domingo, 11 de enero de 2026

Kilapán nunca pactó. “Esforzado, valiente y sagaz, este notable generalísimo de las tribus rebeldes vivió y murió en continuo alzamiento. El juramento hecho a su padre moribundo le mantuvo durante toda su vida atado a las cadenas de la guerra”, consigna también en sus memorias el sargento mayor y periodista Ambrosio Letelier, quien recordemos recorrió Wallmapu en 1877 como edecán del ministro de Guerra, Belisario Prats.

De regreso en la capital relató numerosas acciones militares protagonizadas por el hijo de Mañilwenu. La principal de todas, la batalla de Quechereguas, acontecida los días 25 y 26 de abril de 1868 en las cercanías de Traiguén.

Este célebre combate tiene un antecedente previo: el robo cinco días antes de toda la caballada del fuerte Chiguaihue realizado por guerreros de Kilapán. Fue tal la audacia y el arrojo de la acción que dejó en ridículo a las fuerzas militares apostadas en la línea del que custodiaba Chiguaihue. De la noche a la mañana dejaron de ser Malleco. En especial a los miembros del Destacamento Granaderos un destacamento “a caballo”.

Fue en persecución y castigo de esta osada acción militar que el comandante Pedro Lagos -el mismo héroe chileno de la toma del Morro de Arica- se dirigió hasta el sector de Traiguén los primeros días de abril, liderando el Batallón 4º de Línea. No pudo ni siquiera llegar a destino. En Quechereguas fue atacado sorpresivamente por la infantería y caballería mapuche que lo estaba esperando hace días. Al menos mil guerreros al mando de Kilapán participaron de aquella memorable batalla.

Así la cuenta en sus memorias Ambrosio Letelier:

Las hordas araucanas no se hicieron esperar. Juntáronse rápidamente en número de como 800 y dispusiéronse a la pelea en tres compactas masas que avanzaron en filas y buen orden. La primera se componía de indios no diremos a pie, más propiamente a gatas; eran salvajes desnudos, de rostros y cuerpos pintados con extravagancia, gateando y arrastrándose por la hierba, con la lanza tendida adelante. La segunda sí que era de a pie, componiéndose de hombres sin lanza, provistos de boleadoras y piedras, que arrojaban como una lluvia sobre nuestros infantes, para evitar que disparasen contra los gateadores y facilitar a estos el avance hasta cruzar nuestra línea. La última se formaba de jinetes bien montados, que aullaban con grandes alaridos, escaramuceando y batiendo sus lanzas al aire (Villalobos, 2013:252).

Una escena digna de Vikingos, la popular serie del canal de cable History Channel que da cuenta de las peripecias de Ragnar Lodbrok, uno de los principales héroes de la cultura nórdica y que gobernó Escandinavia en el siglo IX.

La batalla de Quechereguas fue el más importante hecho de armas acontecido en la ofensiva de Kilapán de los años 1868 y 1869.

No solo se derrotó allí al comandante Pedro lagos que salvó con vida ordenando la retirada de sus tropas, sino también a una columna de cincuenta soldados al mando del capitán Juan José San Martín, que por orden de Lagos había adelantado su marcha para cruzar el río Traiguén. Allí fueron emboscados por las tropas de Kilapán, siendo en su mayoría muertos a lanzadas.

Quechereguas y Traiguén marcaron un punto de inflexión en la guerra. Se trató de la primera gran victoria militar mapuche sobre el ejército chileno. Un siglo más tarde sería inmortalizada en un bello grabado del artista y dibujante Luis Rogers. Dicha obra se encuen-tra hasta nuestros días en la Escuela Militar Bernardo O’Higgins.

Los combates a partir de entonces no cesaron. Coipue, Traiguén, Curaco, Huequen, Las Toscas, Collipulli, Renaico, Tijeral; llegó a tanto el alzamiento mapuche que se juzgó necesario -en febrero de 1869- el viaje a Wallmapu del propio ministro de Guerra y Marina, Francisco Echaurren Huidobro.

Algunos fuertes militares como Curaco y Perasco fueron abandonados. La mayoría de la tropa fue reagrupada. Y los colonos del campo, guarecidos al interior de los poblados, a prudente resguardo de cañones y otras piezas de artillería. Los guerreros de Kilapán, llevando en la punta de sus lanzas una distintiva amarra de lana roja, “aparecían como chispas de fuego, impensadamente, cualquier parte y en cualquier momento”, cuentan crónicas de la época.

Pero la respuesta chilena sería también devastadora. Algo hasta entonces nunca visto en los campos del sur. Y que será recordado por su crueldad y ausencia de honor militar hasta nuestros días por los mapuche.

 

Fragmento del libro “Historia secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo

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