viernes, 23 de enero de 2026

En 1904 el presidente Theodore Roosevelt reclamó el derecho de Estados Unidos a intervenir en cualquier país latinoamericano en caso de guerra civil, anarquía o intervención europea. El giro operado en la política exterior norteamericana pasó la fama como la política del “gran garrote” en tanto unía la fuerza militar con la diplomacia.

This is our hemisphere (Este es nuestro hemisferio)” fue el posteo fijado por el Departamento de Estado norteamericano después del breve discurso de Trump sobre la captura de Nicolás Maduro y de su esposa para ser juzgados en tribunales de Nueva York por delitos de narcotráfico. Se trató de una operación armada planificada mediante una figura legal que tuvo como propósito evitar el tratamiento en el Congreso ante los fracasos intervencionistas en Irak y Afganistán y el recuerdo aún latente de Vietnam. Si bien los movimientos militares en el Caribe, el embargo comercial y las operaciones de inteligencia anticipaban desenlaces inminentes sobre el destino de la dictadura madurista, el acontecimiento movió todas las piezas del tablero político mundial, instaló un escenario tripartito de reparto regional liderado por Estados Unidos, Rusia y China, y puso de relieve las nuevas formas de intervención y el alcance de las pretensiones expansionistas del presidente norteamericano en el Extremo Occidente, como lo llamaba Sarmiento en contraste con la Vieja Europa.

Hubo quienes trajeron a colación la “Doctrina Monroe” como cemento doctrinario del actual intervencionismo estadounidense la cual quedó refrendada en la famosa frase “América para los americanos”, acuñada en 1823. Pero como suele ocurrir cuando se trae a colación el peso del pasado en el tiempo presente que vivimos a diario, resulta conveniente puntualizar su genealogía y precisar las variaciones de su significado entre los siglos XIX y XX.

Como ha señalado el historiador Rafael Rojas, la Doctrina Monroe fue formulada por el secretario de Estado del presidente James Monroe, John Quincy Adams, como toma de posición de la forma de gobierno republicana del continente frente a los proyectos monárquicos impulsados por algunos líderes y publicistas hispanoamericanos y los intentos de la monarquía española de retener la renta colonial de sus antiguas posesiones americanas con el apoyo de la Santa Alianza. A excepción del Brasil independiente e imperial, Canadá, Cuba y otras islas del Caribe, las comunidades políticas nacidas de las guerras de independencia adoptaron la fórmula representativa y republicana de gobierno, algunas bajo formato federal y otras con regímenes unitarios o centralizados. Pero a medida que los Estados Unidos afianzaron su hegemonía mediante la compra o anexión de territorios, la premisa republicana fundacional de la Doctrina Monroe fue modificándose en “corolarios” sucesivos marcando un quiebre en la política de Washington frente a América Latina. El primero se produjo en medio de la guerra librada contra México entre 1845 y 1848 cuando Estados Unidos asumió una “misión civilizatoria” en las naciones “bárbaras” que habían sido colonizadas por España, y terminó por anexar casi la mitad del territorio mexicano. El segundo capítulo tuvo lugar después de 1898 cuando la Madre Patria perdió sus últimas posesiones ultramarinas y Estados Unidos ofició de protector de Puerto Rico, Cuba y Filipinas.

Pero sería en el cambio de siglo cuando la doctrina obtendría su primera enmienda en virtud del bloqueo naval de Venezuela decretado por Gran Bretaña, Alemania e Italia en 1904. Para entonces, el presidente Theodore Roosevelt reclamó el derecho de Estados Unidos a intervenir en cualquier país latinoamericano en caso de guerra civil, anarquía o intervención europea. El giro operado en la política exterior norteamericana pasó la fama como la política del “gran garrote” en tanto unía la fuerza militar con la diplomacia. La hegemonía obtenida con el triunfo en las dos guerras mundiales, afianzaron su liderazgo hemisférico durante la Guerra Fría convirtiendo a Cuba en su principal astilla. No hay consultor ni ciencia capaz de predecir los alcances del nuevo escenario mundial y latinoamericano, aunque resulta claro que la doctrina Monroe incluirá un corolario dedicado a Trump y Venezuela.

 

Por Beatriz Bragoni, historiadora del CONICET, para Los Andes

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