domingo, 13 de septiembre de 2026
José Graña

El español José Benito Graña nació en Lago, en la provincia gallega de Pontevedra. A los diecinueve años de edad se embarcó como polizón con rumbo a Sudamérica en busca de aventuras y un mejor porvenir.

El azar determinó que en Buenos Aires, la capital de Argentina, un español de gran temperamento llamado Pedro Barros, lo acogiera bajo su tutela. El español determinaría que el destino del José se ancle en el sur del mundo, en la Patagonia. A principios de 1905 Barros fue designado subprefecto de marina y comisario de policía de una naciente población costera del entonces territorio del Chubut. Semanas después los dos desembarcaron en Comodoro Rivadavia.

Comodoro Rivadavia fue fundada por Decreto del Gobierno de Argentina en febrero de 1901, en la costa patagónica del territorio del Chubut, sobre una explanada de tierra reseca que se tiende entre un cerro llamado “Chenque” (nombre que alude a una tumba indígena), de 220 metros de altura, y el mar. En 1905, el poblado apenas contaba con doscientas habitantes, y todas las construcciones eran de adobe, madera y chapa acanalada. En aquel tiempo su economía se sustentaba en el comercio de la zafra anual de la ganadería lanar, que confluía al pueblo procedente de las estancias de la región central de la Patagonia para ser despachada por el puerto llamado “Maciel”.

Al cabo de unos días José consiguió trabajo en la Panadería El Sol, que era propiedad del español Ángel Escudero. Era tal la carencia de agua potable que sufría el pueblo, que regularmente Escudero debía mezclarla con agua de mar para preparar el pan. Pero como a José le atraía la vida al aire libre, “conocer mundo”, abandonó el empleo de panadero y comenzó a trabajar para Barros; quien por entonces ya era propietario de la tropa de carros aguateros que abastecían de agua potable al pueblo. José viajaba a diario hasta unos manantiales situados en los fértiles cañadones de El Trébol y El Tordillo; distantes unos treinta kilómetros al suroeste del pueblo. Allí cargaba el agua en unos toneles de madera y luego regresaba al pueblo para distribuirla entre los clientes.

Como Comodoro Rivadavia fue fundada como salida marítima a los productos agrícolas de la vecina Colonia Sarmiento, sin tener en cuenta la ausencia total de ríos y arroyos permanentes, durante décadas sufrió la falta total de agua. En los bares y boliches se la vendía al triple de lo que se cobraba cualquier bebida alcohólica. Los Boers (sudafricanos de origen alemán, holandés, inglés y portugués), que  en 1902 fundaron una colonia algunos kilómetros al norte de Comodoro, habían apodado al pueblo con el sugestivo nombre de “muerto de sed”.

De tanto peregrinar por las huellas patagónicas desempeñando el oficio de aguatero, José conoció a los troperos que unían la costa con el interior del territorio transportando mercaderías. De ese modo supo de la existencia de un territorio muy distinto al que se tendía junto a la costa; con valles de tierra fértil, colonias agrícolas y ganaderas habitadas por colonos procedentes de todo el mundo y que a su vez dicho territorio estaba poblado por centenares de indígenas.

A mediados de la década del ’10, José se unió a las tropas de carros que cubrían el trayecto entre la cordillera y la costa; unos 350 kilómetros. El trabajo consistía en transportar mercaderías para comerciar en el interior del territorio. Luego recogían la zafra anual de lana de los estancieros para despacharla en el puerto de Comodoro.

La rústica ruta de carros por la que circulaban nacía en el pueblo de Comodoro Rivadavia, de allí se tendía hacia el sur, luego doblaba hacia el oeste e ingresaba a los valles de los cañadones por donde ascendían hacia las mesetas. Una vez en las planicies de las mesetas, que promedian los 700 metros de altura, los viajeros debían hacer frente a un tramo de sesenta kilómetros carente de agua y extremadamente ventoso. Unos ciento veinte kilómetros después de abandonar la costa descendían por Cañadón Pedro para acceder a Valle Hermoso, otra planicie reseca de cuarenta kilómetros de extensión. En el extremo oeste del valle podían ingresar al valle de los lagos de Colonia Sarmiento (la colonia, creada por Decreto en 1897, había nacido como el último y más pequeño enclave de los galeses afincados en Territorio del Chubut). Los carros que continuaban hacia la cordillera debían sortear la Pampa de María Santísima (bautizada con ese nombre por un Gallego poco afecto a la religión), la pronunciada pendiente de Loma Negra, bordear el río Senguer en el paraje Los Monos, luego trasponer Aguada del Quemado y circular nuevamente por mesetas para finalmente alcanzaban el curso inferior del valle del río Mayo. Cubrir el trayecto de ida y vuelta, con las chatas cargadas, les demandaba entre uno y tres meses de viaje.

 

Fragmento del libro “El valle de los ancestros”, de Alejandro Aguado

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