viernes, 13 de febrero de 2026

Hay que retroceder casi un centenar de años y hallar el origen de los caminos o senderos primitivos por los cuales se fue desplazando lentamente el progreso en la parte sur de la Patagonia, para llegar a comprender el sacrificio realizado por quienes marcaron los rumbos y los primeros ensayos sobre los mismos.

No se discute que el primer blanco que atravesó el interior de la Patagonia desde Tierra del Fuego hasta Patagones, ya en la provincia de Buenos Aires, fue G. Munster, inglés que lo realizó de sur a norte, haciéndolo mezclado a una cuadrilla de aborígenes en un viaje penoso, tan lleno de peligros y privaciones, que en el mismo arruinó su salud. Empleó más de un año en ello, 1869-1870, y dejó interesantes y valiosos apuntes de su viaje.

El capitán Carlos M. Moyano

Fue este oficial de la Marina argentina quien, luego de haber explorado en parte el territorio austral de Santa Cruz y Tierra del Fuego, comprobado sus enormes posibilidades de progreso y la imperiosa necesidad de conservarlo para el país, llegó a la conclusión de que lo más adecuado para poblar el sur, en plazo breve, era la ganadería en gran escala.

Pero Moyano reconocía que en regiones tan extensas como Chubut y Santa Cruz, desiertas y desconocidas en detalle, resultaría dificultoso y tremendamente demoledor y antieconómico, el transportar grandes cantidades de hacienda lanar y vacuna desde la provincia de Buenos Aires en los escasos pequeños barcos de que se disponía en la época, y que además resultaba poco seguro.

Lo más factible podría ser el transportar esas valiosas haciendas mediante la formación de arreos, pero desde la provincia de Buenos Aires había que recorrer una distancia aproximada a los dos mil kilómetros de desierto prácticamente desconocido, y la distancia no era el mayor obstáculo. Lo yermo de los campos por atravesar, la falta de aguadas y el desconocimiento de las existentes, como también las condiciones topográficas del terreno eran el principal obstáculo que podía causar grandes pérdidas de haciendas en el trayecto. Y por el momento, sin ganaderías era muy poco lo que se podía realizar en la Patagonia ansiada por países extranjeros.

Moyano tenía alma de explorador y consideró que tales arreos podrían realizarse, pero que primeramente era indispensable hacer una detenida exploración de esas zonas desconocidas estableciendo en detalle la ubicación de aguadas (manantiales o corrientes de agua), y condición de las pasturas para la hacienda a través de esos dos mil kilómetros, que, con los desvíos obligados para llegar a las aguadas, alcanzarían a más de dos mil quinientos. Había que estudiar también otros posibles obstáculos que impidieran el paso de los arreos numerosos: grandes cordonadas de cerros elevados, manchas de matorrales tupidos y extensos o trechos totalmente áridos.

Sólo así podría poblarse la Patagonia a corto plazo, si es que se pretendía demostrar palpablemente que ésta pertenecía a la Argentina y estaba ocupada positivamente.

Sin más dilaciones y sin ayuda oficial, acompañado sólo por dos o tres baqueanos aborígenes, cuarenta caballos y varios perros que le ayudarían en la caza para alimentarse, puso manos a la obra.

Ya había efectuado exploraciones de este a oeste en el sur de Santa Cruz, acompañando al Perito Moreno y a Ramón Lista en el año 1877. Tomó como guía, un tanto incierta, los escritos de Munster en su viaje con los indios, introduciendo algunas modificaciones para adecuar el trayecto a la misión de recorrido para arreos que él tenía en su mente.

En marchas más o menos apresuradas siguió el curso del Río Chico, en Santa Cruz, hasta aproximarse al Lago Buenos Aires, en el nacimiento del Río Deseado, y como su misión principal era establecer en su trayecto las aguadas, los campos más pastosos y, dentro de lo posible, los terrenos de más fácil desplazamiento para los arreos numerosos, desde la región donde hoy se halla la localidad de Perito Moreno siguió el curso del Río Deseado aproximadamente hasta la región actual de El Pluma, lugares que ofrecían excelentes perspectivas de buenos campos y aguas abundantes. Moyano se guiaba principalmente por las antiguas rastrilladas de los indios en sus desplazamientos periódicos de sur a norte y viceversa, cuando por motivos climáticos o de cacería se mudaban de una región a otra.

Desde este punto, Moyano sabe que se encuentra en la parte más cercana al Río Senguerr, en el gran recodo que éste efectúa en la región de Los Monos para salvar la cordonada del cerro San Bernardo, ya en Chubut. Salva este trayecto, uno de los más prolongados y es caso en buenas aguadas, cortando en forma casi directa de sur a norte, y así alcanza las márgenes del Senguerr, cuyo curso sigue luego hasta el valle de los Lagos, Muster y Colhué Huapi. El hábil explorador observa que está en un lugar de pastos blandos y mucha agua, es decir, un lugar ideal para estacionamiento de grandes arreos que llegaban maltrechos por el cruce de trayectos pobres en pastos y aguas. Sin demorarse toma el curso del Río Chico que nace como desagüe del Lago Colhué Huapi, y en esos años corría, y por el mismo en marcha hacia el norte, llegó al Río Chubut, y por éste a la Colonia Galesa del Valle del Chubut.

Así quedó probada la factibilidad de arrear hacienda en gran número desde el lejano norte argentino hasta el Estrecho de Magallanes. Pero Moyano quiso demostrarlo en la práctica, y de inmediato comenzó a preparar un arreo de vacunos que llevaría hasta el extremo sur de Santa Cruz, partiendo desde Gaiman. Al mismo tiempo, el infatigable marino comenzó a pensar en una exploración similar a la ya realizada, pero esta vez por la parte costera de la Patagonia, donde por razones de mejor clima los arreos de hacienda pudieran desplazarse aún en invierno. Había que apresurar al máximo el progreso en la Patagonia si se quería salvar su integridad.

 

Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas”, de Asencio Abeijon

 

Compartir.

Los comentarios están cerrados