Desde marzo llovía con intervalos de pocos días; los caminos se hallaban barrosos, casi intransitables, resultando una odisea el tránsito automotor por ellos. Se preveía una creciente muy grande en los lagos Munster y Colhue-Huapi. Este último desde hacía varios años venía disminuyendo el nivel de sus aguas, hasta el extremo de que verdaderas islas, como la isla De Ibarguren, se había convertido en una península unida a tierra firme por un ancho istmo. Solamente algunos viejos aborígenes recordaban haber visto las aguas del barroso Colhue-Huapi más bajas que en ese año de 1939. El río Chico, que nace como desagüe del lago Colhue-Huapi, no corría desde hacía mas de 12 años.
Pero ahora, en mayo de 1939, el lago Muster, ya lleno por el río Senguerr, mandaba sus aguas en retroceso por el mismo Senguerr, que luego las hacía llegar al Colhue-Huapi. Igualmente todos los zanjones, incluso el de Valle Hermoso, desaguaban sus aguas turbias en el lago Colhue-Huapi y la península amenazaba convertirse nuevamente en isla, e incluso podía inundarse totalmente si el invierno seguía lluvioso como el otoño. Más de mil vacunos que había en ella fueron retirados en previsión de la creciente y conducidos a los campos costeros, secos, de Bahía del Fondo, que en ese año excepcionalmente lluvioso y nevador, pero sin largas heladas, se hallaban en un estado inmejorable, llenos de lagunas, por lo que los vacunos pronto comenzaron a engordar.
También había en la isla más de seiscientos cerdos en estado cimarrón.
Uno de los primeros propietarios de la isla llevó media docena de dichos animales, a los que luego, por falta de compensación en los precios, los abandonó a su suerte en el campo.
En tal estado proliferaron en forma extraordinaria y a los veinte años, por falta de refinamiento, habían degenerado en forma visible, como retornando a su estado ancestral. Patas largas, cuerpo delgado y los colmillos extraordinariamente desarrollados hacia los costados, que les sobresalían más de diez centímetros, semejando a los jabalíes. A la vez predominaba en la gran mayoría de ellos el color primitivo de la especie, o sea el negro.
Se habían tornado muy ariscos y, ante la proximidad de las personas, se ocultaban entre los altos huncales en las orillas del lago, e incluso cuando tenían crías acometían a las personas en forma peligrosa. Se alimentaban de la raíz del hunco, lo cual ayudaba a la prolongación de sus colmillos y también de algún animal que hallaban muerto o mal caído.
En la época en que las vacas tenían crías, había que extremar el cuidado de los vacunos, para evitar que los cerdos se las comieran.
También adquirían una extraordinaria habilidad para atrapar las truchas que, al retirarse las aguas por baja del lago, quedaban aisladas en los numerosos lagunones que se formaban, y en la época del desove de las mismas llegaban a engordar en forma extraordinaria.
Durante las noches de heladas se los oía gritar de frío, mientras recorrían el campo al trotecito. Para dormir abrigados, usaban un procedimiento ingenioso. Con los dientes trituraban una gran cantidad de hunco, que luego amontonaban cubriendo una superficie de diez o quince metros, según el número de la piara, y se internaban en ese esponjoso montón que les proporcionaba un lecho cómodo y reparado. En esas circunstancias resultaban totalmente invisibles, y resultaba escabroso para quien, sin saber, se les aproximaba recibiendo de improviso un impresionante susto.
Sarmiento se hallaba bajo la inundación debido al desborde del Río Senguerr. La capacitad de amenaza de un total puentes y alcantarillas era superada por las correntadas de agua. Algunas chacras quedaban aisladas del pueblo, y hasta las vías del ferrocarril de Comodoro Rivadavia estaban en algunos tramos cubiertas por las aguas, lo cual motivaba que el pesado autovía debiera detenerse en la estación Colhue-Huapi, debiéndose cubrir los restantes 20 kilómetros hasta Sarmiento en zonas tiradas por mulas. Cuando se llegaba al paso de un puente o alcantarilla, eran desprendidas las cuartas para que las mulas cruzaran el agua a nado, mientras las zorras eran empujadas por las cuadrillas de trabajadores, hasta pasar el obstáculo. Era una aventura que no siempre divertía a los pasajeros.
El nacimiento del Río Chico, desagüe natural del Lago Colhue-Huapi se hallaba obstruido por enormes bancos de arena, acumulada por los vientos de varios años y para romper ese dique, el lago debería crecer mucho en altura, lo que aumentaba la amenaza de inundación sobre Sarmiento y sobre las islas del mismo lago. Una consecuencia de haber modificado el curso natural de las corrientes de agua.
En previsión de una total inundación de la isla, el vasco Ibarguren dispuso retirar del lugar la mayor cantidad de cerdos posibles, ya sea para venderlos de inmediato o para tratar de amansarlos a corral. Había iniciado en ellos una tentativa de refinamiento, mediante reproductores traídos desde la Provincia de Buenos Aires. Cerdos colorados, trompa larga, muy aclimatables a las lagunas y huncales. Ya era evidente que la inundación los ahogaría a todos y se trataba de salvar la mayor cantidad posible.
No era tarea fácil su caza. Había que atraparlos a lazo, con ayuda de perros y caballos, y, para evitarlo, las piaras se refugiaban en los tupidos huncales que bordeaban las orillas de la isla, donde el lazo resultaba casi inútil. No es fácil enlazar un cerdo, ni aún en lugar descampado, porque el lazo resbala por sus cuerpos redondeados, sin lugar donde ceñirse. Deben usarse lazos especiales, formados por solo dos tiras de cuero, delgadas y torcidas entre sí, que se ciñen a la presa con relativa facilidad. Lo mas seguro para que no zafe, es enlazarlos de la trompa, por los dos colmillos sobresalientes, donde el lazo se ciñe seguro, como en la coronamenta de los vacunos. Al sentirse atrapados por el lazo, se abalanzan encabritados, gritan y tironean en forma desesperada y a veces llegan a agredir al enlazador si lo toman desmontado del caballo.
Ante el ataque de los perros ya veteranos, se agrupan en especie de círculo desordenado, manteniendo las crías en medio. Lanzan colmillazos de abajo hacia arriba, tratando de herir a los perros, a la vez que retroceden hacia los huncales u orillas del agua. Los perros, ya baquianos, los atrapan de las orejas, con lo cual los toman casi inofensivos, ya que el cerdo, en esa situación, comienza a tirar hacia atrás tratando de zafarse a la vez que grita, circunstancia que es aprovechada por los cazadores para ceñirles bien el lazo, o simplemente tomarlos de la pata y arrojarlos al suelo para manearlos y luego arrastrarlos hasta el camión que los conduce hasta un resistente corral de alambre de diez hilos, donde se los larga.
Ya libres, tratan de huir en forma desesperada: se estrellan repetidas veces contra el cerco, tratando de acometer a sus captores.
Aún para los perros resultan peligrosos. El capataz Segundo Ortiz tenía un enorme perro dogo, muy ágil y tan fuerte que en plena carrera lograba sujetar en un corto trecho, atrapándolos de la cola, a novillitos bastante desarrollados. Era especial para atrapar cerdos, porque con su tremenda fuerza y dentadura los sujetaba de una oreja, manteniéndolos en tensión hasta que se le ordenaba largarlos. En una oportunidad había atrapado en la forma ya expresada a un enorme cerdo macho, pero mientras lo mantenía sujeto de una oreja, por descuido le aflojó un tanto la tensión, lo cual fue aprovechado por el cerdo enfurecido para lanzarle un colmillazo, moviendo la cabeza de abajo hacia arriba, que alcanzó al perro en el comienzo de la paleta, abriéndole un profundo tajo hasta la mandíbula, en una extensión aproximada de cuarenta centímetros. El cerdo, ágil y astuto, se refugió luego en el huncal, de donde con mucho trabajo se logró sacarlo con dos lazos y arrastrarlo a cincha de caballo hasta el corral, donde llegó muy maltrecho, salvándose apenas de las intenciones del capataz, que quería degollarlo en el lugar como represalia. El perro sobrevivió, pero desde entonces se hizo más cauteloso.
La cacería, no exenta de cierta peligrosidad, por cuanto hay que atrapar vivos a los animales, resultaba entretenida y requería habilidad en el manejo del lazo y sumo cuidado en el manipuleo de los cerdos en su traslado hasta el corral y posterior carga en el camión, para su transporte a Comodoro. El cerdo cimarrón y enfurecido, en una atropellada, puede incluso desjarretar al caballo. Cuando una piara se veía arrinconada con- tra la orilla del agua donde no había hunco, hacía frente a los hombres y a los perros con cortas arremetidas, pero sin separarse del grupo más de dos metros.
Cuando uno de ellos era atrapado en el lazo y tirado hacia afuera en medio de fuertes chillidos, todo el grupo lo acompañaba unos metros, como en una tentativa de salvarlo, dando un tremendo concierto de rabiosos gritos.
Si alguno de ellos era tomado de las orejas por uno o dos perros, chillaba retrocediendo y arrastrando consigo lentamente a sus agresores, hasta internarse en las aguas y, cuando se sentía libre de los perros, se internaba en el lago nadando. El cerdo, animal sumamente rumbiador en tierra, que regresa a su querencia cubriendo a veces distancias respetables, en cuanto se halla en el agua se desorienta totalmente. Nada casi siempre a favor del viento, en forma casi vertical, llevando apenas la mitad de su cabeza o, mejor dicho, la trompa, fuera del agua, alejándose de la tierra. En esa forma se aguanta casi una hora, y su principal inconveniente, en especial si están gordos, es que en el movimiento natatorio que efectúan con las patas delanteras, se van friccionando ambos costados de la garganta con la punzante pezuña que poseen unos centímetros más arriba de las pezuñas que utilizan para caminar y, en ese movimiento obligado y continué para nadar, terminan por degollarse a si mismos, y sus cadáveres aparecen días después en la orilla opuesta del lago.
La carne de los cerdos, mantenidos a su arbitrio en la isla, carece de la substancia fuerte de los cerdos domésticos. En la época en que atrapan truchas en los lagunones, su carne adquiere un sabor a marisco, mientras que en el resto del año es muy comestible. Durante sus tareas, los encargados de la cacería solían carnear algunos, que de inmediato ponían al asador, para luego comer sin ninguna clase de condimento, fuera de la sal, como si se tratara de carne vacuna u ovina.
Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón

