sábado, 25 de julio de 2026

La Italia de la posguerra (1914/18) hacía ya cuarenta años que vivía la emigración hacia América. Estados Unidos, Argentina y Brasil eran los destinos principales; Génova y Nápoles, los puertos de embarque.

Argentina era el país de las extensas líneas férreas, que también buscaba avanzar con las obras de regadío de la Patagonia durante las presidencias de Figueroa Alcorta y Roque Sáenz Peña. El primero contrató por segunda vez a César Cipolletti, quien falleció durante su viaje en enero de 1908. Sáenz Peña impulsó luego las obras sobre el río Neuquén en 1910, acompañado por su ministro de Obras Públicas, Ramos Mejía.

César Cipolletti no solo era un adalid de la ciencia del riego; concebía un destino de progreso basado en obras que beneficiaran a la mayor cantidad de personas. Si bien pronosticaba un millón de hectáreas bajo riego, sostenía que esas tierras podían albergar más de dos millones de habitantes.

Antes de regresar a la Argentina estructuró un equipo de jóvenes profesionales, en su mayoría discípulos suyos. Además de sus méritos docentes y profesionales, se había convertido en un ferviente difusor de las potencialidades argentinas, despertando el interés de inversores europeos.

Uno de los últimos ingenieros incorporados fue Felipe Bonoli, hijo de María D’Arcangelis y Héctor Bonoli, organizador del servicio de agua potable de Roma. Nacido el 22 de mayo de 1883 en la Vía Giubbonari 74, Bonoli llamó la atención de Cipolletti y, superando a otros aspirantes, consiguió convertirse en su ayudante de campo.

Tras la traumática muerte de Cipolletti en alta mar, la familia decidió radicarse en Mendoza. Regresaron ese mismo año a Roma para realizar los trámites sucesorios y, a fines de 1908, Benedetta Cipolletti contrajo matrimonio con Felipe Bonoli.

Ya instalados en Mendoza, los mellizos Luigi y Pietro Cipolletti fundaron junto a Bonoli una metalúrgica dedicada a estructuras metálicas, fundición de hierro y bronce, mecánica e instalaciones industriales, además de representar a las turbinas italianas Calzoni.

Buscando mejores oportunidades, Bonoli se trasladó en 1920 a Córdoba como director de la Compañía Anglo Argentina de Electricidad. El 2 de junio de 1923, durante una recepción en la Embajada de Italia en Buenos Aires, conoció a Ottavio Dinale. Ese encuentro cambiaría para siempre su vida y marcaría el inicio del proyecto que daría origen a Villa Regina.

Dinale era un personaje tan decisivo como enigmático. Nacido en Marostica en 1871, estudió Literatura en Padua, fue maestro, sindicalista, revolucionario, encarcelado y exiliado. Fundó la revista Demolición entre 1907 y 1911. Durante el exilio conoció las ideas de Benito Mussolini, con quien coincidió en abandonar el socialismo, apoyar la participación italiana en la guerra y, más tarde, colaborar estrechamente tras la Marcha sobre Roma de 1922.

Buenos Aires replicaba la efervescencia política italiana y las disputas entre grupos fascistas motivaron el envío de Dinale como delegado del gobierno de Mussolini. Llegó para reorganizar esas facciones, pero también con la intención de aprovechar las oportunidades económicas que ofrecía la emigración italiana. Así lo reflejan sus cartas.

Su cercanía con Mussolini le otorgaba acceso directo al poder. Comprendió que la emigración masiva abría posibilidades para emprendimientos inmobiliarios asociados con navieras y bancos, además de permitir una organización más eficiente de la llegada de inmigrantes, muchas veces explotados por intermediarios.

En 1923 Mussolini sostenía que “la emigración era una necesidad del pueblo italiano”, como respuesta a la enorme desocupación generada tras la desmovilización del ejército. Dinale hizo propia esa visión y recorrió distintos territorios de Sudamérica buscando tierras aptas para colonizar. En Buenos Aires se convirtió en una figura conocida entre los simpatizantes del fascismo. Sostenía que la emigración debía organizarse con criterios económicos e industriales y criticaba la falta de planificación argentina.

Con esas ideas nació la Sociedad Colonizadora Ítalo-Argentina de Río Negro, impulsada por Dinale y Bonoli, con el propósito de fundar dos colonias denominadas Vittorio Veneto y Monte Grappa, en homenaje a las victorias italianas en la Primera Guerra Mundial.

El proyecto proponía una migración planificada de familias italianas, especialmente excombatientes, hacia una región de tierras fértiles, excelente riego y clima saludable, apta para cultivos intensivos de frutas, viñas, hortalizas y plantas medicinales. Así describía Bonoli las características del valle en sus cartas a Dinale.

Todo ello ocurría en el clima político de los primeros años del gobierno de Mussolini, marcado por una fuerte adhesión popular y los primeros episodios de violencia contra la oposición. El asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti, en junio de 1924, provocó una profunda crisis política. El régimen respondió encarcelando a los responsables y desplegando una intensa campaña de propaganda encabezada por Margarita Sarfatti con la publicación de Vida del Duce, difundida internacionalmente.

Mientras tanto, en la Argentina gobernada por Marcelo Torcuato de Alvear, Felipe Bonoli enfrentaba los avances y retrocesos del complejo proyecto de establecer una colonia de inmigrantes italianos en Río Negro.

Además de su capacidad técnica y su voluntad inquebrantable, Bonoli poseía un activo decisivo: los años compartidos junto a César Cipolletti, primero como discípulo y luego como integrante de su familia al casarse con Benedetta, la única hija mujer del matrimonio entre Cipolletti e Hilda Grossi.

Fue, sin duda, el propio Cipolletti quien le indicó que el lugar indicado era el valle del río Negro. No se equivocaba: lo había recorrido, estudiado y plasmado en sus planos dentro del Estudio de los ríos Negro y Colorado realizado para el segundo gobierno de Julio A. Roca, base de las futuras obras de riego y control de crecidas.

Resulta romántico asociar el nombre de Villa Regina con la historia de amor entre el presidente Alvear y Regina Pacini. Sin embargo, los hechos permiten sostener que, si alguna ciudad mereció originalmente llevar el nombre de Cipolletti, fue precisamente Villa Regina, ya que sus estudios y recomendaciones determinaron la compra de las tierras donde se asentaría la futura localidad. La amplitud excepcional del valle fue la razón que cautivó a los ingenieros romanos. De toda manera la historia, como el tiempo, va acomodando los hechos, y es más que perfecto que Villa Regina sea tal cual es, y la ciudad de Cipolletti, en el otro extremo del Valle, enaltezca con su nombre los lauros de quien la inspira.

 

 

Fragmento del libro “Río de los Sauces”, de Horacio Massaccesi

 

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