¿Quién tiene las llaves del Santo Sepulcro? La respuesta sorprende: no las custodia ninguna de las seis confesiones cristianas que comparten la iglesia, sino una familia árabe musulmana de Jerusalén.
La escena se repite desde hace siglos. Cada mañana, un miembro de esa familia llega hasta la puerta del templo, la abre y permite el ingreso de los fieles. Cada tarde, vuelve para cerrarla. En una ciudad atravesada por la religión, la historia y las disputas, ese gesto cotidiano encierra un símbolo enorme.
El origen de esta singular tradición se remonta al tiempo del Imperio Otomano. Como dentro del Santo Sepulcro convivían distintas comunidades cristianas —y cualquier privilegio concedido a una podía desatar conflictos con las otras— las autoridades decidieron dejar la llave en manos de alguien neutral. No podía quedar ni con los griegos, ni con los franciscanos, ni con ninguna de las corrientes que custodian el lugar. Entonces eligieron a una familia musulmana de Jerusalén, poderosa, respetada y cercana al poder de la época.
Así nació una costumbre que atravesó generaciones. La familia siguió allí, conservando una función tan sencilla en apariencia como inmensa en su valor simbólico: custodiar la entrada del lugar donde la tradición cristiana sitúa la crucifixión, sepultura y resurrección de Jesús.
Con el tiempo, ese rol quedó incorporado al llamado statu quo, el delicado sistema de normas no escritas que rige los lugares santos de Jerusalén y que impide alterar equilibrios construidos durante siglos. Por eso, ni siquiera los grandes cambios políticos modificaron esa práctica.
Cuando Israel tomó el control de Jerusalén Este en 1967, tras la Guerra de los Seis Días, optó por mantener intacto ese orden en los lugares sagrados. Y así, como había ocurrido antes bajo otros poderes, las llaves del Santo Sepulcro siguieron donde estaban: en manos de una familia árabe musulmana.

