viernes, 9 de octubre de 2026

Antes de llegar a la Capilla Bethel, había que preparar la jornada. Organizar las tareas de la chacra, disponer la comida, reunir a la familia y recorrer los caminos en carros tirados por caballos. El encuentro comenzaba mucho antes de cruzar la puerta.

Entre los cultos, las familias extendían manteles blancos sobre el césped y compartían las viandas que habían llevado: pan casero, manteca, dulces, tortas y carne fría. Los niños jugaban alrededor de los carros mientras los adultos conversaban sobre las cosechas, los animales, el clima y las noticias que circulaban entre las chacras. El exterior de la capilla formaba parte del encuentro tanto como su salón principal.

Esas escenas permiten acercarse a Bethel desde la vida cotidiana. Su importancia reúne la dimensión religiosa, la enseñanza, el canto y los vínculos entre familias que vivían dispersas en el territorio. Para comprenderla, es necesario mirar las experiencias que hicieron de ese lugar una referencia comunitaria.

La necesidad de reunirse fue anterior al edificio. Las primeras reuniones religiosas se realizaban al aire libre, bajo árboles próximos a las chacras. En una región donde las distancias, el clima y los caminos podían limitar el contacto durante largos períodos, encontrarse permitía compartir la fe y también conocer lo que sucedía en otros hogares.

Una primera capilla fue construida con troncos y paja en cercanías del río Corintos. Una creciente terminó destruyéndola durante un invierno particularmente duro. Las familias volvieron a construir, esta vez cerca del lugar donde posteriormente quedaría emplazada la capilla actual. La decisión de levantar nuevamente un espacio común permite dimensionar cuánto significaban aquellos encuentros.

Capilla de “Troncos” y Capilla “Bethel” de Trevelin. (Ca. 1897 – Museo Regional Gaiman)

Esta historia se inscribe en la presencia galesa en Patagonia, iniciada con la llegada del Mimosa en 1865 y extendida posteriormente hacia la cordillera. Las familias llevaron consigo una lengua, creencias, canciones y formas de organización que debieron encontrar continuidad en nuevas condiciones. Su establecimiento ocurrió en un territorio con historias y recorridos indígenas anteriores, cuya vida social se fue construyendo también con pobladores criollos y familias chilenas.

En ese contexto, Bethel permitió sostener prácticas religiosas y culturales, enseñar y mantener relaciones entre generaciones. El idioma hablado en las casas encontraba otros espacios de uso; las canciones aprendidas en familia podían compartirse con más personas; los niños participaban observando a los mayores y relacionándose con otros.

Los encuentros también cumplían una función práctica. Allí circulaban noticias sobre nacimientos, enfermedades, cosechas y dificultades de los vecinos. Para quienes pasaban buena parte de sus días trabajando en las chacras, la capilla ofrecía una oportunidad de conversar y reconocer necesidades que podían requerir ayuda.

Detrás de esas jornadas existía una organización que merece atención. Alguien había preparado los alimentos, dispuesto la ropa y pensado qué llevar para permanecer varias horas lejos de casa. En muchos hogares, esas responsabilidades recaían principalmente sobre las mujeres. Su trabajo conectaba el ámbito familiar con la vida comunitaria: lo preparado en una cocina terminaba compartiéndose junto a la capilla.

La participación de las mujeres abarcó también la enseñanza, el canto, la transmisión del idioma, la organización de actividades y la conservación de memorias. Reconocer esas intervenciones permite comprender con mayor amplitud cómo se sostuvo la cultura galesa en el Valle, atendiendo a las distintas trayectorias y responsabilidades de cada una.

Las redes de ayuda entre familias ofrecen otra entrada a esa historia. Los recuerdos sobre las parteras muestran mujeres que recorrían largas distancias para asistir nacimientos, incluso de noche, bajo la lluvia o la nieve. Algunas permanecían durante días o semanas en la vivienda de una embarazada. Sus conocimientos y su disposición para acompañar resultaban fundamentales en lugares donde la atención médica podía encontrarse lejos.

Estas experiencias permiten observar una comunidad construida mediante acciones concretas: trasladarse, enseñar, preparar, asistir, organizar y compartir. La capilla formaba parte de esa trama, que se extendía mucho más allá de sus paredes.

El canto ocupa un lugar especialmente significativo en la continuidad de Bethel. El Cymanfa Ganu reúne voces en una experiencia colectiva donde conviven la espiritualidad, la lengua y las memorias familiares. Para quienes participan, un himno puede guardar recuerdos de personas, aprendizajes y encuentros anteriores. Cada nueva reunión incorpora otras voces a ese recorrido.

Con el paso del tiempo cambiaron los medios de transporte, las comunicaciones y las formas de participación. La capilla atravesó etapas de distinta actividad, mientras Trevelin crecía y aparecían otros espacios de encuentro. Esos cambios transformaron su lugar en la comunidad y abrieron nuevas preguntas sobre su conservación.

La Asociación Galesa “16 de Octubre” asumió un papel fundamental en el cuidado de edificios, terrenos y bienes vinculados con esta historia, además de impulsar actividades culturales y la enseñanza del idioma. La antigua casa pastoral, construida en 1924 para alojar a pastores provenientes de Gales, encontró posteriormente otros usos, entre ellos talleres de lengua y propuestas culturales. Su continuidad muestra cómo un espacio puede conservar su historia mientras responde a nuevas necesidades.

Desde la gestión cultural, cuidar Bethel implica relacionar el mantenimiento de su edificio con la recuperación y circulación de sus memorias. Fotografías, cartas, partituras y testimonios ayudan a comprender qué sucedía allí y quiénes participaban. Una imagen puede conservar un rostro durante décadas, pero necesita de otras voces y fuentes para recuperar su nombre y su contexto.

A la capilla llegan hoy personas con intereses diversos. Algunas se acercan desde la fe; otras, por el canto, la historia galesa o una memoria familiar. También llegan visitantes que desean conocer el patrimonio de Trevelin. Cada acercamiento puede construir un vínculo diferente con el lugar.

El turismo cultural ofrece una oportunidad para compartir esas historias, respetando el carácter religioso y comunitario de Bethel. Para quienes vivimos aquí, conocerlas también permite detenernos en aquello que la cercanía puede volver habitual: un edificio, una canción o una reunión cuyo significado se amplía cuando comprendemos cómo llegaron hasta el presente.

Parte de esa historia permanece todavía en las familias. Hay fotografías por identificar, documentos conservados en las casas y recuerdos que pueden aportar nuevas perspectivas. Escucharlos y ponerlos en diálogo permite continuar una investigación que pertenece también a la comunidad.

Bethel conserva las huellas de quienes encontraron allí un lugar para reunirse. Su valor se renueva cuando esas experiencias pueden conocerse, cuando el canto vuelve a convocar y cuando nuevas personas encuentran motivos para participar. En ese encuentro entre lo recibido y lo que hacemos hoy, la capilla continúa formando parte de la vida cultural de Trevelin.

 

 

Por Katia Sarsa Williams para La Voz de Chubut

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