Un bisabuelo de Jorge Ituzaingó de Alvear fue Ramón Santamarina, patriarca de la familia en la Argentina y dueño de una biografía tan admirable como trágica. El primer gran hito de su vida fue cuando tenía ocho años. Una tarde su padre le pidió que lo acompañara a los fosos del Puerto de Arriba (en La Coruña, España). Una vez allí, le comentó ciertos pecados —incluso algunos que el niño no alcanzaba a entender- y se disparó en la sien. Fue el 3 de abril del año 1835. José Santamarina y Varela, capitán general de la Guardia de Corps de Fernando VII, marcó de por vida a su hijito con ese episodio trágico. ¿Por qué lo hizo?
Ya hacía mucho tiempo que se había descubierto el romance que don José mantenía con una señorita de la corte, hermana de una condesa, pero a pesar de que le advirtieron que terminara la relación (su propia suegra lo denunció ante sus superiores), no tomó el sermón con la severidad que correspondía y continuó siendo infiel. Fue expulsado del ejército, se le quitaron los haberes y las jerarquías. Con una mujer y tres hijos que mantener, de repente quedó en la calle. De a poco fue hundiéndose en un pozo depresivo y la solución que encontró al problema fue compartir su terrible resolución con el pequeño Ramón Joaquín Manuel Cesáreo Santamarina.
Con Apenas algunos días después de la tragedia, moría de pena la madre de Ramón, Manuela Valcarcel. Él y sus hermanos Dolores y Francisco (de estirpe noble por parte de ambos padres) aterrizaron en casa de parientes que los consideraban más estorbo que familia. De allí pasaron a un asilo. Ramón Santamarina se hizo monaguillo y el sacerdote descubrió que el chico tenía muchísimas cualidades. Creyó que lo mejor que podría hacer por él era alejarlo de España y enviarlo a América en el barco de un capitán amigo. En 1840, con nada más que una moneda de cinco duros y trece años, desembarcó siendo nadie en la ciudad de Buenos Aires.
Se las ingenió para conseguir trabajo. Obtenía una recompensa miserable por guiar a nado las carretas de bueyes que cruzaban el Riachuelo a la altura de Barracas. También daba clases a sus humildes amigos del barrio. Sumó un modesto dinero que envió a su hermana Dolores. Lo tomaron como empleado en el Café de las Cuatro Naciones, donde se dieron el gusto de explotarlo hasta que explotara. Cumplía tareas de lunes a lunes y tenía tres horas de descanso por día. Las otras veintiuna debía trabajarlas. Lo hizo un par de meses hasta que su físico se lo permitió. Tuvo que renunciar porque estaba exhausto. Los primeros ocho días luego de abandonar ese trabajo los durmió por completo, salvo en el rato que se despertaba para comer.
Había llegado al país en el momento de mayor violencia durante el gobierno de Rosas y prefirió alejarse de Buenos Aires. Se trasladó al pueblo de Tandil, donde consiguió trabajo como peón. La capacidad de trabajo del gallego Santamarina, sumada a su honestidad y corrección en el trato, lo convirtieron en el joven mimado del pueblo. Luego de cinco años al servicio de todos y de cada uno, Ramón compró una carreta con ruedas inmensas de lapacho y cambió la historia. Cada viaje Tandil-Buenos Aires-Tandil demandaba tres meses y acarreaba peligros por los ataques de la indiada, de los gauchos rebeldes, los ladrones o las inclemencias del tiempo. En cuanto pudo, sumó otra carreta y otra y otra. Llegó a mantener dos docenas y comenzó a forjar su fortuna. Aprovechando la existencia de ganado cimarrón, incursionó en el negocio de los cueros. Mediante convenientes compras de quintas, chacras, campos y estancias, ingresó al club de los terratenientes. Con su estilo para sumar chacras, campos y estancias, debe haber sido el inspirador del juego del Estanciero.
Llegó a poseer trescientas mil hectáreas en veinticinco estancias. La zona en donde se halla la Piedra Movediza de Tandil (la misma se mantuvo en equilibrio hasta 1912) formaba parte de sus propiedades. Se casó en 1860. Tuvo cuatro hijos. Enviudó en 1866. Volvió a casarse -con Ana Irasusta Alduncin, sobrina de su primera mujer- y tuvo trece hijos más. En política, fue uno de los hombres más influyentes del sur de la provincia de Buenos Aires. En la sociedad, un caballero altamente respetado. En sus campos, un patrón muy querido.
El 23 de agosto de 1904 por la tarde, en el escritorio de su estancia, el patriarca de los Santamarina argentinos se suicidó por motivos que han permanecido en secreto. Muchos creen que fue por una depresión, como ocurrió con su padre. La historia se repetía: de la misma manera, se disparó en la sien.
Texto de “Historias inesperadas de la historia Argentina” – Daniel Balmaceda

