizo llamar un lenguaraz para hablar en mapuzugun. Comenzó entonces el tradicional pentukun, el saludo protocolar. Preguntas y respuestas sobre el viaje, los recibimientos, las dificultades. Llevaban varios minutos en ello cuando llegó la comida. La escena y el menú llaman su atención.
Dentraron varios cautivos y cautivas trayendo grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los mismos indios, rebosantes de carne cocida y caldo aderezado con cebolla, ají y harina de maíz. Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero. Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata, los tenedores lo mismo, los cuchillos, comunes. Yo no tardé en tomar confianza, estaba como en mi casa. Comía como un bárbaro. Tras el primer plato trajeron otro lleno de asado de vaca riquísimo. Me chupé los dedos con él. Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido a manera de postre: es bueno. Trajeron agua en vasos y jarros. Los indios no beben alcohol comiendo. Para ellos beber es un acto aparte (Mansilla, 1871:143).
No tardaría el coronel en visitar el toldo del cacique. Allí conoció a sus cinco esposas y seis hijos. Le maravilla saber que de todas las teorías de Balzac sobre los lechos matrimoniales, los mapuche creen que la mejor para la conservación de la paz doméstica es la que aconseja cama separada.
Observador, no tarda Mansilla en comparar el orden, la limpieza y la sabia distribución de los espacios en la toldería con los ranchos sucios y hacinados de los gauchos argentinos. “Y no obstante, decimos que el gaucho es un hombre civilizado”, reflexiona irónico. Y luego dispara:
En el rancho del gaucho falta todo. El marido, la mujer, los hijos, los allegados viven todos juntos y duermen revueltos. Se sientan en el suelo, en duros pedazos de palo, no usan tenedores, ni cucharas ni platos y se come con el mismo cuchillo con que se mata al prójimo. Rara vez hacen puchero porque no tienen olla. Y cuando lo hacen beben el caldo en ella, pasándosela unos a otros. Me parte el alma tener que decirlo pero para sacar de su ignorancia a nuestra orgullosa civilización hay que obligarla a entablar comparaciones (Mansilla, 1871:198).
Y ya que estamos hoy en tiempos de luchas de género y cambios de paradigmas societales, imposible no destacar los apuntes de Mansilla sobre el rol de la mujer mapuche. La casada es como la mujer inglesa, señala; “se casa para dejar de ser libre”. Depende de su marido para todo y a todo debe pedir permiso. Le debe obediencia, respeto y servicio. Y por una simple sospecha puede caer en desgracia.
No así la mujer soltera. Esta -cuenta Mansilla- goza de completa libertad. Atentas las lectoras con el siguiente párrafo: La mujer soltera se entrega al hombre de su predilección. El que quiere puede penetrar un toldo de noche, acercarse a la cama de la china que le gusta y hablarle. Ni el padre, ni la madre, ni los hermanos le dicen una palabra. No es asunto de ellos, sino de la china. Ella es dueña de su voluntad y de su cuerpo, puede hacer de él lo que quiera. Si cede no se deshonra, no es criticada, ni mal mirada. Al contrario, es una prueba de que algo vale. De otra manera no la habrían solicitado. Como se ve la mujer soltera es libre como los pájaros para los placeres del amor entre los indios. Sale cuando quiere, va donde quiere, habla con quien quiere, hace lo que quiere. Pero no confundir con licencia o libertinaje. Solo diré que, como en todas partes del mundo, la mujer tiene el instinto de saber que el pudor aumenta el misterio del amor (Mansilla, 1871:202-203).
¿Qué sucedió finalmente en el parlamento entre Mansilla y el célebre Mariano Rosas? ¿Logró el coronel su objetivo personal de ratificar la paz con el jefe rankülche? ¿Sospechará el cacique que el verdadero objetivo del gobierno argentino era avanzar la frontera, tomar sus tierras y abrir paso al ferrocarril? Será tarea de los lectores averiguarlo.
El viaje de Lucio Mansilla se publicó por entregas en el diario La Tribuna y bajo el formato de cartas dirigidas a su amigo Santiago Arcos quien por entonces residía en España.
Comenzaron a publicarse el 20 de mayo de 1870, pero se interrumpieron en septiembre del mismo año. Héctor Varela, director del diario, recopiló las cartas publicadas más otras cuatro finales y completó en 1871 la primera edición del libro bajo el nombre “Una excursión a los indios ranqueles”.
En 1875 Mansilla recibió el primer premio en el Congreso Geográfico Internacional de París. Una segunda edición de su obra se publicó en 1877 en Leipzig, Alemania, como parte de una colección de autores de lengua española. Una tercera fue publicada en 1890 por Juan Alsina. Llevaba un prólogo de Daniel García Mansilla, escritor, diplomático y sobrino del autor. Desde entonces las reediciones del libro se cuentan por docenas.
Para no pocos estudiosos se trataría del verdadero clásico fundador de la literatura argentina, más allá de Martín Fierro de José Hernández o el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento donde también se plantea el dilema civilización o barbarie.
Mansilla habría llegado mucho más lejos al lograr entender y retratar la conflictiva relación entre ambos mundos, aquel choque cultural donde la gran pregunta que ronda su escritura pareciera ser ¿quiénes son en verdad los civilizados y quiénes los bárbaros?
Contrario a lo planteado por cierta historiografía argentina, Mansilla demuestra que de “desierto” aquel territorio tenía poco y nada. En lugar de encontrarse con la “nada”, el Wallmapu que visita está lleno de vida y movimiento. Es un vasto territorio con prácticas, formas y tradiciones propias. Y rutas transitadas de un lado a otro, como prueban los “no cautivos” blancos viviendo en las tolderías.
Un último dato sobre nuestro viajero.
Se cuenta que ya anciano y viviendo en París, quiso mostrarle a un amigo un regalo que para él tenía un gran valor afectivo: el poncho que le regalara la mujer principal del cacique Mariano Rosas en aquella increíble excursión Tierra Adentro.
Pero al hacerlo se encontró con una terrible noticia: el bello makuñ estaba siendo devorado por las polillas. Mansilla, que a esa altura ya había perdido a cuatro de sus hijos, cayó al instante sobre su sillón llorando tristemente.
Fragmento del libro “Historia secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo
