
Según cuenta Miguel Ángel Palermo, las costumbres eran transmitidas de padres a hijos. Aprendían a ser mesurados y discretos. Si llegaban regalos, nadie se apuraba a elegir el mejor, lo mismo sucedía con la comida. Distribuían las cosas con mucha equidad. Siempre privilegiaban a los niños y a los ancianos en el reparto, quienes al mismo tiempo, eran tratados con mucho cariño.
También solían ser muy hospitalarios. Cuando recibían invitados les brindaban todo tipo de atenciones y podían quedarse el tiempo que quisieran.
Pero para que eso ocurriera, debían ser previamente invitados, de lo contrario la visita era muy malista.
Desde la adolescencia aprendían el arte de la caza la guerra. Los jóvenes acompañaban a sus padres cazar y las niñas ayudaban a sus madres en todas las tareas femeninas.
Además era muy importante – sobre todo en los varones que sucederían en el cargo a los caciques – el tener una elocuente oratoria. Debían saber convencer a través del poder de la palabra, al resto de los integrantes de la tribu, acerca de cuándo había que ir a enfrentarse con el enemigo, o cómo resolver los problemas cotidianos que se presentaban y así poder mantener la buena convivencia en la pequeña comunidad.

RELIGIÓN
Para los tehuelches existía un ser superior, que había creado el sol, la luna, el mar, la tierra, los anima- les y los hombres. Creían en la existencia de seres benignos y malignos, y le atribuían magia a todo. Por esa causa, no habían altares religiosos en lugares determinados. Por lo general era más el temor a lo desconocido, que la adoración que pudieran tener a las divinidades.
Entre los seres benignos estaba la luna, a quien le pedían suerte y buena salud. Y entre los malignos existía el gualicho (deformación de “walíchüm” = la giradora). Se le atribuía femineidad a ese ser endemoniado, y por su fama traspuso las fronteras de la Patagonia y se extendió por todo el Norte. También por el Oeste lo adoptaron los araucanos. Él era responsable de enfermedades, accidentes y otras desgracias.

El hechicero o brujo hacía de mediador entre la divinidad y el hombre. A veces esta función la podía cumplir también una mujer. Los brujos celebraban los ritos religiosos y practicaban la medicina.
Les atribuían a estos hechiceros ciertos poderes mágicos, pero lo que en realidad tenían era un gran conocimiento de la capacidad curativa de las distintas plantas del lugar. Los enfermos soportaban estoicamente las curaciones que les hicieran. Desde una sangría, en la cual sin anestesia, se les practicaba un corte en el cuerpo para que sangrara; hasta tolerar el mal gusto de un brebaje cuyo con- tenido se ignoraba totalmente.
Estos brujos gozaban de prestigio en la tribu y por ello recibían regalos y consideraciones, pero al mismo tiempo, corrían peligro cuando el “paciente” no se curaba con sus medicinas. Eso podía provocar deseos de venganza en los familiares del enfermo.
Realizaban distintas ceremonias especiales. Tal vez la más importante en Chubut, sea la conocida con el nombre de “nguillatún” (en lengua de los mapuche) o “camaruco” (voz de procedencia quechua). Es una rogativa, que se lleva a cabo anualmente para que terminen desgracias como: una prolongada se- quía, un mal tiempo que impide las buenas pariciones de animales, una epidemia, una inundación, etc. Puede sufrir algunas variantes, según el lugar y la tribu que lo ponga en práctica, pero generalmente tiene las siguientes características:
Un jefe destacado entre los aborígenes convoca a todas las tribus vecinas a participar. Sólo aquel cuyos antepasados hayan conducido el camaruco, puede convocar a la ceremonia. El derecho a convocar es hereditario. Puede durar de dos a cuatro días. Hay que elegir un lugar apropiado, que por lo general es un descampado o un valle pequeño, como una plaza donde puedan correr los caballos. En el centro se erige una especie de altar, alrededor del cual toman lugar los concurrentes y arman sus toldos. El organizador asume su posición de jefe y da las órdenes que no se discuten.
Fragmento del libro “Tehuelches y Galeses”, de Stella Maris Dodd
