
La larga caravana de carretas, tiradas por mulas, descendía de la loma en dirección al negocio de Ramos generales de Mitre y Sáenz Peña. Parecían las caravanas de las películas del oeste americano.
En la carreta “Insignia”, allá arriba en el pescante iba Don Manuel Cayupán, dueño de la tropa.
Cada carreta era tirada por 6 mulas y tripulada por dos troperos. Atrás y en la parte de abajo todas tenían un barril de agua, arriba a la derecha sobresalía el freno, que era una manivela en forma de “S”.
Las ruedas de atrás eran muy grandes y casi la mitad las de adelante. El crujir de las ruedas y las pisadas de las mulas en el pedregullo producían un ruido peculiar. Estacionadas ocupaban las dos manos de toda la cuadra.
Iban a cargar los “vicios” y demás mercancías, para distintos pobladores de campos a lo largo del trayecto a Gastre.
Viajaban de día y de noche pernoctaban. El viaje duraba tres meses. Aquí en Madryn acampaban en el bajo de la mula, que es la bajada que está pasando el barrio de Aluar, por la calle Derbes en dirección al barrio Pujol. Sitio totalmente despoblado que precisamente lleva ese nombre por las mulas de las carretas que allí pastaban. En ese lugar esperaban varios días a que estuvieran preparados los distintos pedidos.
Los troperos dormían debajo de las carretas y la caravana la integraban varios perros. El “Boby”, mi cuzco lanudo, estaba de fiesta cuando venían y dejaba su impronta en cada rueda de las distintas carretas.
A la vuelta, sobre Sáenz Peña, estaba la herrería de don Pascual, que cambiaba las desgastadas herraduras de los caballos de andar y de tropas. Una fragua con un gran fuelle permanecía encendida todo el día y se oía el martillo en el yunque cuando Don Pas- cual forjaba el herraje.
En la esquina estaba el “farol” que tenía un cartel de madera celeste con letras blancas que decía “conserve su derecha”… claro, el 10 de junio de 1945 se había cambiado la mano, antes se circulaba por la izquierda.

A las 11 de la mañana y con la marcha militar “Patricios” daba comienzo su audición la propaladora “Atlas Publicidad” y por ahí aparecía “Candelario”, repartiendo los programas del cine. Su nombre era Candelario Corrales, había nacido en Salta y de joven llegó aquí donde vivió casi el resto de su vida. Sus últimos años los pasó en un asilo para ancianos en la ciudad de Trelew. Tenía una “”bocina” de una vieja vitrola a cuerda y través de ella, en las esquinas, anunciaba las películas que se iban a proyectar.
Y por la tarde, a la hora del vermouth, lustraba zapatos en la confitería del Hotel Playa. Era de esas personas que en los pueblos se los conoce como personajes “típicos”. Era de baja estatura y usaba siempre una gorra vasca negra, saco y bufanda, tanto en invierno como en verano.
Los otros lustrabotas le tenían respeto y nunca ofrecían sus servicios en los sitios donde él lustraba. En una velada boxística en la Sociedad Italiana (hoy cine), boxeó con el recordado mozo del bar Español “Petiso Rodríguez”, perdiendo por abandono por incontinencia al no poder soportar un golpe al estómago.
Hecha la presentación de Candelario, sigamos con el relato. A mediodía cerraban los negocios y los Troperos iban a lo de Don Billin, a mitad de la cuadra, a almorzar, previo vermusito. Don Billin era el dueño del Hotel Central, un tipazo más bueno que el “pan”. El bar y comedor lo atendía Marcelo Remussi, su hijo, y en la cocina cocinaba doña Ángela Ñonquepan, también la esposa y la cuñada de don Billin.
Cuando Marcelo y Poldo Remussi pusieron la 2primera vinería que hubo en Madryn, el bar del hotel quedó a cargo de don Siro, un simpático Italiano de corto pelo blanco, muy locuaz y lleno de simpatía. Casi toda la gente de campo que andaba de paso por Madryn se hospedaba en ese hotel. En la vereda, echado durmiendo, estaba casi siempre “Falucho”, el perro de Billin. En el mostrador del bar del hotel varios parroquianos jugaban a la “generala” por la vuelta de vermouth, en otras mesas, se jugaba al truco y en una de ellas tenía su “escritorio” don Conrado Caminoa, que confeccionaba la documentación de cualquier transacción de semovientes, yeguarizos, carros etc.
Tenía el comedor pensionistas que a esa hora iban llegando. Y aparecía recortada en la puerta de calle la figura de don Manuel Castro, único inspector municipal, a tomar su aperitivo.
Con una larga caña y mirando hacia arriba, iba el Majo Santa María desenredando los alambres de los teléfonos que se enredaban con el viento y se ligaban las conversaciones. Un día me dijo “iEh Hugo! Si vez a Maneli dile que a las 5 lo llaman por teléfono de Trelew, que se venga a la central”. Como verán antes había “servicios” personalizados y eran gratis.
A las tres de la tarde se abría de nuevo el negocio y seguía la carga de las carretas. A medida que se cargaban, partían al campamento del bajo de la mula. En aquella época se fiaba a un año o más, hasta que vendieran la cosecha de lana.
Claro, eso se podía hacer porque en el país no había corruptos y todavía no dependíamos del fondo monetario y en vez de deuda externa teníamos acreencias externas iNos debían! Y no nos robaban los frutos del mar. Estábamos en el globo terráqueo, ahora estamos globalizados.
Y el progreso, que se alimenta de tradiciones, se devoró las carretas. Empezó la era de los camiones.
Y ese hijo de Tehuelches dueños de estas tierras, corto de vista y con achaques, terminó como placero en la plaza San Martín. iSalud Manuel Cayupán! ¡Honor al mérito!!
Y como Cayupán, hay muchos que vinieron a principios del siglo XX a poblar estas tierras inhóspitas, donde cruzaba errante la sombra de Caín. Entre los que se destacan el Vasco Mondragón, que hacia jagüeles de más de 100 metros con pico, barreta, pala y ipuro corazón!
Y ese lugar tan tradicional también fue víctima del progreso y cayó sobre él la piqueta demoledora, hoy funciona allí una casa de deportes. ¡Chau viejo Hotel Central!. ¡Cuántos recuerdos encierran tu historia!!
Texto de “Puerto Madryn… Vuelo hacia el recuerdo” – Hugo Antonio Albaini
