miércoles, 15 de julio de 2026

Aunque Scaloni intentó desdramatizar y dijo que “solo es un partido de fútbol”, para el país sudamericano se trata de una rivalidad que excede al deporte

Cuarenta años después, en la antesala del Argentina-Inglaterra de este miércoles por los cuartos de final del Mundial 2026, Lionel Scaloni repitió una frase que Diego Maradona y su antecesor como técnico en la Albiceleste, Carlos Bilardo, soltaron horas antes del duelo entre ambos países por los cuartos de final del Mundial 1986, en México. “Es solo un partido de fútbol”, dijo el entrenador campeón del mundo en Qatar 2022.

Ningún periodista le había preguntado a Scaloni sobre Inglaterra, pero la connotación extrafutbolística que emana ese rival en Argentina aplica a la teoría del elefante en la habitación: se trata de un partido que lo cubre todo y excede al deporte, presente aun en la ausencia. El reclamo de soberanía por las islas Malvinas, un archipiélago a 350 kilómetros de la costa patagónica bajo ocupación inglesa desde 1833 —y con una guerra librada en el medio en 1982—, es una causa nacional por la que el fútbol argentino participa de manera activa.

Inglaterra es un rival omnipresente 365 días al año. El himno que Lionel Messi y sus muchachos cantan en Estados Unidos menciona a las Malvinas. La arenga “el que no salta es un inglés” forma parte de la misa argentina en las tribunas. Muchas de las banderas que despliegan los hinchas, como suele ocurrir en los partidos de la liga local, muestran la silueta de las islas. El brazalete negro con el que jugó la Albiceleste ante Suiza recordaba a Antonio Rattín, fallecido pocas horas antes en Buenos Aires, el capitán argentino expulsado en el partido ante Inglaterra por el Mundial 1966 que inauguró la rivalidad deportiva entre ambos países. Los dos goles de Diego Maradona en México 1986 son el Padre Nuestro y el Ave María de millones de argentinos.

Dos aficionados argentinos, con camisetas con las caras de Messi y Maradona.

Al comienzo, la relación fue umbilical. Primero, el vínculo transcurrió con una cordialidad a tono entre los inventores del juego y uno de sus tantos discípulos desperdigados por el mundo. Las visitas de los equipos ingleses a Buenos Aires a inicios del siglo XX eran acontecimientos sociales: los ingleses llegaban en barco, visitaban los frigoríficos, admiraban las fábricas de calzado, descansaban en las estancias bonaerenses y ganaban fácil en la cancha, como si fueran viajes de placer. Recién en 1920, cuando el Plymouth empató 0 a 0 un partido, los inventores del fútbol comenzaron a advertir que los sudamericanos, ya hijos y nietos de los inmigrantes europeos, jugaban con un talante propio, criollo.

“Hay veinte futbolistas del Río de la Plata que podrían jugar en Inglaterra. Los argentinos son más hábiles y rápidos, pero les cuesta pasar la pelota”, escribieron los británicos. Esa característica, la de jugadores talentosos y con apellidos españoles e italianos, le dio la bienvenida a “la Nuestra”, un estilo de gambetas que los argentinos se atribuyeron a comienzos de siglo para diferenciarse de los ingleses, la obsesión por un juego de fantasía a diferencia del estructurado estilo inglés, más directo. En esa cordialidad, cuando en 1953 los ingleses llegaron a Buenos Aires para jugar dos amistosos, los jugadores dijeron sentirse tan a gusto que su único problema era la “fibrosis que sufría el cuello por mirar a las hermosas mujeres”.

La relación comenzó a torcerse en 1966, cuando los países ya no tenían relaciones significativas desde hacía más de una década. Después de la Segunda Guerra Mundial, el comercio y la agricultura abrieron sus fronteras y el Reino Unido dejó de depender de la provisión de carne argentina. El gobierno de Juan Domingo Perón, además, había nacionalizado los ferrocarriles británicos y reivindicado la soberanía en las Malvinas, ocupadas por los ingleses desde hacía más de 100 años.

En el Mundial 1966, los locales ganaron 1 a 0 en Wembley y los medios argentinos se quejaron del arbitraje, al que calificaron de tendencioso por la expulsión de Rattín: “Primero nos robaron las islas y ahora la Copa del Mundo”, titularon los diarios, mientras nacía el término “piratas”, en obvia alusión a las Malvinas. Pero también los ingleses estallaron tras el partido: el técnico Alf Ramsey trató de “animales” a los argentinos, a los que acusó de sucios y tramposos, y dio inicio al nacimiento del antagonismo entre “animales” y “piratas”.

En México 1986 habían pasado solo cuatro años de la guerra de Malvinas, un intento fallido de Argentina por recuperar las islas, a su vez el último delirio de la dictadura militar. La herida estaba abierta y el partido contaminaba: “No se pierda la revancha de las Malvinas”, titularon los diarios mexicanos.

No había relaciones diplomáticas entre ambos países y diputados argentinos le pidieron a la dirigencia del fútbol nacional que retiraran al equipo del Mundial con el argumento de que “no hay que tener relaciones con los ingleses”. Otros legisladores pidieron que la Albiceleste jugara con una camiseta con la estampa de las Malvinas. A la concentración donde dormían Maradona y sus muchachos llegaban telegramas de los excombatientes: “¡Duro con ellos, estamos con ustedes!”. Algunos jugadores argentinos del Mundial 86 podrían haber sido soldados: nacieron en 1962, la clase que engrosó las filas del ejército argentino, pero se salvaron por sorteo o porque ya jugaban en Primera.

Del lado inglés también había combustión. Según contó el mediocampista Peter Reid, el entrenador Bobby Robson intentó pedirles a sus jugadores en el vestuario que se olvidaran de la cuestión política: “Sin embargo, después empezó a entusiasmarse, y a decir que quería ganar, y nos contó que habíamos recibido mensajes de la Reina y de la primera ministra, Margaret Thatcher, y de cómo había dicho que ya habíamos ganado una guerra y que ahora podíamos ganar otra… ¡Demasiado para olvidar la guerra!”. Terry Fenwick, uno de los defensores, contó más intimidades: “La influencia de la guerra fue enorme. Minutos antes del partido, el entonces ministro de Deportes de Gran Bretaña nos dio instructivos de lo que podíamos hacer y no dentro de la cancha”.

Con un gol con la mano y el otro como expresión de arte, Maradona se convirtió en un semidiós para sus compatriotas, que elevaron a ese partido a una condición de revancha patriótica, el triunfo posible argentino sobre los ingleses. Ambas selecciones jugarían otros dos partidos en Mundiales, en Francia 1998 —con triunfo de la Albiceleste en los octavos de final— y en Corea del Sur Japón 2002 —con victoria inglesa—. Sin amistosos entre sí desde 2005, será la primera vez que Lionel Messi enfrentará a Inglaterra. Con un pasaje a la final del Mundial 2026 como premio, al clásico más lejano y cercano le espera otro capítulo histórico.

 

Fuente: El Pais

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