domingo, 1 de febrero de 2026

La inmigración extranjera contribuyó a nuestra grandeza. Pero desde que se detuvo, con poca población seguimos siendo un desierto y una tentación para potencias superpobladas. Gobernar es poblar sigue vigente.

Gobernar es poblar sostenía Juan Bautista Alberdi, y Julio Argentino Roca sería uno de los principales propulsores de esa gran consigna.

Días pasados en su columna en el diario La Nación, Jorge Liotti se refirió a la crisis demográfica iniciada en 2014 con la baja abrupta de la natalidad a 1,3 hijo por pareja cuando para mantener la población se requiere 2,1 nacimientos, por grupo familiar.

Esta crisis tiene la buena noticia de la disminución del embarazo adolescente; también desmiente el prejuicio que beneficios como el ingreso a la niñez iba a provocar en los sectores de ingresos bajos una explosión de natalidad.

Esto significa que en veinte años el país tendrá una población envejecida y ciertos problemas como que en el presupuesto nacional el porcentaje previsto para jubilaciones y pensiones se acentuará.

Una reflexión que surge de esa columna es como los grandes temas que hacen al futuro del país, sus grandes desafíos y la posibilidad de resolverlos no forman parte de la agenda política que se limita a los escándalos como los de la AFA, las tonterías que suele decir el presidente, inspiradas en personajes detestables que presumen de intelectuales como Huerta del Solo o Murray Rothbard, el que dice que los padres tienen derecho a vender a sus hijos. Y los planteos del oficialismo anterior que resultan patéticos por su anacronismo o la defensa de cuanto sospechado de corrupto anda suelto. Como los Tapia y Toviggino, emergentes de esa Argentina marginal, que pensábamos limitada a las villas miseria y de esa economía de la informalidad, el delito y el apego a caudillajes barriales, que ahora genera millonarios y arribistas al merodeo del poder.

La Argentina en 1820 tenía menos población que Chile, Bolivia, el Perú, Colombia. A partir de 1869 año del primer censo nacional logró un incremento notorio siguiendo ese apotegma de gobernar es poblar. El censo de 1894, 25 años después muestra que la población se había duplicado, de un millón ochocientos setenta y siete mil habitantes pasamos a cuatro millones cuarenta y cuatro mil novecientos once y en 1914, dos décadas posteriores al segundo censo de duplicar otra vez con casi ocho millones de personas (7.903.662). Es el resultado de una política inmigratoria, en particular del presidente Julio Argentino Roca quien se negó a restringir inmigraciones como la judía y la árabe. El general Roca propuso, en su segunda presidencia, otorgar la ciudadanía a los inmigrantes con hijos en la Argentina, propuesta rechazada por legisladores de las provincias remisas a la inmigración y que se convertirán en las más rezagadas, como demostró recientemente el economista Daniel Larriqueta.

El cuarto censo es en 1947 y muestra otra duplicación de habitantes con 15.893.811 habitantes, pero después de 33 años. A una baja de la natalidad se suma restricciones a la inmigración en la década del treinta como resultado de la crisis económica mundial. Después de la segunda guerra tenemos otros años de buena afluencia de inmigración europea que disminuirá en los primeros años de la década de los cincuenta con el estancamiento de la economía argentina y la aparición de otros destinos atractivos como lo fueron Venezuela y otros países europeos.

Treinta y tres años después del censo de 1947, el de 1980 mostraba que ya no duplicábamos la población cada tercio de siglo, éramos 27.949.480 cuando debíamos haber alcanzado la cifra de 32 millones. De ese censo al ejecutado en 2022, se verifica que en 42 años la población no se duplica. En vez de 56 millones somos 45.892.285 habitantes.

Esto es fruto de una continua baja de la natalidad y de escasa inmigración junto a un proceso de emigración que nuestro país no sufría.

Hay una mentalidad, además, remisa a promover la inmigración ignorando que somo el octavo país del mundo en superficie terrestre con un mar, reconocido como propio, que duplica nuestra superficie. Hoy la relación habitantes territorio es de 15 habitantes por km cuadrado. Seguimos siendo un país despoblado y para peor se copian proyectos con esta mentalidad servil de imitar los disparates de Trump, para limitar la inmigración.

Con miras de estadista el canciller Guido Di Tella proponía en esos años de crisis de Europa Oriental con la caída del Pacto de Varsovia, promover la inmigración de tres millones de europeos de esos estados, población educada, a nuestra patria. Los mediocres de siempre le salieron al cruce, desde oficialismo y oposición.

El que escribe esto, recuerda un artículo en 1957 de un antiguo ministro que por piedad no se menciona, que decía que el problema argentino consistía en que un stock ganadero de 40 millones de vacunos era poco para 20 millones de habitantes, eso mostraba que debían emigrar 10 millones, lo que hace el Uruguay. Con mentalidades pequeñas no se construye un gran país como soñaron los padres fundadores y que algunos, aún, pensamos que es posible.

Con poca población seguimos siendo un desierto y una tentación para potencias superpobladas. Gobernar es poblar sigue vigente.

 

 

Por Roberto Azaretto, presidente de la Academia Argentina de la Historia, para Los Andes

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