
Aproximadamente hacia el año 1953, Gregorio Carro decide ampliar la casa de Piedra con nuevas habitaciones, la tarea demandó unos dos años, y de esa tarea se hizo cargo un albañil trelewense amigo de Carro, Francisco Cayupil, quien utilizó materiales menos precarios que aquellos con los que se abasteció Bozzone entre 1904 y 1907 y si bien la base siguió siendo de piedra y adobe, las paredes fueron construidas totalmente de ladrillo rojo macizo pegados con cemento. Esta nueva sección pasó a utilizarse como bar, comedor y hospedaje, Cayupil también se encargó de levantar una construcción al frente del ramos generales conocido como “El Chalet”, de vistosa arquitectura que hoy en día se conserva y ha sido habitado por diversos pobladores desde su emplazamiento, en sus comienzos la familia Carro transcurrió allí su vida de manera relativamente cómoda para la época y la lejanía que implica la ruralidad, la casita poseía un pequeño pozo de agua con bomba y Gregorio además, había hecho colocar dos pequeñas baterías permanentes, que al cargarlas regularmente con un pequeño motor, surtían de electricidad y luz a toda la casa durante las 24 horas.
Más allá de las innovaciones y ampliaciones, Carro continuó con el almacén, pero no se puso al frente del nuevo bar ni el renovado hotel, simplemente decidió concesionar ambos sectores a un vecino de la zona, Américo Montenegro, quien administró las dos instalaciones hasta aproximadamente 1955, posteriormente se hizo cargo del lugar un hombre de apellido Tascón, luego suegro de Gregorio, originario de la zona de El Caín, en alrededores de Maquinchao donde tenía campos, seguidamente, reaparece Don Francisco Cayupil, constructor del edificio, quien lo regentea desde 1957 a 1960 y se hace cargo de todo lo relacionado al bar y los hospedajes, ya en 1961 Cayupil deja la actividad en manos de un hombre de apellido Casarosa, quien fuera maestro en Blancuntre y abandonó la docencia para administrar el hotel, le sigue a él un tal Rodríguez, luego Ernesto Méndez y a su partida continúa un hombre de apellido Lagos, conocido como “Nino”, y que es hoy propietario de la rotisería “Ariel”, en Rawson. Sin embargo, aquí no culmina esta seguidilla de regentes, tiempo después los locales pasan a manos de la Sra. Esther López, quien se hace cargo desde 1961 hasta 1965, año en que nuevamente cambia la concesión a manos del Sr. Luis Quintana, vecino de Ingeniero Jacobacci y casado con la Sra. Delicia Ávalos, oriunda de la localidad de Bahía Blanca, a partir de este cambio de administrador, el bar pasa a ser conocido como “La Fonda”, a pesar de tantas variaciones, desde siempre fue un cómodo lugar donde los viajeros ocasionales, aventureros y pobladores se distendían en sus horas de ocio, un típico “boliche” rural donde se tomaban algunos tragos y se jugaba a las cartas, y así se mantuvieron los hechos hasta el año 1978, cuando “La Fonda” dejó de funcionar.
Mientras tanto, el edificio mayor y más antiguo, continuaba actuando como almacén, igual a como lo venía haciendo desde aquel traslado forzoso de los pobladores más antiguos del lugar, refiere que cuando joven, hacia el año 1954, trabajó muy cerca de estas nuevas construcciones el bar y el hotel descargando lana, ya que el sector adyacente funcionaba como barraca de almacenamiento lanar o centro de acopio, según comenta, había además guardados en el lugar cueros de todo tipo, de zorro, liebre, zorrino, guanaco, etc.
Carro administraba su negocio bajo la modalidad comercial del fiado, durante más de veinte años clientes como los Tracamilla, Mirivilo, Cumil, Cayupán, Pereyra, Marifilo, Jara, etc. fueron asiduos beneficiarios de los diversos servicios que ofrecía “Casa Gastres”, según cuenta su hijo Miguel, la clientela mayormente hacía el pedido para todo el año, varias bolsas de harina, sacones de yerba y grandes cascos de roble cargados de vino de 180 hasta 200 litros, otros productos menores que tenían mucha salida eran la caña “Ombú” y la ginebra “Bols”, adicionalmente Gregorio Carro se encargaba de pesar la lana al finalizar la zafra lanera, aproximadamente en el mes de diciembre, en los galpones de esquila y tasarla, muchos de esos clientes que compraban en el almacén eran también los propietarios de los ovinos esquilados con las máquinas en las instalaciones de Gregorio, la materia prima servía entonces como parte de pago de los víveres y enseres adquiridos al fiado, lana que luego era llevada a Ingeniero Jacobacci, al comercio de Surur, el viejo patrón de Carro quien hasta bien entrada la década del 70, era el comerciante más importante en este rubro, allí los bultos laneros se convertían en dinero en efectivo y en mercancías para abastecer a Casa Gastres.
Fragmento libro “Gastre, retrospectiva histórica”, de Carlos Adrián Tissera
