El pullman salió a las 4 de la tarde de Esquel para Comodoro Rivadavia con sólo 8 pasajeros. Todos fueron descendiendo en el trayecto: La Mimosa, Tecka, Putrachoique, etc. Los últimos se quedaron en Gobernador Costa. El conductor entró en el hotel Americano, agenda de la Empresa Giobbi, donde le dijeron que no había ningún pasaje pedido. Debía seguir con el ómnibus vacío, hasta Río Senguerr, casi treinta leguas de distancia aproximadamente, con mal camino y viaje nocturno. No le importaba mucho, porque cuando se viaja de noche es menos responsabilidad hacerlo sólo que con pasajeros, sobre todo cuando viajan familias con criaturas, que, en caso de probables roturas de máquina o encajaduras en los numerosos badenes, deben sufrir frío y hambre.
Después de cargar la correspondencia en el correo, le llevo el pullman a don Magallanes, el mecánico del pueblo, para una reparación en la luz. Vuelto al hotel, lo invitaron con un churrasco a la plancha, a comer de pie junto a la cocina, y con la bota de vino.
En el salón sólo había un hombre de campo, desconocido. Estaba apoyado contra el mostrador frente a una copa de caña fuerte. conductor con una
Ricardo, el dueño del hotel. invitó la ginebra. Se arrimó a tomarla en el mostrador. También le hizo entrega de la rendición mensual de pasajes de la empresa, para que la llevara a Comodoro Rivadavia: el hombre de la caña fuerte seguía apoyado al mostrador con la copa entre los dedos. Vestía bombachas, botas acordeonadas, saco, sombrero con barbijo y pañuelo al cuello.
En la cintura, ceñida por faja criolla y tirador con rastra, le hacían bulto el cuchillo y el revólver. Era de rostro simpático y de unos 30 años.
Cuando Ricardo puso sobre el mostrador los ocho mil pesos de rendición, que el conductor juntó con otros tantos recaudados en otras agencias, el hombre exclamó: -¡La pucha! ¡Que lindo toco. ¡Ese me hacía falta a mí! -Le contestaron con un chiste, y el río.
En ese momento llegó a la puerta del hotel don Magallanes, con el pullman ya listo. El conductor se despidió y salió. Luego de tantear los neumáticos y revisar agua y aceite del motor, lo puso en marcha, pero cuando arrancaba, Ricardo lo llamó desde la puerta diciéndole que había un pasajero. Al mismo tiempo, el hombre de la caña fuerte salió apurado del hotel y subió al ómnibus con el pasaje en la mano diciéndole alegremente: -De golpe me dio la loca de viajar hasta Sarmiento. No traía ningún equipaje y se sentó en la primera fila de butacas, inmediatamente detrás del conductor.
Comenzó a anochecer cuando habían marchado unas tres leguas; las sombras, malas consejeras en el amor y en los pensamientos que vuelan, también predisponen al miedo. De improviso, en la mente del conductor entró el pensamiento de que no conocía la identidad de su único pasajero, cuyo nombre no figuraba ni siquiera en el boleto, hecho con apuro. De inmediato piensa en la forma imprevista en que resolvió viajar. Y que iba sin equipaje… y que lo resolvió luego de haber visto el dinero de la recaudación de planillas. Pensó que había sido imprudente al dejar ver las sumas que llevaba. Pero el hombre era de una presencia que inspiraba confianza y desechó el mal pensamiento, tratándose de cobarde y desconfiado.
Pero ya estaba prendida la chispa y pronto la idea mala reaparecio, recordándole una cadena de coincidencias sospechosas. ¿Por qué decidió el viaje tan de improviso y a último momento, cuando vio que no viajaba ningún pasajero y el viaje sería de noche? Seguramente porque las sombras se prestan para la perpetración de delitos. Se sintió inquieto y sin saber que actitud adoptar. Estaba pendiente del mínimo ruido que pudiera indicarle un movimiento del pasajero sentado detrás de él.
De pronto halló un pensamiento tranquilizador: si el hombre tuviera malas intenciones, no habría tomado el pullman en el hotel, delante de testigos, incluido un policía. Se convenció de que su temor no tenía lógica. Pero muy pronto, nuevas sospechas se agolpan: ¿Por qué se fue a sentar justo detrás de él? Habitualmente, un pasajero, cuando viaja solo, se sienta al lado del conductor, para ir conversando. ¿Y por qué iba armado?. Había mala intención a la vista. Estuvo tentado de regresar a Gobernador Costa y exponer sus sospechas a la policía. Pero al momento pensó que posiblemente haría un mal papel. La policía le tomaría los datos al pasajero, pero no podría impedirle viajar por una desconfianza del chofer. En todo caso, sería a éste a quien correspondía aceptarlo o no. ¿Pero… qué dirían en la empresa y en toda la región de un conductor que se negaba a llevar a un pasajero, porque le tenía miedo? Quedaría en ridículo.
Resolvió seguir viaje. No era posible que un asaltante fuera tan incauto, porque, aun cuando no se supiera su identidad, lo mismo lo detendrían, y sería identificado por los testigos que lo habían visto subir al pullman en el hotel. Pero pronto esta reflexión, un tanto tranquilizadora, fue reemplazada por otra que solo sirvió para aumentar su miedo: en caso de que el otro lo asesinara para robarle, ¿qué puede importarle y qué saca el finado con que el asesino lo atrapen o no? Comenzó a parecerle que en cualquier instante podía sentir la sensación de una bala penetrada en su nuca.
Tuvo una buena idea: lo invitaría a sentarse a su lado. Así podría observarlo con el rabo del ojo y, al menor movimiento sospechoso, aferrarle los brazos. Y en caso de que se negara a cambiar de asiento, pondría en claro sus malas intenciones, y entonces tendría ya motivo para, con el pretexto de algún olvido, regresar a Costa y recurrir a la policía. Pero en cuanto lo invitó a cambiar de asiento, el hombre aceptó muy gustoso y se sentó contento a su lado diciendo: -Aquí se va mucho mejor-. Desapareció el temor, pero antes de tres minutos, nuevamente la pertinaz sospecha. Todos los asesinos adoptan buenos modales para despistar a sus víctimas. También desde el costado, en el asiento pegado al suyo podía dispararle un tiro mortal, disimulando el arma por debajo del saco y favorecido por la oscuridad, o bien darle una puñalada antes de que tuviera tiempo de defenderse.
Ansiaba que apareciera alguna luz a lo lejos. Aunque este marchase en sentido contrario al suyo, le advertiría lo que pasaba, y lo seguiría de bien cerca. Sentado a su lado, el asesino (ya no tenía dudas de que lo era) le dirigía palabras sin trascendencia, que el conductor contestaba, cada vez más nervioso.
Imprimió mayor velocidad al pullman. En esa forma, el asesino no se atrevería a herirlo de improviso por miedo a una volcada. Quería llegar a Shaman, pero al mismo tiempo tenía miedo, pues abrigaba la seguridad de que el asaltante lo iba a agredir antes de la llegada. No estaba ya lejos de las boscosas montañas cordilleranas. Seguramente el asesino tendría cerca algún caballo a mano, para internarse en esos lugares. Pensó en sus familiares con la pena de que ya no los volvería a ver. Recordó el bárbaro crimen del boliche de Apeleg, de la región. Los asesinos se refugiaron luego en la cordillera. Cierto que después los apresaron, pero… ¿De qué le valió eso al pobre Lagarcegui?
El asesino hizo un movimiento sacando algo del bolsillo y el conductor se envaró al ver el brazo que le apuntaba. Pero al instante vio que le ofrecía un cigarrillo. Desapareció la desconfianza y casi se rio del ridículo miedo. Le dijo que no fumaba y el hombre guardó los cigarrillos. Después lo vio inclinarse hacia la izquierda llevando la mano a la cintura por debajo del saco desprendido. Entonces, a la luz débil del tablero del coche, vio que la mano iba hacia el revólver que llevaba en la cintura. Frenó bruscamente para abrazarlo e impedirle el movimiento. Al impulso de la frenada brusca, el asesino fue casi impelido contra el tablero, al mismo tiempo que se prendía el encendedor de nafta que, para encender el cigarrillo, el hombre había sacado del bolsillo del chaleco… justo encima de la empuñadura del revólver. Se enderezó y, con voz tranquila, mientras prendía el cigarrillo, preguntó si pasaba algo. Le contesto que parecía haberse roto un caño de aceite. Para disimular, bajó del pullman y levantó el capot. El hombre le preguntó si necesitaba ayuda y le respondió que no. Pero el hombre se bajó lo mismo.
Se dio cuenta de que había cometido un error al bajarse del pullman y le volvió el miedo. Borrosamente, en la oscuridad, más bien oyó que vio al asesino descender del coche y dirigirse hacia él. Ahora éste se hallaba libre de la incomodidad del asiento, y con plena libertad de movimiento para usar sus armas.
Cuando lo oyó acercarse, casi tuvo la sensación de oír el disparo hecho a quemarropa… Lo enfocó con la linterna y vio que no traía nada en las manos. Cuando el pasajero llegó a su lado le pidió que le mantuviera el capot levantado y, casi de inmediato, con el fin de mantenerle ocupadas las manos, le pasó la linterna, pidiéndole que le alumbrara. Después, con bastante recelo y medio observándolo de soslayo, fingió que revisaba algo en el motor, para justificar la brusca frenada. Como el hombre cumplió todo con la mayor tranquilidad, le pasó totalmente el miedo y reemprendieron la marcha, cambiando algunas palabras sobre motivos mecánicos. Pero el diablo no duerme y, a los escasos minutos, viene de nuevo la mortificante duda…
Seguramente que el asesino no lo había atacado en el lugar donde se detuvieron para levantar el capot porque aún debían hallarse lejos del lugar donde el tema los caballos escondidos y listos, para luego del crimen refugiarse en los bosques de la cordillera, y de ahí pasar a Chile… y ahora, seguramente se acercaban ….
¡Otra vez el miedo!… A cada movimiento del pasajero, el conductor se envaraba, listo para la defensa contra el brazo o la puñalada traidora.
Al tomar un recodo del camino vieron las luces del Shaman, aún lejanas. Dio fuerte velocidad al ómnibus: así, por miedo a lastimarse en una volcada, el asesino no lo atacaría y, para el conductor, era preferible morir en un vuelco que de un tiro o una puñalada en la oscuridad. Se acercaban al Shaman; no descuidaba al asesino. Este seguía tranquilamente sentado, aunque mirándolo con cierta extrañeza, tal vez por esa velocidad injustificada. A toda marcha entraron en la aldea, parando delante de la casa de negocio. El hombre dijo: Yo me quedo aquí-. El chofer, todo confuso, fue hasta la estafeta y la escuelita a entregar algunos encargues.
Cuando volvió al negocio, el asesino estaba plácidamente recostado en el mostrador, tomando una caña fuerte, mientras conversaba amigablemente con Nicolás Gargaglione… Amablemente invitó con las copas al conductor mientras le decía: -¿Tuvimos lindo viaje, no es cierto? Llegamos rápido y lo más bien.
Estuvo tentado de pedirle disculpas, pero no lo hizo por no descubrir el miedo pasado. Le ofreció que, si quería seguir viaje, lo llevaba sin cobrarle hasta Comodoro…
Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón

