En el camino, donde el alimento casi exclusive era la carne, los carreros se la proveían comprándola a los pobladores cuando pasaban cerca de sus establecimientos. Pero algunos, en determinadas oportunidades, cuando hallaban ovejas cerca del camino y no se veía ningún cuidador en las proximidades, aprovechaban la oportunidad para carnear algunos animales de contrabando, con lo cual se ahorraban unos pesos, y además se jactaban de la aventura. Pero en esto es muy fácil enviciarse, y luego se roba por costumbre, aún en ciertos casos en que el poblador no cobraría la carne o la cobraría a precio muy barato. Los cuidadores de ovejas no ignoran esto y hasta saben quiénes son los que tienen estas malas mañas. Lo averiguan por un medio muy simple. El que carnea a campo y de contrabando, rara vez saca el cuero del animal en el lugar. Se limita a degollarlo, sacarle las vísceras, que quedan en el lugar, y luego en el campamento le saca el cuero. El ovejero pronto descubre desde la distancia el lugar donde hay un animal muerto o sus vísceras, observando el movimiento de caranchos o chimangos que revolotean en el lugar en busca de alimento. Ya en el sitio, no le es difícil constatar el tiempo que hace que esas vísceras han sido sacadas, y confrontar el tiempo con el momento en que tal o cual tropa de carros ha pasado por allí, y puede ser culpable. Después se pasa la voz de un establecimiento a otro y así quedan individualizados los carreros aficionados a carnear ajeno, a los que se somete a vigilancia, a la espera de tomarlos con las manos en la masa. A veces suelen espiar, escondidos en los cerros o montes, y disparar el Winchester contra el que sorprenden robando. Este fue el caso que aconteció con la tropa que hallamos detenida en la güeya.
El hacendado, cuando vio acercarse a la tropa, cuyas mañas ya conocía, le tendió una celada. Dejó una punta de ovejas cerca del camino y luego, desde la cima de un cerro, en compañía de dos policías; observaron el movimiento sin ser vistos. Cuando el dueño de la tropa vio los animales tan a mano, resolvió acampar en el lugar para proveerse de carne barata al anochecer.
A esa hora salieron tres personas, rodearon una punta de ovejas, de las cuales carnearon tres para llevar al campamento y, cuando las cargaban sobre los caballos, apareció de improviso el dueño de la hacienda con dos policías y dos testigos, deteniendo in fraganti a los confiados carniceros. El dueño de la tropa trató de arreglar el asunto directamente con el comisario, ofreciendo un precio varias veces mayor que el real. Pero el hacendado, que desde hacía tiempo venía sufriendo pérdidas por tal motivo, quería dar un escarmiento, amenazó al comisario con una denuncia ante el Juez Letrado de Rawson, quitándole así toda chance de un arreglo inmediato.
Las tres personas detenidas tenían que ser remitidas a Rawson, lo que significaba tres o cuatro meses ausentes, con el capital abandonado, y pérdida total de la campaña del año. Además, el mal concepto que se extendía, y todo por ahorrar tres pesos en un capón.
Esa noche, en torno al fogón del campamento, no se comentó otra cosa que hechos relacionados con las carneadas de contrabando. En realidad, los carreros se enviciaban en ese aspecto que, al igual que el robo de gallinas, constituía una hábil travesura de vivos de la que muchos se vanagloriaban pero, en caso de ser atrapados, se convertía en una vergüenza, y no tardaba en ser conocida en una amplia zona.
Los hacendados cuyos campos eran cruzados por caminos generales, eran muy perjudicados por las carneadas furtivas, tanto, que algunos ofrecían la carne gratis o a muy poco precio a los troperos, porque con ello salvaban el cuero, y además elegían los animales a carnear. Había no obstante fletadores que, antes que deber el favor de haber recibido un capón, preferían robarlo. Y así como el caso presente resultaba amargo para los inculpados, había otros que terminaban con sabor cómico.
Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón

