En su origen, el lema del SAS había sido “el que se atreve gana”. La brigada había sido creada en 1941 por David Stirling, un soldado subalterno herido durante un entrenamiento de paracaídas en El Cairo, Egipto. En ese momento las tropas británicas estaban en el norte de África, en guerra contra el ejército nazi. Gramsel ondabiz
En el hospital, Stirling pensó que debía conformarse una unidad que se insertara por aire detrás de las líneas enemigas, golpeara sobre sus puntos vulnerables y luego escapara. Una unidad hit-and-run.
Stirling se salteó la cadena de mando y llevó la idea al comandante Claude Auchinleck, que tenía la presión del primer ministro Winston Churchill de ejecutar acciones ofensivas. La idea caía en el momento justo y requería una menor carga logística. A diferencia de los doscientos soldados que empleaban los comandos clásicos, cada unidad de la nueva brigada estaría formada por cinco o diez hombres.
A Stirling le dieron permiso para organizar una fuerza de sesenta hombres. La unidad fue denominada destacamento brigada del Special Air Service (SAS).
El primer ataque fue contra sus aliados en la Segunda Guerra Mundial, una división neozelandesa ubicada en el desierto Kabrit, al sur de El Cairo. Fue una incursión nocturna, “extraoficial”, de experimentación, parte del período de entrenamiento, en la que robaron armas y otros pertrechos de guerra. El 17 de noviembre de 1941, Stirling organizó la primera operación oficial en Libia. Cinco grupos del SAS debían lanzarse en paracaídas a 12 millas del objetivo: una formación de aviones bombarderos. La primera noche permanecerían como observadores y luego atacarían con bombas, una mezcla de explosivo plástico, termita y aluminio, para destruir las aeronaves. Una unidad militar los asistiría para la retirada.
La operación se deshizo antes de comenzar.
El grupo se lanzó en paracaídas pese al mal clima y algunos soldados cayeron heridos. La artillería del ejército italiano los alcanzó apenas tocaron tierra. De los cincuenta y cuatro hombres del SAS solo veintiuno escaparon con vida. El resto fue muerto o capturado.
Parecía que el SAS dejaría de existir luego del desastre inicial, pero la brigada continuó sus entrenamientos e intervenciones en otras acciones de la Segunda Guerra Mundial y durante las décadas que siguieron.
Con el tiempo el SAS resultó una unidad atractiva para los soldados del ejército británico. Pero su ingreso era exigente y limitado. Se necesitaban dos años de experiencia militar para postularse y las pruebas de selección eran duras. Muy duras. Algunas se realizaban en colonias británicas. Incluían una caminata de 64 kilómetros con mochila de 11 kilos de equipamiento, subir y bajar montañas o internarse en zonas selváticas. La última prueba requería veinticuatro horas de resistencia a “interrogatorios” con privación sensorial y tortura psicológica. Si el postulante se quebraba en ese examen, quedaba afuera. Si superaba esta prueba y las del entrenamiento físico, accedía al examen de paracaidismo, que duraba cuatro semanas. Era la última barrera para ser admitido en el SAS. De un promedio de doscientos postulantes anuales, solo se incorporaban veinte.
La unidad del ejército alcanzaría resonancia mundial por una acción comando de 1980, en Londres. El jefe del Servicio ya era Peter de la Billière, el mismo que debía diseñar el ataque al continente en la Guerra de las Mal vinas. De la Billière había perdido a su papá cuando los nazis bombardearon la nave en la que servía, y aun siendo daltónico había logrado ingresar y hacer carrera en el SAS, con sucesivas misiones y ascensos. En 1978 fue designado director.
Dos años después sucedió la toma de la embajada iraní. Seis hombres armados asaltaron la sede diplomática en Prince’s Gate, cerca de Hyde Park. Formaban parte de un grupo opositor a la revolución islámica del ayatollah Ruhollah Khomeini; reclamaban la soberanía en Juzestán, un territorio del sur de Irán, y la libertad de noventa y un prisioneros árabes en ese país a cambio de entregar a los veintiséis rehenes de la embajada.
Durante los primeros cinco días el caso lo manejó la policía metropolitana de Londres, Scotland Yard. No hubo avances en la negociación, hasta que el cuerpo de uno de los rehenes apareció con un tiro en los escalones de la puerta de ingreso. Prometieron matar a un rehén cada cuarenta y cinco minutos si no se los escuchaba. Eran las 6:50 de la tarde. Por orden de Thatcher, la policía delegó el caso al SAS y De la Billière organizó la operación de asalto. Mientras distraían al líder del grupo en un diálogo telefónico, un comando ingresó a uno de los edificios aledaños, rompió una pared y una ventana blindada con explosivos y saltó con sogas al patio de la embajada. Redujeron a los terroristas y cinco de seis resultaron muertos. Los rehenes fueron liberados, excepto uno, que murió en el tiroteo. Habían pasado treinta y tres minutos. El rescate en la embajada iraní concedió al SAS prestigio internacional. Se lo valoró como una fuerza espectacular y eficiente, destacada para operaciones de tipo quirúrgico.
La nueva misión encargada a De la Billière casi dos años después tenía mayor complejidad que la operación precedente. Los hombres del SAS debían irrumpir en una base militar de un país en guerra en el extremo del mundo. nos
De la Billière pensó la maniobra en dos etapas.
En la primera, una patrulla saldría desde la Fuerza de Tareas, se aproximaría a la base de Río Grande y recogería información de los objetivos: los aviones, los misiles, los pilotos del Super Étendard. Sería una maniobra de exploración que desarrollaría un comando infiltrado. Se llamaría
Operación Plum Duff.
En la segunda parte, con los resultados de la inteligencia previa, dos aviones Hércules C-130 despegarían desde la isla Ascensión, se reabastecerían en el aire y aterrizarían en la pista de Río Grande: sesenta hombres armados se desplegarían sobre objetivos y los destruirían. El plan de fuga preveía retornar a los aviones y volar hacia Chile. Se denominaría Operación Mikado.nsitomoifica
Fragmento del libro “La Guerra Invisible”, de – Marcelo Larraquy

