martes, 10 de febrero de 2026

En la noche del 16 de mayo, un sonarista de guardia en la sala de operaciones del destructor Piedrabuena detectó en sus auriculares un “¡pim!” que saltaba de la pantalla del radar de superficie. Era un rumor hidrofónico débil, que aparecía y desaparecía. Provenía de un punto intermedio del mar, entre el Piedrabuena y el Bouchard; los destructores conformaban el “piquete radar” que fondeaban en la costa de Río Grande. Se alternaban en su tarea. Los días pares el Bouchard mantenía su radar en stand-by, los impares lo hacía el Piedrabuena.

Luego de que Gran Bretaña ampliara la zona de exclusión hasta 12 millas del continente, suponían que los sub- marinos enemigos ya atravesaban la profundidad del mar para espiar las bases aeronavales con equipos electrónicos.

Cinco minutos después el rumor hidrofónico detectado en el Piedrabuena dejó de ser intermitente y el operador radarista del Bouchard observó tres ecos nítidos en forma de V, con un punto muy intenso que -supusieron podría ser un submarino. Eran las 19:12. Los tres elementos se movían de noreste a sudeste, en dirección hacia la costa, a una velocidad de 33 kilómetros por hora. Podrían ser tres lanchas, o gomones con motor fuera de borda del SBS que habían emergido del submarino. No lo podrían haber hecho desde una nave ubicada a 450 millas del continente. La novedad llegó al capitán Washington Bárcena, al mando del Bouchard, quien ordenó levantar las anclas para tener libertad de maniobra y cubrir los puestos de combate.

Le pidió al capitán Grassi, comandante del Piedrabuena, que no moviera la nave. Se acercaría con el Bouchard hacia los blancos y abriría fuego. No tenía precisión sobre su ubicación – una densa capa de niebla cubría la noche-, pero avanzaría al punto dato en base al guiado de la orientación de radar. Al cabo de unos minutos Bárcena dio la orden al jefe de artillería y, desde el cañón de la torre de proa, comenzaron los disparos. Fue la única nave de la flota de mar que cañoneó al enemigo. Los proyectiles comenzaron a caer sobre los blancos. El sonarista del Piedrabuena comprobó el aumento de la intensidad del rumor hidrofónico. Y el radarista del Bouchard vio en la pantalla que dos blancos habían cambiado de posición, se habían abierto en forma de abanico hacia el eco de donde se habían desprendido y otro había desaparecido instantáneamente de la señal del radar. Pese a que se encendieron todos los reflectores, la niebla impedía una búsqueda visual. La alerta se mantuvo durante la noche.

Al día siguiente, el 17 de mayo, el capitán Legg y la tripulación del Sea King se enteraron de un cambio de planes. El Hermes no podía permanecer más tiempo cercano a la costa de las Malvinas porque corría el riesgo de ser impactado por un Exocet. Se decidió que la misión despegara desde el Invincible, que estaba ubicado cerca de la isla Beauchene, 30 millas al sur de la isla Soledad.

En el portaviones los recibió el capitán Jeremy Black. Hutchings le pidió un diccionario inglés español y un oficial lo solicitó por altavoces. Hutchings entendió que la misión al continente dejaba de ser secreta. También consiguieron un hacha, cintas adhesivas y les dieron una sala para continuar con el análisis de la operación. Legg repartió billetes en dólares, libras esterlinas y pesos argentinos y chilenos a sus hombres y a la tripulación. Black les hizo completar una planilla que sirvió de recibo. Después prosiguieron con el repaso de alternativas. Hutchings planeó un probable descenso más cerca de la costa, en la estancia Las Violetas, a 14 millas terrestres de la base. Estaba marcada en la carta náutica. Chile sería la opción para un aterrizaje de emergencia si un radar llegaba a detectar el vuelo. Legg prefería que ese segundo punto de desembarco fuese cerca de la frontera, como se había pensado en Hereford: una aproximación a la base desde el oeste. Sería la mejor opción para evitar la captura y completar la misión. ¿Qué harían con el helicóptero luego de que dejara en tierra al Escuadrón B? Lo hundirían bajo tierra o en el agua, eliminarían toda evidencia y después, con la ayuda del agente Edwards, la tripulación partiría hacia Santiago de Chile.

No había más que decir. Los miembros del Escuadrón B fueron ubicándose en silencio en el Sea King, al que se le habían quitado los asientos para agregarle tanques suplementarios de combustible. Había pasado la medianoche. Eran las 0:15 del 18 de mayo de 1982. Se iniciaba la misión hacia el continente. Debían volar 350 millas. Hutchings calculó que les tomaría un poco más de cuatro horas. Las hélices comenzaron a girar y esperaron que el Invincible, en completa oscuridad y bajo silencio de radio, alcanzara su velocidad máxima para facilitar que el Sea King se ele- vara. La patrulla del SAS partió sin entusiasmo. Les habían dado trajes de inmersión naranjas fluorescentes por si se accidentaban en el despegue. Después, el portaviones y sus fragatas escoltas Brilliant y Coventry abandonaron la posición y comenzaron a navegar hacia el noreste para unirse a la Fuerza de Tareas.

Las primeras horas del vuelo las hicieron a 15 metros por encima del mar para evitar el radar de Malvinas. Después subieron a 60 metros. La atmósfera interna era tensa, todos estaban ganados por la incertidumbre. Solo se escuchaba el ruido de los motores. Legg se había unido al Regimiento para vivir un poco de aventura y ahora la tenía en exceso; la situación había salido de su control. “¿Cómo mierda terminé acá?”, se preguntaba. Sentía que los movían como peones, pero no era el primer soldado que tenía la misma sensación. Ni sería el último. Estaba perturbado. Necesitaba tener un sentido de perspectiva. Decidió concentrarse en tiempos más felices. Pensó en su infancia en la granja con su familia. En sus amigos, cuando jugaba al rugby. Recordó cuando pasaba el rato tomando cerveza con ellos después de los partidos. Pensó en sus viejas novias, en los buenos momentos que había vivido en el Regimiento. Entraba y salía del sueño, adormecido por el zumbido del helicóptero. Se sentía cansado.

Hutchings volaba con la radio y los aparatos electrónicos desactivados. Solo si observaba al 25 de Mayo debía romper el silencio y alertar sobre su posición. Tenían orden de atacarlo aun fuera de la zona de exclusión para eliminar su amenaza.

Para los británicos, el portaviones era una presa deseada por su grupo aéreo embarcado, los ocho A-4Q Skyhawk – aunque el 9 de mayo serían trasladados a la Base Espora y, luego, a la base de Río Grande-, los seis aviones antisubmarinos Tracker y los seis helicópteros, pesados y ligeros, que transportaba. Temían que pudieran utilizarlo para una acción ofensiva. Pero la Armada ya lo había resguardado. El limita- do sistema de propulsión del 25 de Mayo, del año 1945, que restringía su velocidad máxima a 18 nudos y también su capacidad operativa, lo volvía vulnerable a la acción de los tres submarinos nucleares que lo rastreaban. Después del hundimiento del Belgrano, la flota de mar había decidido replegarlo a aguas poco profundas de la zona del Golfo San Jorge.

A la cuarta hora de vuelo divisaron la costa del continente. Hutchings, con sus visores nocturnos, pudo observar un resplandor. Mientras se acercaba, lo sorprendió una llama de gas incandescente de una torre que emergía del mar. Se veían las luces rojas que destellaban en la niebla. Supusieron que era una plataforma petrolera marina. Hutchings lamentó que el detalle no estuviera marcado en el informe de inteligencia ni en las imágenes satelitales de Estados Unidos, que solo alcanzaban hasta las aguas costeras de Río Grande. Viró hacia el sur para evitar la plataforma petrolera y advirtió edificaciones sobre la costa que tampoco estaban en la cartografía. Una densa niebla los cubrió. Estaban entrando al continente.

El destructor Bouchard los detectó en su radar de aire por sonido e imagen. Había otra intrusión del enemigo, como había sucedido treinta y cuatro horas antes. No se trataba de tres elementos que avanzaban en V; se podía ver su desplazamiento hacia el oeste. A las 4:26 el helicóptero traspasaba la costa. Se informó al Piedrabuena del hallazgo y a la base de Río Grande para consultar si era una aeronave amiga, pero luego de una demora en la comunicación desde la base lo negaron. Veinte minutos después había perdido el eco y supusieron que la aeronave había descendido a tierra cerca de la Ruta 3.

Las luces de la base de Río Grande se apagaron. Alerta roja. Sobre la bahía San Sebastián había un depósito de combustible que suministraba nafta especializada para los aviones de la base. Podría ser objetivo de la intrusión. Las patrullas terrestres de infantes de Marina salieron hacia la zona norte para rastrillar las estancias. Los helicópteros se lanzaron a la búsqueda. La artillería antiaérea esperó un ataque desde el mar. Había confusión. Cuando se observaba la luz de un auto en una zona apenas elevada de la Ruta 3, pensaban que podría ser el helicóptero. No tenían claridad de lo estaba sucediendo, pero estaban seguros de que el enemigo había entrado al continente.

 

Fragmento del libro “La Guerra Invisible”, de Marcelo Larraquy

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