domingo, 11 de octubre de 2026
Venta de esclavos en el Virreinato del Río de la Plata

La mano de obra africana enriqueció a los pobladores principales. El gobernador del Río de la Plata, Hernandarias de Saavedra, era hacia 1600 un gran propietario esclavista, dueño de artesanos muy hábiles, barqueros, fabricantes de tejas y negras cocineras y lavanderas. Cuando se casó su hija, María de Sanabria, la dotó con 30 esclavos.

Es difícil precisar cuántos africanos se incorporaron en los primeros años del siglo XVII al hoy territorio argentino. Elena F. S. de Studer estima que 12.700 esclavos ingresaron entre 1606 y 1625, con licencia o sin ella, en el período de auge del contrabando en Buenos Aires. Los ingresos cayeron en forma abrupta a medida que la Corona pudo ejercer mejor el control. Hacia 1640, los holandeses se impusieron en la ruta del comercio negrero del Atlánticos.

La distribución de los africanos fue despareja. “Negros no los hay ninguno ni los ha habido”, se informaba desde Corrientes en 1607. En Mendoza, los negros empiezan a figurar en los testamentos de los vecinos feudatarios hacia 1620, como agricultores que contribuyen a poner en valor la tierra. Lo mismo sucede en la campiña del Tucumán donde se encargan de las tareas más penosas. Se lo prefiere al servidor indígena que recibe protección de la Corona y de la Iglesia.

El negro nativo de Africa o “bozal” era más cotizado porque no tenía las mañas del negro criollo. Sólo cuando la Trata disminuía por la guerra en el Atlántico, o por las prohibiciones reales, se valorizaba al “negro de la tierra”.

Los esclavos desempeñaban los oficios más variados. Servían a los empresarios del transporte marítimo y terrestre; realizaban los trabajos públicos en las fortificaciones, en los caminos, en los hospitales; fabricaban adobes y en Cuyo cultivaban las viñas. Cumplían las funciones más lúcidas de pregonero y portero del cabildo. Las mujeres eran cocineras, lavanderas y amas de leche; esto último representaba un atajo hacia una posición influyente en la intimidad de la familia del amo blanco.

Como capataces de establecimientos rurales y hombres de confianza, hubo esclavos que reflejaron el poderío de su señor. Caso curioso es el de Manuel, “el negro de la Virgen”. Encargado del cuidado de la imagen de Nuestra Señora de Luján (Buenos Aires), hoy patrona de la Argentina, Manuel puso pleito a los herederos de su amo para poder consagrarse exclusivamente al servicio de la milagrosa imagen (1670).

Las órdenes religiosas eran dueñas de esclavos. Los jesuitas aprendieron la lengua de Angola para adoctrinarlos mejor y denunciaron el abandono espiritual en que se encontraban los negros y el dudoso valor del bautismo que se les administraba antes de zarpar de la costa africana.

En las rancherías de los conventos de la Compañía de Jesús había un número equilibrado de varones y mujeres, casados y con hijos. Pero por lo general se importaban más varones. Las negras, abrumadas por el trabajo, tenían baja fertilidad. Por consiguiente, siempre había necesidad de traer nuevos cargamentos de esclavos. Así se renovaba una mano de obra que, si bien exigía una fuerte inversión de capital inicial, ofrecía un trabajador gratuito de por vida.

Los negros que vio trabajar en las chacras y estancias porteñas el viajero Acarette du Biscay (1658) procedían de Guinea; se los empleaba para cultivar la tierra, para cuidar los caballos y mulas y en las vaquerías de cimarrones. Como son caros, pocos pueden comprarlos, dice. Era la época en que el gobernador Jacinto de Lariz hacía traer negros de contrabando, “aunque fuera del infierno”, y en que Baigorri Ruiz, su sucesor, recibía sobornos de los holandeses para autorizar el tráfico.

La fundación de la Colonia del Sacramento (1680) vigorizó el comercio clandestino. Pero al finalizar el siglo XVII se plantearon nuevamente la carestía y la escasez.

 

 

Texto tomado del libro “La Argentina – Historias del País y de su gente” – María Saén Quezada

 

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