lunes, 19 de enero de 2026
Eichmann durante el juicio al que fue sometido en Israel por genocidio

El 20 de mayo de 1960, un avión de la línea israelí El-Al, el mismo que había transportado a la delegación judía que asistía a los festejos del sesquicentenario de la Revolución de Mayo, retornaba con un grupo de “pasajeros” que viajaban por “motivos humanitarios”. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que el “inocente” traslado habría de desencadenar un serio conflicto diplomático entre nuestro país y el Estado judío, por lo que se consideró una flagrante violación de nuestra soberanía.

El 23 de mayo de 1960, el premier David Ben Gurion anunciaba ante la Knesset (Parlamento) que Adolf Eichmann, ex militar nazi vinculado a la llamada “solución final” (exterminio masivo de judíos por el régimen hitlerista), “…está bajo arresto en Israel… (y) …será juzgado de conformidad a la ley de 1950 sobre los nazis y los colaboradores nazis”.

Adolf Eichmann, quizá uno de los criminales de guerra más buscado desde 1945, había logrado burlar a las autoridades aliadas de ocupación y obtenido un pasaporte en Roma, en 1950, bajo la falsa identidad de Ricardo Klement. Con tal pasaporte, se le concedió visa argentina y se radicó en nuestro país, donde contrajo enlace con la “viuda” Eichmann en 1952. Vinculado con la comunidad alemana local, no le resultó difícil obtener un puesto de trabajo en la Mercedes Benz, donde se desempeñaba en 1960.

Agentes israelíes de la Mossad (servicio secreto judío), ingresados a la Argentina con documentación falsa, comenzaron a investigar la identidad de Klement a partir de 1959. Al fin, la investigación dio sus frutos, confirmando las sospechas, y el 11 de mayo de 1960, Eichmann fue secuestrado en un incruento operativo comando. Una vez consumado, sus captores le preguntaron si tenía objeciones que hacer, y ante la respuesta negativa le solicitaron que lo consignara por escrito. Eichmann pidió veinticuatro horas para pensarlo, al cabo de las cuales lo hizo en un escrito en alemán, en el que declaraba que al ser conocida su verdadera identidad, no tenía objeto seguir evitando a la “justicia”, por lo que aceptaba ser conducido a Israel para afrontar un juicio ante tribunal “competente”. Esperaba ser legalmente asistido y además que se le permitiera producir las “pruebas de la verdad” respecto de su gestión. Concluía afirmando: “Firmo esta declaración por mi propia voluntad; no se me ha prometido nada y no he sido amenazado. Deseo tener paz interior, al fin.” (Guillermo F. de Nevares, “El secuestro de Adolf Eichmann y la soberanía argentina”, en Historia, N° 26, julio/agosto de 1987).

El conflicto con Israel

Después del anuncio de Ben Gurion, se incrementaron en Buenos Aires los rumores acerca del secuestro de Eichmann en la Argentina. El 26 de mayo, Frondizi requirió información a la cancillería que -por supuesto- ignoraba lo ocurrido. Recién el 2 de junio el canciller Diógenes Taboada informó a la prensa en el sentido de que se trabajaba reuniendo información y antecedentes sobre el caso, que, en el supuesto de confirmarse, constituiría un “… acto violatorio del derecho internacional y del derecho interno”.

El 7 de junio tomó estado público una nota de la embajada israelí en Buenos Aires, en respuesta a un requerimiento de la cancillería. En la misma se mencionaba que después de una intensa búsqueda, Eichmann había sido localizado en la Argentina. Que un grupo de “investigadores voluntarios” había tomado contacto con él y “le preguntaron si estaba dispuesto a ir a Israel para ser juzgado… (después de pensarlo) …manifestó su conformidad de ir espontáneamente (sic) a Israel para ser procesado”. El grupo de voluntarios -agrega la nota- “trasladó a Eichmann con su plena conformidad fuera de la Argentina y lo entregó a los servicios de seguridad israelíes…”. Si en tal procedimiento hubo violación de la soberanía, el “…gobierno de Israel desea manifestar su pesar al respecto…” pero pedía que se tuviera en cuenta el especial significado del acto, tratándose del “…hombre que carga la responsabilidad del asesinato de millones de personas pertenecientes al pueblo judío”. Por ello se esperaba del gobierno argentino “comprensión ante tales valores morales e históricos.” (Ibídem).

La cancillería rechazó tales explicaciones y retiró el embajador argentino en Tel Aviv. Después de repudiar los crímenes del nazismo, la nota expresaba: “…el gobierno argentino debe lamentar que expresiones de la nota que se contesta no correspondan a las formas usuales que suelen emplear en sus comunicaciones dos naciones amigas. En efecto, la circunstancia de que uno de esos agentes se hubiera introducido y establecido bajo nombres y documentación falsos en territorio argentino, en situación evidentemente irregular, no justifica la afirmación gratuita de que ‘en la Argentina residen numerosos nazis”.

La nota israelí no especifica si los “voluntarios” a que hace referencia pueden ser considerados como órganos del Estado israelí o agentes a su servicio “Aún si la acción de los voluntarios fuera absolutamente individual, sin lazo alguno de dependencia del Estado israelí, incumbe a éste la responsabilidad que emerge de haber aprobado expresamente los actos de esos individuos. El gobierno de Israel se ha solidarizado y ha felicitado públicamente a los autores del hecho, de tal manera que parece endosar plenamente su acción”.

Israel pudo, de tener la certeza de la presencia de Eichmann, emplear los medios legítimos para procurar su detención por las autoridades argentinas. “…El gobierno de Israel debe tener la seguridad de que el pueblo y gobierno argentinos comprenden perfectamente cuáles pueden ser los sentimientos del pueblo judío ante el acusado de los exterminios en los campos de concentración. Pero tampoco pueden dejar de preguntarse si no debió también haber pesado la obligación de respetar la soberanía de un Estado amigo con el que se mantienen las más cordiales relaciones”. Después de poner en duda el “consentimiento voluntario” del prisionero, protestaba formalmente por “el acto ilícito cometido en perjuicio de uno de los derechos fundamentales del Estado argentino…”. A su veż, exigía la restitución de Eichmann “esta misma semana”, como también la “punición de los individuos culpables de la violación”. De lo contrario, la Argentina recurriría a las Naciones Unidas, intención que fue notificada al Consejo de Seguridad el día 10.

La Prensa y La Nación se sumaron a la protesta, condenando desde ya la criminalidad de Eichmann. Excepto “pintadas” antisemitas y algunas manifestaciones nacionalistas, no hubo otras demostraciones.

El 11 de junio, Ben Gurion se dirigió por carta personal a Frondizi, en la que expresó: “No desestimo la seriedad de la violación formal de las leyes argentinas cometida por quienes, al fin, culminaron su larga búsqueda con la captura de Eichmann, pero estoy cierto de que sólo muy pocas personas en el mundo dejarán de comprender la profunda motivación y la suprema justificación moral de este acto”.

El 17 se conocía la respuesta del presidente argentino, ya en gira por Europa. Frondizi insistía en señalar el peligro que tal violación significaba para la convivencia internacional y confiaba en “…que V.E. aprecie el significado moral que el gobierno y el pueblo argentinos confieren al respeto de ellas”.

Fragmento del libro “Historia Argentina”, de José María Rosa

 

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