Al apercibirse Pinthen desde la corona de un médano que había un campamento en Vuta-lavquen, debió considerarse completamente perdido. Bajó del médano y no lo volvieron a ver.
Los perseguidores, extrañando esta circunstancia, hicieron un esfuerzo y, llegando al médano, vieron en un bajo no lejano el caballo de Pinthen, que huía al trote y sin sus jinetes.
¿Qué había sucedido?
Era difícil preverlo, pero los soldados, que corrían desesperados, viendo que la presa se les iba de las manos, comprendieron que el indio no podía haber desaparecido como por encanto.
Pensaron que podía haber rodado, quedando herido en el campo.
La tropa iba llegando como rosario al bajo donde trotaba el caballo y donde se había detenido el cacique; y a medida que llegaban se esparcían buscando el cuerpo de Pinthen.
El pastizal era alto y parecía difícil hallarlo, pero el hijo del cacique alzó la cabeza entre unas pajas como para ver a los que lo perseguían y delató el escondite.
¡Todos corrieron allí!
Pinthen yacía entre el pasto que se alzaba hasta el encuentro del caballo, rígido e inmóvil como un cadáver.
Los soldados lo hablaban y movían en vano, porque, como el mataco, al ser sorprendido parecía insensible.
¿Estaba muerto?
Alguien dio la voz de hacer fuego y el cacique resucitó, abrazando a su hijito, como si quisiera escudarlo de las balas.
Se supo después que el indio se había escondido creyendo salvarse de este modo.
Al fin era prisionero aquel azote del norte de Buenos Aires, y caía demostrándose buen padre y amante de su familia, es decir, digno del significado del nombre de Pinthen que lleva.
En el acto fue llevado al campamento del coronel Villegas, que estaba un paso de allí.
El coronel Villegas había sido ya avisado por un soldado que se adelantó a revienta caballo.
Apenas llegó el bárbaro, el coronel le dijo: -No tengas miedo. Te hago gracia de la vida.
Pinthen contestó entonces en castellano gerundiano:
-Acabando Pinthen. Ahora siendo tu amigo. Queriendo ser tu soldado para peleando a los pícaros ranqueles.
Estas palabras constan en el parte del coronel Villegas y justifican lo que en otro lugar hemos dicho, es decir, que Pinthen era tan enemigo de los cristianos como de los caciques de Salinas y Leuvucó, a los cuales había negado obediencia.
Pinthen pidió una gracia después.
Se le preguntó cuál era y dijo que deseaba mandar un indio de 100 años a ordenar a los dispersos de su tribu que se sometieran, que él ya se hallaba en poder de las tropas; que si no venían de buena gana pediría soldados para ir él mismo a traerlos; que ya sabían que él era baqueano de los campos y su jefe.
El viejo adivino partió. Pinthen fue mandado a la guardia de prevención.
Al llegar a la guardia tuvo lugar una escena que hubiera sido conmovedora, a no estar tan justamente prevenidos como estamos contra los indios.
Allí estaba toda la familia de Pinthen prisionera.
Al verlo llegar, las princesas y las damas de corte se sacaban los collares, los brazaletes de los brazos y piernas y los prendedores, arrojándolos lejos.
Y luego, junto con los hijos y la chusma de la servidumbre, se destrenzaban, arrancaban el cabello y prorrumpían en gritos, dan-do signos de honda desesperación al ver a su caudillo y señor humillado y prisionero.
Pinthen volvió a hallarse en ese momento entre sus 15 mujeres.
Entre ellas había una, cristiana, cautivada por los indios en Río Cuarto, y que pretendía ser sobrina del general Arredondo.
El cacique tenía 70 años de edad.
¡El chinito que traía en los brazos al huir, era el hijo de la vejez!
Pinthen negó que montara a caballo como lo afirmaba el parte oficial, pero lo hizo por satisfacer su última vanidad.
Ahora está alojado en una habitación del cuartel del 69 batallón de línea de la guarnición de Buenos Aires, donde le hemos hablado.
-¿Cómo -le dijimos- siendo tú tan valiente y hombre gaucho te dejaste tomar dormido?
-Porque a todo hombre le llega su hora… -nos dijo.
Pinthen apenas puede montar a caballo a consecuencia de un tumor de tamaño colosal que tiene en la pierna derecha, arriba de la articulación de la rodilla.
Fragmento libro “La conquista de quince mil leguas”, de Estanislao Zeballos

