
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha presentado el acuerdo de alto el fuego de dos semanas con Irán como un triunfo. Un logro que describe en su estilo característico, con muchas mayúsculas y muchas exclamaciones. Pero, a la espera de ver los resultados que arrojarán las negociaciones en Islamabad, lo conseguido de momento es una tregua de términos pírricos. El gran logro de Washington es abrir un paso marítimo que no estaba cerrado antes de comenzar su ofensiva; por el camino ha ofendido a sus aliados y dinamitado su imagen internacional, ha vaciado sus arsenales de munición y ha puesto en contra a su opinión pública.
En su anuncio, Trump ha planteado la pausa en las hostilidades como una concesión, casi un favor a los mediadores paquistaníes cuando solo faltaba una hora y media para dar la orden de lanzar un ataque masivo contra la infraestructura civil iraní. Un acto de magnanimidad porque —escribía en su red social— “ya hemos cumplido de sobra todos nuestros objetivos militares y estamos muy avanzados en un acuerdo definitivo sobre una paz a largo plazo”.
Los detalles apuntan, no obstante, a que quien sale mejor parado es Teherán. Las conversaciones, según ha admitido el propio Trump, tendrán como punto de partida el plan de la República Islámica; no el de Estados Unidos, de 15 apartados. Tampoco está claro en qué términos Irán abrirá el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo.

Teherán entra en la tregua con su uranio enriquecido bajo tierra, pero intacto. El régimen se mantiene en pie y con el control del país, por mucho que el inquilino de la Casa Blanca insista en que se ha producido un cambio total. Su capacidad de infligir daños al enemigo quedó demostrada con el derribo la semana pasada de un caza F-16 que obligó a Estados Unidos a lanzar una arriesgada misión de rescate de los tripulantes en la que empleó 155 aeronaves y “centenares” de hombres, según precisó en una rueda de prensa el lunes Trump. En aquella operación, Estados Unidos perdió varios aviones y al menos dos helicópteros, por valor de cientos de millones.
Mientras, Estados Unidos ha pagado un precio muy caro por una guerra que eligió arrastrado por un Israel deseoso de acabar con su mortal enemigo, como admitió en su momento el secretario de Estado, Marco Rubio, y dejaba claro este lunes el periódico The New York Times en una detalladísima crónica sobre la última reunión en la Casa Blanca entre Donald Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el 11 de febrero, dos semanas antes de comenzar la guerra.
La decisión de atacar ha enfrentado a Washington con sus aliados. En el caso europeo, las críticas del presidente a los socios que no quisieron ceder sus bases ni su espacio aéreo para su uso en la guerra, o participar en una coalición para abrir por la fuerza el estrecho de Ormuz, han reabierto, y agrandado, la brecha creada por el deseo de Trump de hacerse con Groenlandia. Esa herida vuelve ahora a sangrar: “Si quieren saber la verdad, todo empezó con Groenlandia. No nos la han querido dar, y yo dije: ‘adiós muy buenas”, mencionaba el republicano, casi de pasada, en una rueda de prensa este mismo lunes. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que visita este miércoles la Casa Blanca, tendrá que hacer gala de sus artes más melifluas para aplacar al republicano.
La relación con los aliados asiáticos tampoco ha quedado bien parada. La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, se llevaba de su visita a la Casa Blanca una broma pesada del republicano sobre el ataque de Japón a Pearl Harbor. Corea del Sur ha visto con alarma no solo las quejas de Trump sobre la falta de colaboración en Ormuz, sino también cómo las fuerzas estadounidenses se llevaban de su territorio un sistema de defensa antiaérea THAAD que había costado a Seúl una crisis diplomática y un boicot comercial millonario de China. El despliegue militar en el golfo Pérsico ha desviado también otros activos militares —barcos, soldados, munición— que protegían a sus socios en el Pacífico.
La guerra también ha dejado a las fuerzas de Estados Unidos en una situación precaria. Como advertía el general Caine en las reuniones del equipo de seguridad nacional en la Casa Blanca previas a la guerra, se ha gastado mucha más munición e interceptores de defensa antiaérea de los que el país podrá reponer durante años.
La economía mundial ha sufrido un duro golpe, del que la primera potencia del mundo, por mucho que Trump haya presumido de estar a salvo, no se va a poder librar. El precio de la gasolina en Estados Unidos había superado los cuatro dólares por galón, una barrera psicológica de difícil aceptación para un público que considera ese encarecimiento la consecuencia más grave de la guerra por abrumadora mayoría —un 69%, según un sondeo de Pew—. El propio Trump reconocía estos días la impopularidad de la guerra entre sus propios votantes: “Los estadounidenses querrían que volviéramos a casa”.
Pero el precio más caro que tendrá que pagar Estados Unidos por esta guerra aún está por venir: el desplome de su imagen internacional en un conflicto elegido e ilegal. La constatación de que un gobierno en Washington está dispuesto a perpetrar crímenes de guerra y su presidente se declara “nada preocupado”.
El aterrador mensaje de Trump de este martes en redes sociales —“esta noche morirá toda una civilización”— es de los que no se olvidan. De los que dejan un poco de trauma, y anonadan, y crean sensación de culpabilidad solo por haberlo leído. “Repugnante”, en palabras de Volker Türk, el comisario de Derechos Humanos de la ONU. Ahí queda, para la historia, el 7 de abril de 2026. El día en que un presidente de Estados Unidos amenazó sin ambages con exterminar a una población de 91 millones de habitantes. El día en que Washington se cubrió de oprobio.
Fuente: El País
