La semana pasada, un día Donald Trump le dijo a la presidenta de Venezuela Delcy Rodríguez (aunque él se autocalifica como “presidente interino” de ese país) que era una mujer maravillosa. Y al día siguiente la dijo a María Corina Machado que era una mujer excelente. Imaginariamente, unió a los tres (él y las dos mujeres) en un abrazo de conciliación. Pero eso no es posible. Delcy es una presidente de facto tanto porque fue la vicepresidente de Nicolás Maduro quien hizo un autogolpe al cometer un fraude gigantesco contra quien le ganó las elecciones de manera aplastante en 2024, como porque el sistema chavista en una dictadura plena, genocida y criminal. Mientras que Corina es quien la viene peleando desde la más franca y dura lucha democrática durante todo el siglo XX contra el régimen totalitario desde adentro del propio régimen, con una valentía colosal.
Ambas señoras expresan los valores más contrarios que puedan existir. Pero Trump las trató con igual consideración, y a fuerza de ser sinceros, con mayor respeto y simpatía a la déspota que a la democrática. Esperemos que eso sea una táctica y no una estrategia. Que Trump esté encarando una transición hacia la democracia (aunque sea por intereses “petroleros”) en vez de hacer suya a la tiranía tal cual está (con algunos meros retoques), total hoy las ideologías no importan más y el régimen madurista se caía solo. En otras palabras, bienvenido el desmantelador, siempre y cuando no devenga mañana en el depredador. Quien, en vez de expulsar a Maduro, se convierta en un nuevo Maduro.
El secuestro de Maduro y el rescate de Milei
La agencia de noticias Bloomberg sostiene la interesante y sugerente hipótesis que el rescate que Trump hizo con las herramientas del Tesoro para salvar al gobierno argentino que amenazaba con caerse solo, es una exitosa operación política aún más trascendente que lo de Venezuela, para mantener a América Latina bajo su influencia, teniendo a Milei como su gran propagador.
Si acrecentar su esfera de influencia para competir contra China significa expulsar dictadores o hacer lo que hizo con Milei, en un mundo donde lo fáctico predomina por sobre el derecho (en gran parte por el descreimiento de las masas hacia todas las instituciones, las malas y las que aún siguen siendo no tan malas) lo que está ocurriendo es comprensible, porque todas las demás opciones con Venezuela eran mucho más drásticas a la que se adoptó (salvo la de no hacer absolutamente nada y dejar que Maduro siga masacrando y torturando valiéndose, para colmo, de un régimen que se caía solo). Y porque si Milei implosionaba, todo hubiera sido mucho peor para la Argentina entera, que haber salvado el gobierno del libertario por el rescate que de su presidente hizo Trump al poner a su disposición todos los dólares que tiene el tesoro de EE.UU.
Desde el punto de vista de la historia, el secuestro de un presidente y el rescate de otro, aunque haya sido por los meros intereses del “imperio”, no carecen de razonabilidad. Sin embargo, lo que carece de absoluta razonabilidad histórica es cuando Trump dice que “Estados Unidos necesita Groenlandia por motivos de seguridad nacional. Es vital para la Cúpula Dorada que estamos construyendo”. Allí sí Trump más que un desmantelador se asemeja a un depredador, y si para ello utilizara la violencia, lo sería acabadamente. Esperemos que sean sólo amenazas.
Epílogo
En síntesis, no es lo mismo que la aventura venezolana termine con la reinstauración de la democracia a que se quede en la permanencia indefinida del mismo régimen actual, pero al servicio de un nuevo amo, aunque en ambos casos el interés fundamental sea el de defender los intereses de los Estados Unidos. Nadie le pide a Trump que deje de defenderlos (todos los imperios en toda la historia de la humanidad lo hicieron igual), el problema es cómo los va a defender. Porque, entre otras cosas nada menores, de eso depende que el mundo vuelva a lo peor del siglo XX o que inicie lo mejor del siglo XXI.
Por Carlos Salvador La Rosa, sociólogo y periodista, para Los Andes

