Santiago de Liniers Bremond, ex- Virrey del Río de la Plata, desconoce la autoridad surgida el 25 de mayo de 1810. Decide organizar una fuerza en Córdoba para defender los derechos e interés de Don Fernando VII°.
Buenos Aires envía tropas para contener a Liniers. Al tener noticias de que se habían puesto en marcha contra Córdoba, salió Liniers con sus escasas fuerzas al encuentro, más en las primeras jornadas ya se produjo una deserción masiva, llegando a quedar con el general solamente veintiocho oficiales.
Acto seguido Liniers fue traicionado por sus guías y fue hecho prisionero junto a sus compañeros por un destacamento de cien hombres, al mando de Antonio Balcarce, enviado por el general Ocampo.
El día 26 de agosto de 1810, sobre las once de la mañana, llegó el Doctor Juan José Castellí, delegado de la junta revolucionaria, Nicolás Peñas, como secretario, el coronel French, el teniente coronel Juan Ramón Balcarce, varios oficiales y cincuenta soldados, dispuestos a ejecutar a los prisioneros, excepto al obispo y a su capellán, que deberían ser expatriados.
Fueron conducidos, en medio de malos tratos, hasta llegar al llamado Monte de los Papagayos, distante unas tres o cuatro leguas de la posta denominada Cabeza de Tigre.
Ni Liniers ni Concha, otro de los conjurados, permitieron que se les vendasen los ojos.
Liniers se dirigió a los soldados diciendo “ya estamos”, sonó la primera descarga, y en ella todos cayeron a tierra.
En una zanja vecina al templo de Cruz Alta, fueron sepultados los cadáveres.
Un fraile de la Merced colocó sobre ella una tosca cruz de madera en la que grabó la palabra CLAMOR, que por su clara visión estaba formada por las iniciales de los que allí yacían, pero ocultando sus nombres, para evitar posteriores profanaciones: Concha, Liniers, Allende, Moreno, Orellana (no fue fusilado por ser obispo) y Rodríguez.
Por esta señal fueron localizados cincuenta y cuatro años después, pudiendo identificarse los restos y ser trasladados a España.
Por Miguel Ángel Martínez

