domingo, 10 de mayo de 2026
Puerto Madryn en los ’50 un día de lluvia

 

Mi nombre es Peter Seibt, nací en Dresden en 1938. Hasta el año 1950 estuvimos en Dresden. Vine con mi familia desde Alemania en 1951. A Buenos Aires llegamos el 16 de julio de 1951. El viaje duró tres semanas y fue bueno; los chicos lo disfrutamos.

Mi padre no tenía ninguna esperanza de trabajar en su oficio porque para trabajar de agrimensor tenía que revalidar su título y para ello tenía que haber aprendido el idioma. Cuando llegó a Madryn comenzó a trabajar de ayudante de un cañista alemán que hacia instalaciones de gas.

El viaje a Puerto Madryn me dio la impresión de viajar por un país que nunca se terminaba. Salimos de Buenos Aires de noche, viajamos en camarote… eso era una novedad… dormir en el tren en una cama daba idea que uno tenía que pasar muchas horas en el tren. Y a San Antonio son 24 horas. El paisaje de la provincia de Buenos Aires era distinto… se veían árboles, se veían trigales. Pero cuando pasamos Bahía Blanca ya empezaba la Patagonia… y eso era algo insólito. ¡Un horizonte que no se interrumpía con nada!… Llegando a San Antonio, cruzábamos ríos que entre sí tenían mucha distancia… eso era otra novedad.

A San Antonio llegamos al anochecer y tomamos el colectivo que viajaba toda la noche (cinco horas de viaje) hacia Madryn. Me acuerdo que como era invierno, me pareció que el campo estaba nevado, porque los faros iluminaban todos esos arbustos grisáceos. Yo iba en el primer asiento, despierto toda la noche y ¡cuando llegamos a Madryn… fue impresionante… llegar al borde de la meseta y ver todas esas lucecitas! ¡Era como un oasis!… llegamos muy de madrugada.

LA ADAPTACION Y LAS PRIMERAS NOSTALGIAS EN PUERTO MADRYN

En Puerto Madryn nos alojamos en la casa de mi tío. El centro de la ciudad estaba donde sigue estando alrededor de la plaza, frente al puerto. El muelle era prácticamente la división del pueblo porque la continuación del muelle era el ferrocarril; la zona sur era el centro.

Mi tío vivía en una manzana de la cual era propietaria Lahusen; en una esquina estaba la barraca, del otro lado estaba la caballeriza; tenían caballos porque la prensa de lana la hacían funcionar mediante una noria movida por caballos; en otra esquina estaba la casa rodeada de un jardín grande. Actualmente en esa manzana en una esquina sigue estando la barraca; en la otra esquina en diagonal está la casa, y el resto está todo loteado y se ha vendido: está el correo, hay un mayorista de alimentos…

La casa de mi tío era una casa antigua muy grande, de habitaciones altas, con ladrillos a la vista… de arquitectura patagónica muy común… con ventanas grandes. Allí estuvimos tres meses.

Mis primos hablaban alemán, pero tenían muchos amigos argentinos y los amigos entraban en la casa y empezamos a compartir esos amigos casi enseguida. No había muchas dificultades de comunicación porque empezamos a aprender el idioma casi enseguida; la secretaria de mi tío nos dedicaba todos los días una hora a la mañana para enseñarnos. Después, en octubre nos inscribieron en la escuela como oyentes; fuimos regularmente a la escuela en octubre y noviembre, pero sin obligación de hacer deberes para estar en contacto con la realidad escolar y los chicos argentinos; era la Escuela Nº 124 Tomás Espora. Ese era quinto grado. Durante las vacaciones aprendimos castellano intensivamente con una maestra que era de esa escuela, María del Carmen Gutierrez; todos los días íbamos a su casa y ella sin saber alemán nos enseñó castellano… no nos resultó difícil ni pesado, lo aprendimos naturalmente.

Después de trabajar de ayudante de un cañista mi padre a través de mi tío consiguió trabajo en el ferrocarril; siempre había tenido la afición de la carpintería y entró en los talleres del ferrocarril como carpintero a principios de 1952. A mi papá y a mi mamá el idioma les costó mucho más. Mi papá aprendió en el trabajo… la gente era muy comprensiva… ayudaba mucho; no había ese rechazo al “gringo”. A pesar que había pocos alemanes en Madryn ya que tiene una impronta española e italiana y esa es la diferencia entre Madryn y Trelew.

Cuando pasaron las vacaciones en que habíamos aprendido el castellano, entramos con mi hermana e hicimos sexto grado. Recuerdo a un compañero, el hijo de Frida Berthram, Peter, que sabía alemán y eso nos facilitaba el contacto. En sexto grado ya no había dificultades… la historia argentina era una novedad para nosotros… eso es casi lo único.

La primera navidad la pasamos en casa de mi tío. Las otras las pasamos en casa. El arbolito lo teníamos que hacer… no había árboles naturales. Hacíamos el arbolito con un palo con agujeros y le metíamos ramas de ciprés; las ramas de ciprés las conseguíamos con don Fernando Jindra, que tenía una bodega fraccionadora de vinos y era checoslovaco. Tenía un terreno muy grande, como media manzana y todo rodeado de cipreses… y él era un hombre muy bueno y muy comprensivo y tenía las mismas costumbres… era nacido en Bohemia; teníamos una buena relación con él y nos daba las ramas. Llevábamos las ramas a casa, las insertábamos en ese palo y lo adornábamos como se acostumbra, pero era un árbol bastante más chiquito… no había nieve afuera… hacía calor. Por lo general se hacía un asado en la casa de mi tío, que como tenía relación con la gente de campo por su profesión, siempre había un cordero. A veces también nos reuníamos con los otros paisanos con mucha nostalgia, tal vez más mis padres que nosotros, porque en esa época uno se acordaba de Alemania. Los únicos parientes que habían quedado allá era una hermana de mi papá y mi abuela; con ellos nos carteamos hasta que fallecieron.

 

Texto de “Los ferroviarios que perdimos el tren”

 

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