jueves, 22 de enero de 2026
El médico español Pedro Ara Sarriá embalsamó el cadáver de Eva Perón el 26 de julio de 1952.

El gobierno de Lonardi había pasado rápidamente sin que se tomara ninguna medida concreta con los restos, que permanecían embalsamados en la sede de la Confederación General del Trabajo. Fue el Servicio de Informaciones del Ejército el que tomó cartas en el asunto, una vez que la CGT fuera intervenida.

Dice el Dr. Pedro Ara: “Estaba para terminar el 23 de noviembre de 1955. Un poco antes de las doce de la noche, llegaba yo a la C.G.T. Todavía no estaban los militares, lo que aproveché para ir preparando las cosas… Abrí la puerta de la capilla ardiente. La dejé abierta y como siempre que se presentaba la oportunidad parecida, los soldados fueron acercándose tímidamente, asomáronse temerosos a la estancia y entraron, al fin, animados por mí -siempre el arma empalmada- descubierta la cabeza, en humilde, religiosa actitud. Avanzó uno hasta el centro de la capilla y se santiguó; los demás lo imitaron. Al salir, aún conmovidos, preguntaron:

-¿Se la llevan esta noche, doctor?

-No lo sé.

-¿Qué irán a hacer con ella, doctor?

-No lo sé.

-¿Cree usted, doctor, que la quemarán?

-No; no lo creo…

Mientras los soldados volvían a su guardia, revisé los otros departamentos del laboratorio: todo en orden, al parecer, no era ocasión de inventariar…

-Por favor, doctor, cierre la puerta al salir; hay orden de hacer fuego contra quien intente entrar en la capilla.

Cerré como pude, aparentemente, la maltrecha puerta y descendí al vestíbulo. Al pasar por los pisos me saludaron algunos obreros de los que durante la noche raspan los suelos y limpian los muebles de la C.G.T. Uno de ellos, como portavoz, me dijo:

-Doctor, nunca nos hemos atrevido a pedirle permiso para entrar donde está Evita; pero esta noche, parece que se la van a llevar. ¿Podríamos verla antes?

-Bajen ustedes al garage -les respondí- y ayuden a los militares a transportar el ataúd, es muy pesado y el camino ha de resultarles forzosamente difícil. Una vez arriba nadie les impedirá el quedarse con nosotros.

Así lo hicieron; su ayuda de hombres fuertes resultó muy ponderable ante las dificultades que ofreció la subida del voluminoso sarcófago. Yo los situé en la capilla y allí quedaron contemplando tristemente al ídolo caído hasta el final de la ceremonia en la que activamente participaron. Casi simultáneamente, fui recibiendo a los jefes y oficiales que sucesivamente llegaban… A todo esto, un nuevo día había comenzado. Era más de la una de la madrugada del 24 de noviembre de 1955, cuando los pocos actores y los muchos espectadores o testigos fuimos convergiendo en la capilla ardiente de Eva Perón. Todos los jefes y oficiales habíanse presentado sin sus uniformes. Aparte, hallábanse los policías y soldados de la custodia y los obreros de la CGT que ayudaron a subir el ataúd. Si no recuerdo mal -puesto que no lo anoté- sumaríamos en conjunto más de veinte personas las que allí nos encontrábamos reunidas en silencio. Los argentinos testigos, militares y paisanos, dábanse cuenta al parecer de que, quieras o no, escribían una página nada común de su historia nacional. Ni desplante de vencedor, ni aspaviento de vencido vinieron a brotar en desmedro de la solemnidad. Tal vez, bajo los duros cráneos castrenses siguiera dominando el odio al caído régimen; tal vez el corazón de los proletarios presentes siguiera destilando ira por su derrota y amor por la que fue su guía; más todo quedó en el fondo de la conciencia de unos y de otros sin destellar en sus miradas, fijas las de todos, en el sueño apacible de aquella estatua humana, en aquel frágil cadáver de mujer indefenso, pero no inofensivo. Lo que unos y otros hicieran o dejaran de hacer con él, entonces y luego, habría de quedar, para bien o para mal, aunque nadie escribiera la crónica… Hombres de la CGT y soldados de la custodia, tras apartar la barrera de flores, situaron el sarcófago al pie de la plataforma funeraria. La bandera nacional, que durante tres años la cubrió, había desaparecido… la del partido peronista, retiróla el teniente coronel. Al levantarla, el cuerpo de Eva apareció cubierto por la nueva túnica que desbordaba sus desnudos pies. Comprendo que el espectáculo impresionara vivamente aún a sus enemigos. Estilizada y alargada su figura bajo aquellos pliegues, que más parecían tallados en alabastro; al aire sus manos de entelazados dedos, como ligadas por las vueltas del rosario pontificio, recordaba las imágenes yacentes esculpidas en los viejos túmulos europeos. A una seña mía, dos obreros se acercaron para ayudarme. Uno de ellos, sin descubrirla, la levantó tomándola con su túnica por los tobillos; entre el otro y yo la levantamos por los hombros. Y así transportamos su delgado cuerpo lentamente, con cuidado sumo, de la plataforma, al fondo del ataúd, sin desordenar su peinado ni su vestido, quedando bien patente sobre él, la cruz de su rosario. Mis improvisados ayudantes estaban pálidos y sudorosos por la emoción y el respetuoso temor. Más de una rebelde lágrima rodó, y no sólo de sus fanáticos adictos… Llegábamos con eso a la culminación del piadoso acto. Sólo faltaba soldar la tapa metálica y cerrar el ataúd. ‘¿Dónde están los soldadores?’ -pregunté yo-. ‘No han venido porque no había seguridad de que pudieran actuar esta madrugada’ respondió alguien. ‘Es muy tarde, doctor-dijo uno de los militares- son las dos de la madrugada’. ‘No se preocupe, doctor -dijo Moori Koenig- noche y día quedarán aquí los soldados de guardia y ya conoce las órdenes que tienen. Mañana haremos todo lo que falta…’

Ese mañana no llegó nunca. Al día siguiente me telefoneó aplazando nuevamente la reunión; y al otro, igual. Traté de verlo inútilmente en su despacho de Viamonte y Callao; comprendí y no volví más…”

Hasta aquí el relato del doctor Pedro Ara, extraído de su libro El caso Eva Perón. El científico que la embalsamó, no recibió nunca la documentación solicitada, ni aún el recibo por la joya en forma de escudo peronista cuajada de diamantes que fuera entregado personalmente por el eminente médico al teniente coronel Moori Koenig. El Dr. Ara, en su libro, tampoco señala con precisión el día que finalmente retiraron a Eva Perón de la C.G.T. Sólo en sus últimas páginas relata: “Unos días o unas semanas después del 24 de noviembre de 1955 -no puedo precisar por no haberlo anotado a tiempo- me despertó, aún de noche, la insistente llamada del teléfono. Yo mismo atendí. Una voz que no me era del todo desconocida, dijo: -Profesor, ya se la llevaron.

-Pero… ¿quién habla?

-No importa, profesor; la noticia es segura y ya sabe de qué se trata.

-¿Segura, segura?

-Para usted, profesor, segura no; ¡segurísima! Lo vi yo. Adiós, profesor.” (P. Ara, op. cit.).

El teniente coronel Carlos Moori Koenig se apoderó de los restos, que iniciarían entonces un largo peregrinaje. Joseph Page (Perón, tomo II) cita la versión según la cual “el mayor Antonio Arandía sugirió esconder el cajón (donde se había guardado el cadáver) en su departamento. Pensando que los peronistas podían ir a rescatarlo, Arandía dormía con una pistola cargada debajo de la almohada”. Esta precaución habría tenido como resultado que el mayor disparara contra una sombra que lo asustó una noche. “Luego descubrió – continúa Page- que había dado muerte a su mujer embarazada que se había levantado para ir al baño”.

Moori Koenig llevó a su oficina el cadáver, ahora embalado en un cajón con la leyenda Equipo de radio, donde lo descubriría su sucesor, el coronel Mario Cabanillas, que lo había reemplazado en junio de 1956. Señala el autor norteamericano que “todos estaban de acuerdo en que se le debía dar cristiana sepultura, pero nadie sugería el lugar indicado que garantizara que los peronistas no lo utilizarían para sus fines políticos” (Perón). Se optó, entonces, por utilizarlo para los fines de los antiperonistas, sustrayéndolo a la veneración desinteresada de los sectores más humildes que no especulaban de manera alguna con sus sentimientos. Cabanillas se encargó de su traslado secreto a Europa y su entierro bajo nombre falso en un cementerio de Milán, donde permanecería hasta 1971 cuando, con participación de Cabanillas, sería devuelto a Perón.

 

Fragmento del libro “Historia Argentina”, de José María Rosa

 

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