El encuentro, con un alto contenido simbólico, enciende las alarmas de las fuerzas de seguridad en París, que acoge la segunda mayor comunidad de ciudadanos originarios del país del Magreb

Omayma, pelirroja, trenza perfectamente anudada, deja los guantes de boxeo y se seca el sudor. Durante años peleó profesionalmente, pero ahora es profesora en un gimnasio de pijos en el distrito tercero de París. Vive en Orly, cerca del aeropuerto, pero cada día se pasa una hora y media embutida en el cercanías para ir a trabajar al centro de la ciudad. Bien mirado, muy poco comparado con el viaje que hicieron sus padres desde Marruecos cuando ella no había nacido. “Eso sí era buscarse la vida”, sonríe. El jueves, en parte por ellos, también por su propia historia, irá con la selección que entrena Mohamed Ouahbi.
Omayma nació en Francia. Pero como muchos hijos de migrantes argelinos o marroquíes tiene el corazón en su país de origen. Especialmente cuando hay fútbol de por medio. El sociólogo Stéphane Beaud, autor del ensayo Horribles, ricos y malvados: otra mirada sobre los ‘bleus’, cree que la carga simbólica del fútbol en la Francia actual es muy alta. “La selección está compuesta mayoritariamente por hijos de inmigrantes subsaharianos. Pero ese perfil empieza cada vez más a jugar en su país de origen. En el caso de Marruecos es evidente. El último ejemplo ha sido Bouaddi, nacido en Senlis, al norte de París, y futbolista del Lille, un caso llamativo. Y ese tipo de cosas ha hecho crecer a Marruecos”, señala.
Este jueves a las 17.00 saltarán Francia y Marruecos al césped del Boston Stadium de Foxborough para jugarse los cuartos de final del Mundial. El duelo tendrá lugar a más de 5.000 km de distancia, pero las consecuencias, gane quien gane, teme la policía, se palparán en las calles de París, tal y como ocurrió en 2022, cuando la policía detuvo a 266 personas y un adolescente murió. Un balance que invita al pesimismo, especialmente teniendo en cuenta los últimos altercados registrados en las celebraciones del PSG. La policía ha anunciado esta vez que utilizará drones para identificar a los autores de los altercados y que se cerrarán algunas estaciones de metro para evitar concentraciones.
Marruecos, en cualquier caso, firmó en aquel Mundial la mejor actuación de la historia de una selección africana tras eliminar a España y Portugal en Qatar. Pero Francia se cruzó en su camino, dejándola fuera en semifinales por 2-0. Ahora, en 2026, también se ha convertido en la primera selección africana en alcanzar dos veces unos cuartos de final -además, de forma consecutiva-, tras conquistar entre medias la Copa Árabe y la Copa Africana de Naciones, en una muy polémica final contra Senegal aún por resolver en los despachos del Tribunal de Arbitraje del Deporte (TAS). “Ya no somos una sorpresa, esto se veía venir hace mucho. Y por eso se nota el miedo”, bromea Omayma.
La relación entre Francia y Marruecos, protectorado hispano-francés entre 1912 y 1956, ha mejorado en los últimos tiempos. Francia alberga hoy la mayor comunidad marroquí en Europa si contamos personas de Marruecos y descendientes de hasta cuarta generación, representando aproximadamente un tercio de la diáspora mundial del país magrebí.
Las alineaciones, sin embargo, son más interesantes que los datos y contienen elementos que explican los procesos de integración y asimilación, también las olas migratorias vividas en Marruecos. El equipo marroquí está compuesto mayoritariamente por futbolistas nacidos, criados y formados futbolísticamente en las principales escuelas de Europa. Solo de Francia proceden Ayyoub Bouaddi (Senlis), Neil El Aynaoui (Nancy), Issa Diop (Toulouse), Redouane Halhal (Montpellier), Samir El Mourabet (Estrasburgo) y Gessime Yassine (Salon-de-Provence). Y ocurre lo mismo con España, Bélgica o Países Bajos.

Jóvenes nacidos en Francia que, como la propia Omayma (su nombre significa “pequeña madre”), prefieren jugar con la selección del país de donde proceden sus padres. Una decisión que, a menudo, se interpreta como una falta de consideración al país que acogió a las primeras generaciones. Una traición a la República, en el caso de Francia.
Los motivos son variados, cree Beaud. Pero “lo hacen para dar gusto a sus padres, a sus amigos”. “Ante todo, ellos se definen como marroquíes. Es la acentuación de una patria imaginaria, como dice Rushdie, cada vez más fuerte. Y ocurre porque tienen la sensación de que una parte de su país les rechaza. Un 40% de los votantes de Francia se inclinan por opciones xenófobas como el Reagrupamiento Nacional (RN), de Marine Le Pen, o el partido de Éric Zemmour. Hay un efecto de reacción. Es una suerte de venganza a su país de nacimiento, que no les trata tan bien como querrían”, apunta.
Un cóctel particular que saltará al terreno de juego en Boston. Pero cuyo eco, es probable, llegará poco después a las calles de las grandes ciudades de Francia.
Fuente: El País
