lunes, 19 de enero de 2026

Ruybal aguantó hasta el tercer día. Disgustado envió entonces un mensaje perentorio a Purrán: “Si no pasa hoy mismo a darme un abrazo y hacer el tratado de paz que debemos convenir, creeré que procede de mala fe y me veré en el caso de pasar con mis tropas a pelearlo porque así son las órdenes que tengo de mi gobierno”, sus palabras.

A las horas se vio movimiento en la margen opuesta. Purrán cruzaría el río, pero solicitaba que se retiraran primero los soldados y quedara solamente Ruybal con sus lenguaraces para recibirlo y hablar. El mayor prometió que así lo haría. Según Pechmann, acto seguido ordenó que llevaran “atados de leña bajo unos manzanos próximos al río, carne para asar, pavas, mates, yerba, azúcar y un poco de aguardiente, alrededor de cuyo fogón se improvisaron los asientos”. No fueron, por cierto, las únicas instrucciones.

Sería la una del día cuando se en el dispuso que ensilláramos los caballos, luego el mayor separó diez hombres elegidos y al trompa cabo Pedro Castro, les designó un lugar oculto distante sesenta metros más o menos del punto donde se celebraría la reunión. Allí debían permanecer juntos y cuerpo a tierra y el trompa adelante de estos con la corneta lista y la vista fija mayor; todos con sus carabinas cargadas, luego agregó: “Cuando yo me encuentre sentado en rueda con los indios, un momento después, me sacaré el sombrero con la mano izquierda y me pasaré la derecha por la frente pretextando calor, en ese mismo instante el trompa tocará diana y al pique de corneta cargarán con la mayor rapidez sobre los indios, matarán a los que puedan y tomarán vivo al cacique Purrán, aunque sea a costa de sangre. Lo conocerán fácilmente porque será el que esté sentado a mi derecha”.

Y así fue. Purrán, a eso de las tres de la tarde, cruzó en balsa el Biobío acompañado de veinticinco guerreros, quedando al otro lado “no menos de ochocientos indios armados a lanza”. Según relata Pechmann, “lo alentaba la confianza que le habían inspirado las promesas y garantías ofrecidas por el enviado del gobierno”.

Una vez desembarcados, ambos jefes intercambiaron saludos y apretones de manos, dirigiéndose al lugar preparado para el supuesto “parlamento”. “Allí tomaron asiento en rueda, próximos al fogón y empezó a circular el mate. Tomó la palabra el alférez Ferreyra traduciendo las palabras del mayor a la lengua araucana”.

Cuenta Pechmann que muchos de los weichafe no se sentaron, “permanecieron de pie, recostados en los manzanos, con miradas recelosas”. Pero les fue imposible descubrir la trampa. “Nuestro jefe al verse con una presa tan importante a su lado, debió encontrarse algo nervioso porque olvidó la señal convenida, y apenas transcurridos quince minutos o por una imprevisión se sacó el sombrero y el trompa creyó ver la señal e inmediatamente tocó diana a cuyo toque cargaron los primeros sobre el parlamento, desplegando en guerrilla sobre las costas del río el resto de la tropa, haciendo un nutrido fuego sobre la masa de indios que estaban en la margen opuesta”, relata.

Los guerreros traían todos puñal y boleadoras a la cintura, incluido Purrán, que ante el ataque las esgrimió con entereza. No obstante, superados en número, en armas y por el factor sorpresa, poco pudieron hacer. Tampoco los del otro lado; “la mayoría huyó desmoralizado y sin comando, levantando inmensas polvaredas y dando alaridos que repercutían en las sierras”.

El relato de la rendición de Purrán es sobrecogedor.

Mientras tanto el desventurado Purrán era obligado a rendirse, después de haber hecho toda la resistencia posible con sus boleadoras y dirigiendo improperios al mayor y a los soldados. Un hermano suyo tuvo igual actitud, protestando con toda energía, después de tirar algunos bolazos. El cabo Baigorria y el soldado Flores dieron en tierra con Purrán, ayudados por el soldado Ferreyra, que le amenazaba traspasarlo con la bayoneta del fusil, asegurado de los brazos, se levantó del suelo y mirando al mayor Ruybal le dijo: “Bueno, no matar a mi gente”. Se refería a que no se permitiera tirar más a los indios del otro lado; el mayor hizo cesar el fuego que ya se hacía inútil por cuanto los indios iban lejos. Purrán miró a todos lados buscando a sus caciques, pero no encontró ningún paisano, todos y todo había concluido.

Pero la masacre no terminó allí. Ruybal ordenó que una comisión cruzara al otro lado del río “para recoger lo que hubiera y concluir con los heridos”. Una hora más tarde, cuenta Pechmann, los soldados regresaron con ciento cincuenta lanzas y gran cantidad de prendas y tejidos. Las lanzas se quebraron y lanzaron al río Biobío y el resto se repartió como botín entre los soldados. “También hubo muchos caballos muertos”, agrega en su relato. Todos los guerreros que cruzaron acompañando a Purrán “fueron sacrificados o se ahogaron en el río”, concluye. Entre ellos también estaba el hermano del lonko.

Fue el fin del gran Feliciano Purrán. Prisionero comenzaría una larga travesía que lo llevó, bajo custodia del coronel Rufino Ortega, primero hasta Mendoza y luego a cuarteles militares de la ciudad de Buenos Aires. En la capital trasandina permaneció ocho años encarcelado, primero en el Retiro y luego en la isla-prisión Martín García. Recién en 1888 pudo devolver el golpe a sus captores; mediante engaños logró que el mayor Zacarías Taboada lo liberara temporalmente con la promesa de conducirlo a unas minas de oro en le dijo, solo él conocía. Sin embargo, Neuquén que, logró escapar de sus captores, cruzando a caballo la cordillera con una vez en Chos Malal. Purrán destino a Chile.

Cuentan que se rico hacendado de apellido Padilla, viejo amigo suyo y socio comercial en refugió al norte del Biobío, en la hacienda de sus décadas de esplendor. Allí el también llamado “señor de los Andes” residió hasta el día de su muerte.

La captura del pewenche Purrán revela en detalle el modus operandi de muchos oficiales al mando del general Roca, no muy distinto de aquel que caracterizó por décadas a sus pares chilenos al mando de Cornelio Saavedra o José Manuel Pinto: engaños, traición y asesinatos.

 

Fragmento del libro “Historia secreta Mapuche”, de Pedro Cayuqueo

 

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