sábado, 21 de febrero de 2026

El boliche, representante sureño de la antigua pulpería del norte argentino, inmortalizada por la literatura argentina del Siglo XIX en la más auténtica era gaucha, fue al igual que aquella, una necesaria avanzada del progreso patagónico. Más moderno y pacifista, el boliche patagónico no tenía esa división protectora de gruesos barrotes de madera o hierro, que caracterizaba a la pulpería, dividiendo el sitial del pulpero del lugar ocupado por los parroquianos. Dicha división tenía por objeto resguardar al pulpero de la agresividad de algunos parroquianos por el efecto del alcohol, o por alguna discusión en la que, a juicio del cliente (y muchas veces a juicio de todos los parroquianos), el pulpero agrandaba el monto de la cuenta, le echaba mucha agua al vino o entregaba el vuelto de menos, cosa que el cliente trataba de castigar mediante el uso de la daga o el facón.

En el boliche patagónico, carente de la barrera que caracterizaba a la pulpería, el bolichero se hallaba prácticamente mezclado con la clientela, mostrador por medio, y aún éste estaba comunicado por una abertura que permitía a los parroquianos de confianza pasarse “atrás del mostrador”, lugar sagrado del bolichero, porque allí está el cajón donde guarda la plata y la estantería con todo el capital. Por esta entrada, o simplemente salvando el mostrador de un salto, puede un pendenciero atropellar al bolichero, hallando el camino libre por falta del enrejado de madera.

Pero la verdad es que las armas de fuego, tan comunes y a tan bajo precio en la época a causa del puerto libre, harían inútil la barrera por entre cuyos intersticios las balas pasan sin tropiezos, cosa que no sucedía en las “tenidas” a facón o daga, en que el pulpero tenía la facilidad de “madrugar” a su antagonista hasta con un garrote, mientras este trataba de romper la línea que lo protegía.

La profesión de bolichero de campaña no resulta una tarea simple cuando no se quiere “quebrar” en pocos meses. Tiene que hacer equilibrios para andar bien con todos los vecinos y viajeros, sin por ello descuidar sus ganancias.

Al lado de la desierta “güeya”, debe ser el consejero, escribano y financiador de los pobladores que no tienen créditos en el pueblo. Debe entender de pieles, plumas o sogas que le traen a cambio de mercadería, y saber los defectos que deberá achacarles para lograr un precio ventajoso para el “cajón” del mostrador: Que esta piel de chulengo es de nacimiento tardío y por lo tanto de menos valor; que estas plumas de avestruz han sido, sacadas después de estar el animal varios días muerto; que este lazo está reseco o pasado de grasa, etc., etc. Hay que hallar defectos para lograr rebaja, y al entregar mercadería a cambio debe lograrse un aumento de precio, “por el tiempo que se tardará en vender los frutos comprados cuyo precio se halla en baja en el mercado”. Al mismo tiempo, hay que alabar la mercadería que entrega, su calidad y su bajo precio y decir que la próxima que venga ya viene más cara.

El boliche casi siempre pertenece a un extranjero. Es raro el criollo bolichero porque fía o juega su mercadería.

Ubicados a lo largo del extenso camino, en jornadas de cinco o diez leguas en tiempo de los lentos carros, la distancia entre boliche y boliche fue aumentando cuando los automóviles, no obligados a seguir en su trayecto el curso de las aguadas y los campos pastorosos para los caballos, comenzaron a acortar las distancias a medida que los caminos de carros fueron convirtiéndose en “picadas” y también en asfalto.

Al costado de la extensa “güeya”, ubicado siempre cerca de un lugar donde hay una aguada natural o un pozo con agua abundante para las caballadas, el boliche está siempre rodeado por carros, acampados para abrevar los bueyes o caballos y darles un descanso de un día si la distancia hasta la próxima aguada es muy larga y necesita una marcha muy exigida.

Cuando está sin clientela, el bolichero otea a menudo el horizonte para ver si alguna lejana polvareda en el camino indica que se aproxima alguna tropa de carros, un arreo o un jinete. Antes de ver el bulto, por la forma de la polvareda el bolichero sabe si lo que se acerca son carros de mulas, chatas de caballos, carretas de bueyes, un arreo, o simplemente un jinete con tropilla. Si es un arreo, la intensidad del polvo que levantan lo hace calcular con mucha aproximación el número de animales que lo componen y si se compone de ovejas, vacas o caballos.

Cuando ya la polvareda se acerca, el bolichero sale hasta el palenque. Entre los escasos habitantes de las regiones patagónicas es difícil que pase alguien a quien el bolichero no conozca, y quiere ver de quién se trata, y si llega hasta el boliche o pasa de largo. Salvo en casos muy excepcionales, el “pasar de largo” por un boliche es considerado casi como un desprecio para el mismo, y el bolichero sabe que, una vez que el viajero está convencido de que fue visto, es difícil que siga viaje sin llegar a tomar unas vueltas de copas, por recelo de que en cualquier oportunidad pueda necesitar del bolichero y éste, al “agarrarlo con el caballo cansado”, le haga pagar el desaire de haber pasado de largo.

Las tropas lentas muy rara vez, salvo que anden mal con el bolichero, dejan de llegar al boliche. Las largas horas, o tal vez días o semanas de viaje entre polvo y viento, los hace desear un momento bajo techo para tomar unas cervezas si es verano, o unas cañas o ginebras si hace frío. Además, en el boliche siempre se enteran de las novedades ocurridas en una amplia región, novedades que, dejadas por distintos viajeros en los oídos del bolichero junto con el importe de varias vueltas de copas y unas latas de sardinas, comidas de pie junto al mostrador, éste se encarga luego de divulgar a todos los vientos con más rapidez y seguridad que el mejor correo.

En época de verano, con el vaivén de tropas de carros y de arreos, comparsas de esquila o alambradores, es muy raro que el boliche se halle sin concurrencia. Por momentos el local resulta chico por tanto parroquiano. Hay saludos efusivos y ruidosos y un movimiento permanente. Gran intercambio de noticias de los cuatro puntos cardinales. Allí se sabe en qué estado se halla el camino más adelante y por dónde viene o va la tropa de fulano o de mengano. Se tienen noticias de los caballos perdidos en tal o cual fecha, de los cuales este o aquel poblador, “que estuvo el otro día en el boliche para que le hiciera una solicitud de señal”, dijo que tales caballos se hallaban en el lugar, y estaban muy gordos. Esto hace que el caballerizo del interesado salga en busca de los caballos, gordos y descansados, para aliviar a los que ya vienen aflojando.

Caballadas y bueyadas son arrimadas a las “bebidas”, para luego largarlas a pastar. Carreros que en movimiento febril atan los caballos a los carros para emprender viaje, y otros que terminan de llegar y desatan los caballos para que tomen agua y descansen un día. Llegan jinetes de viaje, toman unas copas y unos mates mientras charlan, comen unos bifes con cebolla y huevos fritos y siguen viaje; llega un policía conduciendo a un detenido. Comen algo y siguen viaje a Comodoro, dejando tras de sí miles de comentarios sobre el caso. Regresan y salen campeadores. Contentos los que hallaron los caballos o bueyes que faltaban, mohínos los otros. Relinchar de los caballos que largan al campo, mugir de bueyes y de pronto todo es tapado por el ruidoso y ridículo rebuzno de un burro. Y en el interior del boliche se siguen intercalando las noticias: que tal día llega barco de Buenos Aires a Comodoro Rivadavia y habrá abundante carga para transportar a la cordillera, que el vapor tal pasa para Buenos Aires la próxima semana y habrá que apresurar la marcha para llegar a tiempo de embarcar la lana, pues no habrá otro barco hasta dentro de un mes.

 

Texto de “Caminos y rastrilladas borrosas” – Asencio Abeijon

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