sábado, 1 de agosto de 2026

La salud argentina necesita recuperar un pacto posible: cobertura razonable, financiamiento transparente, aranceles dignos, salarios justos y prioridades sanitarias explícitas. De lo contrario, seguiremos habitando una contradicción: un sistema que promete todo, paga tarde, remunera mal y le pide al paciente que complete de su bolsillo lo que la política sanitaria no se anima a ordenar.

Hay sistemas que no se rompen de golpe. Se agrietan primero en silencio, como una pared vieja que todavía sostiene el techo, aunque ya muestra líneas finas, persistentes, inevitables. El sistema de salud argentino está atravesando justamente ese momento: todavía funciona, todavía atiende, todavía opera, todavía salva vidas. Pero cada vez lo hace con mayor esfuerzo, con menor margen y con una contradicción de fondo que ya no puede disimularse: se le exige una cobertura de país desarrollado con una estructura de financiamiento empobrecida.

El Programa Médico Obligatorio, conocido por todos como PMO, nació como una garantía sanitaria mínima. En teoría, representa un piso de derechos. En la práctica, se ha transformado en un techo cada vez más pesado para quienes deben financiarlo y prestarlo. Año tras año se incorporan nuevas prestaciones, medicamentos de alto costo, tecnologías diagnósticas, tratamientos innovadores y coberturas judicialmente exigibles. Pero casi nunca se responde la pregunta esencial: ¿con qué recursos genuinos se va a pagar todo eso?

El resultado es una trampa silenciosa. El PMO se expande como gasto rígido, mientras los ingresos reales del sistema corren detrás. En los números comparados, la situación es elocuente: el índice del PMO llega a 67.881, mientras la canasta de prestadores alcanza apenas 24.920. La brecha es brutal. Dicho de manera simple: el costo teórico de la cobertura obligatoria creció casi tres veces más que la capacidad de ingresos de quienes deben sostener la atención concreta.

Allí aparece la primera gran asimetría: financiadores y prestadores no sufren la crisis del mismo modo. Las obras sociales y prepagas enfrentan una presión creciente por cubrir prestaciones cada vez más costosas. Pero clínicas, sanatorios, laboratorios y profesionales reciben aranceles rezagados, muchas veces tardíos, insuficientes o directamente incompatibles con sus costos reales. Sus gastos laborales suben por paritarias, sus insumos por inflación, sus equipos por dólar tecnológico y sus obligaciones por normas cada vez más exigentes. Los aranceles, en cambio, suben por escalera.

En esa diferencia se instala la precarización del acto médico. No siempre visible para el paciente, pero profundamente real. Se resiente la infraestructura, se posterga la renovación tecnológica, se achican planteles, se multiplican las guardias sobrecargadas y se deteriora la remuneración profesional. El sistema continúa funcionando porque sus trabajadores absorben parte del quebranto. Médicos, enfermeros, técnicos y administrativos sostienen con vocación lo que la economía ya no alcanza a sostener con recursos. Los honorarios y salarios médicos, por ejemplo, muestra otra paradoja dolorosa. Aunque supera la canasta del prestador, queda por debajo del índice general de precios. Eso significa que incluso quienes han logrado alguna recomposición nominal pierden poder adquisitivo real. La salud argentina se financia, en parte, con el deterioro salarial de quienes la hacen posible.

El medicamento merece un capítulo propio. En salud, los precios no se comportan como en otros mercados. Un paciente no deja de comprar un antihipertensivo, una insulina, un anticoagulante o una droga oncológica porque aumentó. Puede endeudarse, recortar alimentos, abandonar otros consumos o pedir ayuda familiar, pero no elige libremente dejar de enfermar. Por eso el aumento de medicamentos golpea dos veces: sobre el bolsillo del paciente y sobre la sustentabilidad de los financiadores.

La desregulación de las cuotas de la medicina prepaga mostró otro límite estructural. La liberación de precios podía corregir parcialmente el atraso, pero no resolver el problema de fondo. Porque existe un techo social: la capacidad de pago de la población. Si una prepaga aumentara sus cuotas hasta igualar plenamente el costo real del PMO, perdería afiliados. La demanda no resiste cualquier precio. El problema, entonces, no es solo regulatorio. Es económico, salarial y estructural.

Algo similar ocurre con las obras sociales. Su financiamiento depende del empleo formal y del salario registrado. Cuando el salario pierde contra la inflación, también pierde la recaudación sanitaria. El sistema solidario cobra aportes en pesos deteriorados, pero debe cubrir medicamentos, prótesis, insumos y tecnologías vinculadas a precios internacionales. Es una ecuación cada vez más difícil: ingresos locales empobrecidos contra costos médicos globalizados.

Cuando la brecha entre lo que la ley promete y lo que el sistema puede pagar se vuelve demasiado grande, aparece otro fenómeno: la judicialización. El amparo se convierte en llave de acceso. Y aunque muchas veces es justo y necesario para proteger derechos individuales, también introduce una desigualdad incómoda: accede antes quien tiene información, abogado, tiempo y capacidad de reclamar. No siempre quien más lo necesita.

En el último eslabón queda el paciente. Paga cuota, aporte o coseguro. Pero al llegar al consultorio descubre que debe volver a pagar: copago, diferencia, plus, gasto de bolsillo. No es solo una incomodidad administrativa. Es la manifestación cotidiana de una fractura profunda. El sistema traslada hacia el usuario lo que no puede resolver entre financiadores, prestadores y Estado.

La pregunta ya no es si el sistema está tensionado. La pregunta es cuánto tiempo más podrá sostenerse sin una discusión honesta. No alcanza con declamar derechos si no se define cómo financiarlos. No alcanza con exigir prestaciones si se destruye a quienes las brindan. No alcanza con mirar la cuota, el bono o el medicamento por separado.

La salud argentina necesita recuperar un pacto posible: cobertura razonable, financiamiento transparente, aranceles dignos, salarios justos y prioridades sanitarias explícitas. De lo contrario, seguiremos habitando una contradicción: un sistema que promete todo, paga tarde, remunera mal y le pide al paciente que complete de su bolsillo lo que la política sanitaria no se anima a ordenar.

La medicina puede convivir con la incertidumbre clínica. Lo que no puede es sobrevivir indefinidamente a la ficción económica.

Por José Lodovico Palma, médico y profesor universitario, para Los Andes

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