El domingo 1 de agosto de 1971 el Matutino La Opinión anunció que el país carecía de reservas. Para los parámetros de la época nada era alentador: “El costo de vida al terminar los siete primeros meses de 1971 ha crecido en 24 %; el Banco Central se ha quedado sin reservas; la economía creció entre 3,2 % y 3,6% durante el primer semestre; el salario real promedio de los trabajadores puede caer, comparando 1971 con 1970, en casi un 15% y la participación en el PBI, de alrededor del 40 al 36%.”
Con los datos de organismos nacionales, el diario se “permite afirmar que la inflación, que a fines de año alcanzará una tasa del 45%, convivirá con un bajísimo nivel de actividad económica y previsibles conflictos sociales, que comenzarán a manifestarse en agosto o septiembre, si el gobierno no cambia el rumbo de su gestión”. La respuesta oficial a los malos augurios la dio el propio Lanusse: “Nadie tiene la verdad económica” y su atención principal se volcó a los resultados de los acuerdos políticos que permitieran un final auspicioso al régimen castrense. Con el paso de los días salieron a la superficie declaraciones poco alentadoras. Ricardo Grüneisen, presidente del Banco Central, declaró que se oponía a la actualización de los salarios como una manera de evitar la pérdida del poder adquisitivo de los ingresos, una de las premisas de Lanusse. Afirmó que no compartía el impuesto al dólar para turismo, aunque se quejó de la elevada cifra de gastos turísticos que arrojaba el balance de pagos del país (un 12% de las exportaciones totales) y estimó que el precio del dólar debería aumentar si los salarios crecían un 20%. En horas se declaró un feriado cambiario porque la gente salió a comprar la moneda extranjera, mientras los medios informaban que en julio la desocupación había alcanzado el 6,3 %, el nivel más alto desde 1967. Como consecuencia de sus opiniones, Lanusse le pidió la renuncia a Grüneisen y lo reemplazó por Carlos Brignone, mientras la CGT reclamaba un 29% de aumento salarial y congelamiento de precios hasta fin de año.
Desde un tiempo antes, Lanusse contaba con un cuadro de situación, sobre la base de un documento castrense, que centraba la atención en otros rubros de la economía nacional, y en uno de sus puntos se señalaba “el incremento de los quebrantos comerciales” y los rumores “sobre una supuesta política tendiente a arruinar la pequeña y mediana empresa nacional en beneficio de las filiales de los grandes monopolios extranjeros”. En otras palabras, el gobierno de facto que intentaba mediar carecía de poder económico.
Estas y otras razones hicieron que en septiembre de 1971 el abogado Ismael “Cachilo” Bruno Quijano viajara reservadamente a Washington por disposición de Lanusse con la misión de realizar varias gestiones de carácter político y económico ante funcionarios de la administración Nixon. Tenía que agilizar los trámites ante la banca privada y, además, lograr el otorgamiento de un crédito de quinientos millones de dólares. Lanusse consideró a Quijano el operador más adecuado para el caso; por lo tanto, quedaron al margen de las gestiones el Ministerio de Economía y la Cancillería. Lo central del mensaje de Quijano en EE.UU. era el pensamiento del gobierno nacional argentino que lograba traducir en sus entrevistas: la permanencia de Lanusse como mandatario constitucional.
Texto tomado de “Los Generales” – Juan Bautista Yofre


