La histórica construcción ubicada en pleno centro de Esquel, conmemoró un nuevo aniversario, recordando sus inicios y evolución a lo largo del tiempo. Hoy, la capilla recibe a visitantes y habitantes interesados en conocer sus rincones y escuchar sus historias.
En el corazón de Esquel, donde las calles Rivadavia, 25 de Mayo y Sarmiento abrazan uno de los hitos más antiguos de la ciudad, se alza la Capilla Seion. Un edificio que, a lo largo de 122 años, ha sido mucho más que paredes de ladrillo y un techo de chapa; ha sido hogar de fe, punto de encuentro comunitario y testigo silencioso de la evolución de la cordillera chubutense.
Corría el 31 de enero de 1904 cuando un grupo de familias —principalmente de origen galés— decidió organizar formalmente la congregación que daría vida a la capilla. Aquel día, en un paraje apenas esbozado llamado entonces “Valle del Ensanche de la Colonia 16 de Octubre”, sesenta y cinco vecinos firmaron el acta fundacional de lo que sería la Iglesia Protestante Innominada, luego conocida popularmente como Capilla Seion.
Antes de contar con un edificio propio, las reuniones dominicales, cultos, encuentros sociales y clases se realizaban en la chacra “Las Margaritas”, propiedad de la familia Freeman, a unos kilómetros del centro actual de Esquel. En ese humilde espacio, las primeras raíces comunitarias empezaron a echarse.

La construcción del edificio actual, que se mantiene notablemente intacto, finalizó en 1915. Fue levantado con materiales locales, principalmente piedra y barro, con paredes de ladrillo cocido y un característico techo de chapa a dos aguas.
Entre 1910 y 1915, la congregación trabajó con esfuerzo mancomunado para levantar su propia casa de culto en el centro de la naciente comunidad. Compraron un solar y, con materiales locales y mano de obra colectiva, construyeron la estructura que hoy perdura; muros de ladrillo cocido asentados sobre piedra y barro, techos de chapa y una planta única que refleja la austeridad arquitectónica de la época.

La capilla se inauguró en 1915, consolidándose como un espacio espiritual y social: más allá del culto, allí se celebraban fiestas, ensayos de coros, encuentros de té y actividades educativas, recordando las tradiciones galesas de comunidad y unión.
Al ingresar se percibe un aire detenido en el tiempo; bancos centrales con pasillos laterales, el sillón para el predicador, una pequeña biblioteca con volúmenes antiguos y un armonio a pedal que todavía evoca melodías de antaño.
El vestry, o salón anexo, fue durante décadas el lugar de reuniones dominicales, ceremonia del té y escuela dominical, funciones que hoy se mantienen vivas a través de la Escuela de Galés de la Cordillera, que ocupa ese mismo espacio.

Pero no es sólo la arquitectura lo que conmueve; son las historias de familias como Freeman, Jenkins, Austin, Morgan, Williams, Jones, Lloyd y Hughes, cuyos nombres se entretejen con la vida de la capilla y de la ciudad. Los relatos sobre las celebraciones de Navidad, los coros y los rituales comunitarios forman parte de la memoria oral que todavía se comparte entre generaciones de vecinos.
Para la comunidad galés-patagónica, la capilla no fue simplemente un espacio de culto; fue, y sigue siendo, un lugar donde se preservan costumbres, idiomas y formas de vida que cruzan más de un siglo. Mientras las estaciones cambian y la ciudad crece a su alrededor, la Capilla Seion se mantiene como un testimonio vivo de aquellos pioneros que llegaron a estas tierras en busca de libertad de culto y de una nueva vida.
En 1995, la capilla fue incluida en el Registro Provincial de Sitios, Edificios y Objetos de Valor Patrimonial, Cultural y Natural de Chubut, un reconocimiento oficial a su valor histórico y cultural.

Cartel conmemorativo de los 100 años de la Capilla Seion en 2004.
Hoy, a 122 años de su fundación, la Capilla Seion sigue en pie, no como un mero recuerdo de épocas pasadas, sino como un lugar vivo que recibe a visitantes y habitantes interesados en conocer sus rincones y escuchar sus historias. Cada ladrillo, cada banco y cada libro antiguo es un fragmento de la memoria de Esquel y de toda la Patagonia.
En tiempos donde la identidad se redefine y se celebra, lugares como la Capilla Seion nos recuerdan que la historia no es un relato estático, sino un río de vivencias que sigue fluyendo en cada encuentro, en cada voz y en cada paso que damos por estas calles.

