
El conservadorismo estuvo signado desde siempre por el estigma del fraude. De este modo se llega a las elecciones de 1866, en las que disputaba la gobernación de la provincia de Buenos Aires.
Alsina se impuso sin mayores inconvenientes frente a los nacionalistas que gobernaban la provincia por medio de Mariano Saavedra, hijo de Cornelio, quien había realizado una excelente gestión. En relación con el triunfo, existe una anécdota muy emotiva que protagonizó la madre de Adolfo Alsina, doña Antonia Maza, aquella mujer que llevaba al niño de su mano cuando se dirigía a comprar la libertad de su esposo. Ella siempre explicaba que había sentido una gran satisfacción al ver jurar a su padre como gobernador y que al ser designado su esposo, Valentín Alsina, sintió el noble orgullo de llevar el apellido del mismo cuya vida y vicisitudes había compartido desde niña; pero que cuando fue elegido gobernador su hijo, su corazón se inflamó con una visión nueva, y que era tanta su felicidad que temía morir y no poder gozarla como lo deseaba. Pero felizmente lo vio jurar, y luego de ello llevaba consigo en una pulsera el retrato de su padre, en otra el retrato de su esposo y en un prendedor, el de su hijo.
Alsina hizo una gobernación exitosa porque supo rodearse de hombres de indiscutible talento. Para Hacienda convocó a Mariano Varela, un joven que demostró en el cargo su capacidad. Para el Ministerio de Gobierno, le sustrajo al mitrismo un abogado tucumano, que contaba con tan sólo 29 años de edad, Nicolás Avellaneda, quien realizó una tarea encomiable, a lo que había que agregarle la fuerza y la juventud de Alsina, que tenía 37 años. Su gobernación se caracterizó por su afán de progreso en todos los órdenes, y fundamentalmente por lo que sería una constante de las administraciones conservadoras, su admirable obra pública.
Uno de los más importantes logros en lo político fue la separación de las funciones de juez de paz de la de comandante de campaña, que era una fuente de constante corrupción. Otro grave problema que padecían los hombres que habitaban la provincia era la situación de sus derechos con respecto a la tierra que ocupaban; por ese motivo se dictaron leyes que pusieron fin a esa situación. Por éstas, todos aquellos que habitaran tierras urbanas dentro de la provincia y acreditaran encontrarse en la ocupación tras cuarenta años consecutivos pasaban a ser titulares de dominio.
Con respecto a las zonas rurales, se distribuyeron y adjudicaron entre sus ocupantes 800 leguas cuadradas, dividiéndolas en parcelas. Se prolongaron las líneas telegráficas, se dividieron y crearon nuevos partidos, como el de Benito Juárez, en homenaje al caudillo mexicano, y Olavarría. Se construyó un gran número de escuelas, las más importantes en Mercedes, Chascomús, Chivilcoy, San Nicolás, Azul, Dolores, Saladillo, Ranchos y Las Flores.
Dentro de la Capital, se comenzaron los trabajos para dotarla de agua corriente, se autorizó la instalación de tranvías a caballos, se proyectó un puerto más moderno que el que había, se inauguró el ferrocarril a Chivilcoy, se instaló la Sociedad Rural, que presidió José Martínez de Hoz, y se persiguió de una manera enérgica al cuatrerismo y a la delincuencia que asolaba a la provincia. Pero él tuvo siempre claro que era imposible el progreso si no se encontraba una solución al problema del indio, a lo que dedicó una parte muy importante de su vida.
Durante su gobierno llevó a cabo una política muy dura con respecto al cuatrerismo y a la delincuencia. Sin embargo, hubo un personaje que ya es parte del folclore popular, el gaucho Juan Moreira, el cual gozó de su simpatía. Alsina, Mitre y la mayor parte de los políticos de la época tuvieron vinculaciones con los punteros, que eran quienes acaudillaban a los hombres que en los días de elecciones iban a los atrios a garantizar el voto de sus partidarios, y si la elección no venía bien, eran los encargados de alzarse con los registros.
El más famoso en esos años, por su extraordinario coraje, fue sin ninguna duda Juan Moreira, quien sirvió a la causa de Adolfo Alsina. Éste, en reconocimiento a sus buenos oficios, le regaló un hermoso facón de cabo de plata, que lucía en las pulperías con gran orgullo. Moreira era oriundo del pueblo de Navarro por lo tanto, lo que se sabe con certidumbre es dónde nació. Pero sobre lo que hay dudas es dónde murió, esto dio lugar a que Jorge Luis Borges, en una de sus memorables Milongas para las seis cuerdas titulada “¿Dónde se habrán ido?”, dijera:
¿Qué fue de tanto animoso?
¿Qué fue de tanto bizarro?
A todos los gastó el tiempo,
a todos los tapó el barro.
Juan Muraña se olvidó
del cadenero y del carro
y ya no se sabe si Moreira
murió en Lobos o en Navarro.
Pero no sólo Borges lo recordó, porque antes lo hizo Eduardo Gutiérrez, en su novela Juan Moreira. En ella trata un hecho político que tuvo gran trascendencia en su época, que se produjo en el transcurso de 1872. En ese año, los doctores Mariano Acosta, importante figura del autonomismo y Eduardo Costa, del nacionalismo, se disponían a disputarse la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Por tal motivo, dice la novela, deciden acercar a las filas autonomistas a un hombre de gran prestigio, que hasta esa época había servido a Mitre.
Dice Gutiérrez que era ardientemente solicitado por ambos partidos políticos, ya que conocían su inmenso prestigio; pero el paisano resistió todas las propuestas seductoras que se le hicieron, llegando hasta a desechar con una soberbia imponderable la propuesta de hacer dejar sin efecto todas las causas que se le seguían en La Matanza, a donde podría volver después del triunfo. Continúa:
Conociendo el ascendiente que sobre aquel hombre extraordinario tenía el doctor Alsina, a quien había acompañado como hombre de confianza en épocas de peligro, los caudillos electorales hicieron que aquél le Describiera a Moreira pidiéndole que pusiera su valioso prestigio a favor de una la buena causa.
Éste recibió la carta y no supo resistirse, y se afilió así a uno de los bandos políticos, en cuyo triunfo influyó de una manera poderosa.
Los paisanos que estaban en el bando contrario se incorporaron a Moreira, algunos porque lo apreciaban, y otros porque le temían más que al propio juez de paz, que era Carlos Casanova, apreciadísimo caballero y persona conocida como recta y honorabilísima.
Texto de “Los Conservadores de Alsina a Fresco” – Delfor Reynaldo Scandizzo
