
Las celebraciones de 1910 generaron una cantidad importante de acontecimientos gubernamentales, sociales, culturales y deportivos. Además de las Olimpíadas del Centenario, se jugó en Buenos Aires el primer Torneo Sudamericano de Fútbol. Participaron tres países: Uruguay, Chile y la Argentina. Ganó el primero. No volvió a disputarse el torneo hasta que fue reflotado para los festejos por el Centenario de la Independencia argentina, en julio de 1916. En esta oportunidad, se transformó en cuadrangular debido a que se sumó el incipiente y poco competitivo conjunto brasileño.
Chile y Brasil empataron entre ellos luego de haber perdido ambos sus encuentros con Uruguay. Por su parte, Argentina le había ganado a Chile, pero apenas había conseguido un empate con Brasil, igualdad que fue muy celebrada por los simpáticos brasileños. Así se llegó a la última fecha en que se medirían los dos equipos más fuertes: Argentina y Uruguay. Los locales llegaban un poco desmoralizados porque no habían logrado vencer a la escuadra de Brasil. Sin embargo, las chances estaban intactas: si ganaban, eran los campeones. La derrota o el mero empate coronaría a los uruguayos. Pero lo que ocurrió en la tarde del domingo 16 de julio de 1916 llenó más espacios en los periódicos de lo que hubiera ocupado la crónica del partido
Para conocer los detalles de esa jornada nos valdremos de las exquisitas crónicas de La Nación, La Razón y La Prensa. Por lo tanto, nuestros entrecomillados pertenecen a alguno de los tres grandes diarios de aquellos años.
Es verdad que había un poco de desazón por la mala producción del equipo local frente a Brasil. En aquel tiempo no había técnicos y la selección de jugadores la llevaba a cabo una comisión de la Asociación de Fútbol. “El equipo formado para el match con los brasileños no había satisfecho a los aficionados por considerarse que no sintetizaba exactamente el poder general del deporte en la Argentina”. Se hicieron importantes modificaciones para enfrentar a los temibles uruguayos y parece que fueron más acordes con el gusto del hincha. “Los que en estas solemnidades del football acuden a los fields supieron apreciar el significado de esos cambios. La lucha sería, seguramente, magnífica y equilibrada”.
Durante la semana previa, las expectativas por el partido definitorio fueron creciendo. El sábado 15 llegaron a Buenos Aires unos 400 aficionados uruguayos. En la mañana del 16 el vapor De la Carrera proveniente de Montevideo sumó a otros 1.200 simpatizantes. Del lado argentino también se incorporaban contingentes. Las crónicas mencionan a fanáticos provenientes de Rosario, La Plata, Bahía Blanca, Baradero y Pergamino, entre otros. El clásico del Río de la Plata se jugaría en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA) de Palermo, considerado el mejor de Sudamérica. Debido a que el partido arrancaba a las 14:30, una gran cantidad de espectadores comenzó a acercarse a Palermo antes del mediodía.
– “Por virtud de una lamentable falta de organización, las boleterías resultaron insuficientes desde el primer momento. La gente se apretujó en torno de ellas a partir de las 12:30 en una lucha a codazo limpio para llegar hasta las ventanillas”. Las colas eran larguísimas y la concurrencia superaba la capacidad de las tribunas, que era de veinte mil espectadores. Once policías fueron designados para controlar cualquier disturbio. “A la 1:10 hubo varios millares que optaron por renunciar a la lucha frente a las boleterías y arremetieron, en cambio, contra los guardianes de las puertas de acceso. Este proyecto no tardó en ser conocido por la muchedumbre. De pronto, como obedeciendo a una señal que jamás alguien dio, la multitud arremetió en incontenible carga”. Atropellaron a un policía y su caballo, los dos primeros heridos de la jornada.
“Una multitud se desparramó por la tribuna oficial, trepando en tropel a las gradas y ocupando los sitios disponibles en los palcos, que a esa hora estaban en su casi totalidad ocupados por familias. Estas pasaron, por cierto, un instante poco agradable”. “Aparecieron los equipos uruguayo y argentino, y pudo notarse que, lejos de ser recibidos con un entusiasmo característico de las grandes bregas internacionales, el público permanecía silencioso”. Los simpatizantes coparon el centro de la cancha. “Los miembros de ambos cuadros se retiraron al guardarropa”.
Ya se habían cambiado cuando se resolvió que se jugaría el partido, pero no sería el definitorio del torneo, sino un amistoso. Volvieron a cambiarse, salieron a la cancha y ayudaron a la policía en la tarea de sacar a la gente. Los intrusos se ubicaron en un costado, a medio metro de las líneas laterales. liza
Carlos Fanta, el árbitro chileno, dio comienzo al partido a las 15:30. Una serie de quites y recepciones, más acordes con un metegol, llegaron a su fin cuando el defensor argentino (Reyes) recuperó la pelota y se la pasó al arquero (Isola), quien no quiso problemas y, de un puntinazo, la lanzó fuera del campo. Lateral para los vecinos. “Y cuando tomó la pelota el jugador uruguayo que debía ponerla en juego nuevamente, la gente agolpada sobre ese lado se adelantó, no sabemos en virtud de qué, pues el lance no revestía la menor importancia”
Una vez más el campo de juego se vio desbordado y los futbolistas, resignados, se retiraron al vestuario. Era imposible intentar llevar adelante el partido. Y se desató la furia. “Algunos de los manifestantes más audaces se dirigieron a los dos arcos y los arrancaron”. Las redes también fueron quitadas. Uno de los arcos fue llevado, como trofeo, delante del palco oficial en donde los directivos de los equipos sudamericanos y el resto de los invitados permanecían petrificados por el miedo. Prendieron fuego una de las redes y luego la tribuna popular de madera que daba al río.
En medio del caos, hubo un acto que paralizó a todos. El fuego en la tribuna combustible estaba por alcanzar la bandera de Uruguay que flameaba encima de la popular. Al ver esto, el joven Juan Pallas (por su corte de pelo, era obvio que estaba haciendo el servicio militar obligatorio) trepó con riesgo la tribuna para salvar el estandarte de las llamas. Lo rescató y recibió la ovación de todo el estadio. Cayó heroicamente asfixiado en el pasto y fue socorrido por el doctor Escobar Bavio. Terminó internado en el Hospital Fernández. Su acción fue imitada por varios que se lanzaron a recuperar las banderas de Brasil, Chile y la Argentina. Los bomberos recién lograron apagar los incendios a las diez de la noche. De las tres tribunas populares no quedó nada. El palco oficial se salvó. Hubo cuatro detenidos.
El lunes 17 se jugó el partido final en Avellaneda. Empataron sin goles y Uruguay retuvo el título. Se vendieron una cantidad específica de entradas. La figura fue el arquero argentino Isola. “El referee chileno Carlos Fanta actuó acertadamente, siendo aplaudido repetidas veces”. Las crónicas deportivas continuaban tratando el desborde de espectadores en GEBA.
Cabe preguntarse qué clase de milagro obró para que hubiera apenas contusos en medio de un incendio que tenía treinta mil potenciales víctimas. Sin dudas, la Mano de Dios -mucho menos festejada, pero a la vez, mucho más admirable— existió setenta años antes del gol a los ingleses.
Texto de “Historias inesperadas de la historia Argentina” – Daniel Balmaceda
