Las necesidades de la segunda guerra con Brasil obligaron a desguarnecer el “camino de los chilenos”, y las convulsiones que siguieron en Buenos Aires a la caída de Rosas obligaron a sus sucesores a dejar sin vigilancia la frontera.
Era volver a los grandes malones de antes de 1833. Calfucurá convertido en el “emperador de la Pampa, de acuerdo con pampas y ranqueles organizó, en abril de 1852, un gran malón de 5.000 guerreros que asoló las estancias fronterizas del sur de Buenos Aires y puso sitio a Bahía Blanca.
Eran en su mayoría propiedades pequeñas concedidas por Rosas a los “buenos federales”, y pobladas con el crédito de la Casa de Moneda. Tal vez por esa causa, o por la necesidad de mantener un fuerte ejército en la ciudad, el gobierno de Vicente López primero -y el de Urquiza después de junio- no hicieron mayores esfuerzos para contener a los indios.
Hilario Lagos, adueñado de la zona rural de Buenos Aires en diciembre de 1852, se constriñó a sitiar la ciudad. Entre diciembre de 1852 y junio de 1853 en que el sitio fue vencido, no hubo grandes malones pero tampoco se reclamó de Calfucurá el arreo de su invasión.
En adelante el poderoso Piedra Azul desde su capital de Salinas Grandes dirigirá personalmente los malones de la Confederación indígena, llevados más contra Buenos Aires que contra las otras provincias fronterizas de Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza. Tanto Urquiza como las autoridades del Estado de Buenos Aires trataban de ganárselo a fin de que dirigiera los golpes exclusivamente a sus adversarios. Calfucurá prometía, aceptaba regalos, pero poco cumplía. Los grandes arreos eran un negocio muy productivo desde que quedó abierto el “camino de los chilenos”.
Los malones de 1854 y 1855 fueron devastadores en Buenos Aires y provocaron un clamor general. Azul, Tres Arroyos y Bahía Blanca quedaron asolados. Mitre, ministro de guerra, salió con una fuerte expedición prometiendo “responder de la última cola de vaca de la campaña”, pero fue lamentablemente derrotado en Sierra Chica el 30 de mayo de 1855 por Catriel y Calfucurá. A esta derrota siguió la de San Antonio de Iraola el 13 de setiembre, que exterminó por completo un cuerpo porteño mandado por el comandante Otamendi.
Se abandonó la línea de fronteras que retrogradaría a la de 1832, y el gobierno de Obligado pactó con Catriel una paz onerosa entregándole anualmente mayor cantidad de yeguas y vacas que las estipuladas con Rosas, y “vicios” que llegaban hasta vinos finos de Burdeos. Catriel fue hecho coronel de Buenos Aires en un intento de sustituirlo a Calfucurá, a quien se acusaba de estar en inteligencia con Urquiza. No dio resultado, porque Catriel carecía de elementos para oponerse a Calfucurá. Se limitará a establecerse cerca de Azul bajo la protección del gobierno mientras Calfucurá y los ranqueles asolaban la campaña. Una expedición de Emilio Mitre a los ranqueles debe retirarse en derrota abandonando los cañones. Otra de Granada a Salinas Grandes termina con igual fracaso.
Fragmento del libro “Historia Argentina” de José María Rosa

