
Era junio, nevaba y eran cerca de las dos de la mañana cuando un hombre llegó hasta la casa de Mary Thomas de Evans y golpeó la ventana.
Su esposa estaba por dar a luz y había llegado el momento de cumplir lo acordado.
—Mary, llegó la hora.
Ella se levantó, se vistió y salió. Montó junto al futuro padre y emprendieron camino hasta la casa de la familia. Llegaron a tiempo para el nacimiento.
La escena ocurrió en el Valle 16 de Octubre durante la primera mitad del siglo XX y forma parte de aquellas historias que permanecieron durante años en los recuerdos familiares. Historias pequeñas, quizás, frente a los grandes acontecimientos con los que solemos reconstruir el pasado, pero capaces de acercarnos a otra dimensión de la vida en este territorio.
Hay muchas maneras de contar cómo nació un pueblo. Una de ellas es preguntarnos quiénes estuvieron allí cuando nacieron sus habitantes.
La historia de los primeros años del Valle suele llevarnos hacia los grandes acontecimientos de la gesta galesa: la llegada de las familias, las chacras, el trabajo de la tierra, los caminos que comenzaron a unir distancias y las primeras instituciones.
Pero mientras todo aquello sucedía, otra historia transcurría puertas adentro. Nacían niños. Crecían familias. Y comenzaban a formarse generaciones que ya tendrían al Valle 16 de Octubre como su lugar de nacimiento.
Establecerse en un territorio requería mucho más que trabajar la tierra o construir una vivienda. Había que aprender a vivir con las distancias, atravesar los inviernos y resolver necesidades cotidianas en un lugar donde recurrir a un vecino podía ser parte de la solución.
El nacimiento era uno de esos momentos.
Cuando llegaba la hora, había mujeres cuyos nombres las familias conocían. Algunas habían aprendido a asistir partos desde su propia experiencia como madres; otras contaban con conocimientos adquiridos previamente. No todas tuvieron la misma formación ni llegaron a esa tarea de la misma manera. Sin embargo, había algo que las familias depositaban en ellas: confianza.
Buena parte de sus historias fueron recuperadas por María Esther Evans. Su trabajo permitió reunir nombres y relatos que, en muchos casos, habían permanecido durante décadas en la memoria de sus descendientes.
Llegar hasta donde hiciera falta. Ser partera en el Valle también implicaba conocer el territorio.
No siempre era la embarazada quien podía trasladarse. Muchas veces era la partera la que debía llegar hasta ella: a caballo, en coche, atravesando caminos de chacra, bajo la lluvia o en medio de la nieve.
Maggie Freeman de Jones, conocida como “Nain Maggie”, vivía cerca de la Escuela Nº 18. Durante muchos años salió de su casa para asistir nacimientos. Algunas veces se instalaba directamente con la familia y esperaba allí hasta que llegara el momento. En una oportunidad permaneció más de un mes.
La partera, entonces, no aparecía únicamente en los minutos finales. Durante días podía compartir la mesa, las conversaciones y las preocupaciones de una casa. Su presencia se integraba, por un tiempo, a la vida familiar.
Y en un Valle donde las viviendas podían estar separadas por grandes distancias, llegar también era parte de la tarea.
Otra historia nos lleva hacia Nant y Fall.
Era junio y llovía intensamente cuando un joven Elwyn Jones salió en coche de caballo rumbo a Trevelin para buscar a María Baigorry de Azparren. Su sobrino estaba por nacer.
Para llegar debió cruzar el río Corintos. Comenzaba a oscurecer y la lluvia hacía cada vez más difícil distinguir el camino.
María estuvo lista inmediatamente. Subió al coche, se cubrió con un poncho y emprendieron el regreso.
Durante el trayecto ella preguntaba si él podía ver.
Elwyn respondía que sí para tranquilizarla.
En realidad, tampoco veía demasiado.
Confiaba en el caballo, que conocía el camino.
Llegaron a destino. El niño nació y tanto él como su madre se encontraban bien.
Al día siguiente, cuando Elwyn volvió a mirar el coche con luz, encontró piedras y arena en su interior. El agua del río había llegado hasta allí durante el cruce.
Historias como esta permiten imaginar las distancias de otra manera. Hoy podemos medir un recorrido en kilómetros o minutos. En aquellos años, una distancia también se medía por el estado del río, la lluvia, la nieve, la disponibilidad de un caballo o, simplemente, por la posibilidad de que alguien pudiera salir a buscar ayuda.
Alrededor de un nacimiento podían ponerse en movimiento varias personas: quien salía a buscar a la partera, quien preparaba el caballo o conducía el coche, la familia que esperaba y aquella mujer que dejaba su propia casa para permanecer el tiempo que fuera necesario.
No todas aquellas mujeres aprendieron de la misma manera.
Elisabeth Vaughan había comenzado la carrera de enfermería en Inglaterra y trabajado como ayudante en un consultorio médico, donde aprendió el oficio de partera. Cuando llegó a Patagonia continuó asistiendo nacimientos y acostumbraba hospedarse en la casa de la mujer embarazada mientras esperaba el parto.
Otras llegaron a esa tarea principalmente a partir de su propia experiencia.
Mary Ann Thomas de Freeman fue madre de catorce hijos y atendió a numerosas vecinas del Valle. Su historia tiene además una particularidad: cuando la familia se trasladaba hacia la cordillera, en septiembre de 1891, nació durante el viaje una de sus hijas, a quien llamaron Mary Paithgan, “María del desierto”.
De Mrs. Morgan Davies sabemos mucho menos. Quedó, sin embargo, una imagen conservada por la memoria: una mujer menuda y rubia que acudía montada en su caballo, con una montura para mujeres, cuando alguien solicitaba su ayuda.
Esas diferencias también hablan de la forma en que las historias llegan hasta nosotros. De algunas personas permanecieron fechas, fotografías y relatos extensos. De otras, apenas un nombre, una descripción o una escena.
Entre las parteras que pudieron ser identificadas aparecen Mary Ann Jones de Jones, Mary Ann Thomas de Freeman, Maggie Freeman de Jones, Sarah Evans de Jones, Mary Thomas de Evans, María Baigorry de Azparren, Elisabeth Vaughan de Roberts y Mrs. Morgan Davies.
Nombrarlas no significa que hayan sido las únicas. En determinadas circunstancias, una vecina, una amiga o una integrante de la familia podía terminar asistiendo a una mujer durante el parto. Algunas de esas historias quedaron registradas. Otras probablemente no.
Con el paso de las décadas, las condiciones en las que se atendían los nacimientos fueron cambiando. Los pueblos crecieron, se ampliaron los servicios sanitarios y aquella tarea fue adquiriendo otras formas.
Mirar hacia las primeras parteras del Valle no implica idealizar las condiciones en las que trabajaron. Dar a luz lejos de la atención médica podía significar riesgos enormes. Los caminos eran difíciles, las comunicaciones escasas y los recursos limitados.
Precisamente por eso sus historias adquieren otra dimensión cuando las ubicamos en el territorio en el que ocurrieron.
Los primeros nacimientos registrados ayudan a dimensionar aquel momento.
Alberto Andes Underwood nació el 3 de mayo de 1891.
El 13 de octubre de 1892 nació Elisabeth Williams.
Ocho días después, el 21 de octubre, nació Buddug Evans.
El Valle que había recibido a nuevas familias comenzaba también a ver nacer generaciones en su propio territorio. Aquellos niños crecerían entre los caminos, chacras, ríos e inviernos que habían atravesado sus padres. Pero había una diferencia importante: para ellos, el Valle 16 de Octubre ya no sería solamente el lugar elegido por una generación anterior para establecerse.
Sería el lugar donde habían nacido.
Ese cambio puede parecer pequeño frente a los acontecimientos que habitualmente utilizamos para ordenar la historia. Sin embargo, dice mucho sobre la formación de una comunidad. Un territorio comienza también a adquirir nuevos significados cuando aparecen generaciones capaces de decir que nacieron allí.
Y detrás de muchos de aquellos nacimientos hubo una mujer. Su presencia no siempre quedó registrada en documentos oficiales. A veces permaneció de una manera mucho más sencilla: en una conversación familiar, en una fotografía o en aquella frase que alguien escuchó alguna vez alrededor de una mesa:
“Ella fue quien ayudó a nacer a tu abuelo”.
Quizás por eso todavía haya una parte de esta historia que no conocemos.
Puede estar en una fotografía guardada, en un nombre anotado detrás de una imagen o simplemente en el recuerdo de alguien que nunca pensó que aquella historia familiar también podía contar algo sobre Trevelin.
Volver a preguntar puede ser una forma de encontrarla.
¿Quién atendió el nacimiento de nuestros abuelos o bisabuelos? ¿Quién era aquella mujer a la que iban a buscar cuando comenzaba un parto?
Puede que algunas respuestas se hayan perdido. O puede que todavía estén esperando ser contadas.
Porque hay muchas maneras de contar cómo nació un pueblo.
Una de ellas es preguntarnos quiénes estuvieron allí cuando nacieron sus habitantes.
Por Katia Sarsa Williams para La Voz de Chubut
