sábado, 18 de julio de 2026
Almuerzo en una estancia de Esperanza

El término “gringos” se ha aplicado en la América Española al extranjero. Estos gringos venían en unos casos para radicarse en el país y en otros como inmigración “golondrina”, que arribaba para la época de la cosecha en transatlánticos colmados de pasajeros y regresaba a Europa meses después con algunos ahorros.

En la Argentina de 1880, los gringos eran tan numerosos que las regiones agrícolas de la pampa y el Litoral tenían un aire francamente cosmopolita. Santa Fe fue la provincia más hondamente transformada por la inmigración. De 1856 a 1895 se incorporaron a su economía 3.500.000 hectáreas; la población se cuadriplicó y alcanzó los 397.188 habitantes; un 65% de los 166.487 extranjeros eran italianos y el resto españoles, franceses, suizos, alemanes y británicos.

Gracias a la legislación dictada por los gobiernos de Nicasio Oroño (1865-1868) y de sus sucesores, la colonización progresó. La provincia santafesina disponía de tierras fértiles de propiedad estatal o particular. Las nuevas colonias ocuparon tierras ya pacificadas, lejos de la frontera del indio, salvo en los casos de Helvecia y San Javier.

Hacia 1880 surgía una clase media rural cuyas verdaderas luchas, escribe Roberto A. Ferrero, fueron “el combate diario y más prosaico contra el terrateniente, el ferrocarril y los monopolios cerealeros, a los que enfrentaba casi inerme”.

“La región del trigo”, como bautizó Estanislao Zeballos a la zona agrícola santafesina, permitió que esta provincia viniera después de la de Buenos Aires en cuanto a población y riquezas. Rosario tenía 91.669 habitantes en 1895. Era un emporio comercial y nudo de comunicaciones, puerto y ferrocarriles, con alumbrado eléctrico, tranvías, calles adoquinadas y servicio de aguas corrientes (1900).

Cervecería de Neumeyer en Colonia San Carlos, Santa Fe

Esperanza, la colonia pionera fundada en 1856, tenía molinos, destilerías, fábricas de cerveza y licores, fundiciones mecánicas y un comercio muy activo¹¹. Otras localidades de importancia eran Rafaela (2.000 habitantes), Cañada de Gómez (3.000) y San Francisco (Córdoba).

En esa pampa gringa, según ha señalado Gastón Gori, se modificaron los hábitos de la vida rural. En las chacras se levantaron ranchos porque ésta era la vivienda elemental y barata en la llanura sin árboles, pero también se plantaron hileras de paraísos, álamos, eucaliptus y frutales. El carro construido por herreros reemplazó a la pesada carreta y un parque de maquinaria agrícola se incorporó a las chacras. El sueño del gaucho o del estanciero criollo era tener tropilla de un solo pelo. En cambio, para los recién venidos el caballo representaba sólo un elemento de trabajo.

En las colonias existían Consejos donde se discutían asuntos relacionados al cumplimiento de los contratos de colonización, más que los temas que apasionaban a los viejos argentinos. Los gringos procuraban contar con biblioteca y escuela y fomentaban la sociabilidad sobre la base de coros y bailes propios de su patria de origen. Pero mantener la tradición les resultaba difícil, no sólo porque el gobierno nacional exigía el estudio del idioma español, sino porque la población extranjera no era homogénea.

En efecto, entre los inmigrantes abundaban los dialectos regionales: los franceses del sur hablaban las lenguas occitanas; los españoles del norte, galaico, vascuence, catalán. En el caso de Italia, cuya unificación era muy reciente, los genoveses, piamonteses, lombardos y vénetos del norte de la Península no se sentían identificados con los napolitanos y calabreses del Mezzogiorno.

Una de las provincias no litorales que resultó más modificada por la inmigración es la de Mendoza. Los gringos provenientes de los países mediterráneos llegaban a medida que el ferrocarril acortaba las distancias, atraídos por la industria vitivinícola. En 1895 vivían en Mendoza 5.210 chilenos, 4.148, italianos, 2.751 españoles y 2.467 franceses.

 

 

Texto de: “La Argentina – Historia del país y de su gente” María Sáenz Quesada

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