Una investigación científica realizada en el Valle Inferior del Río Chubut (VIRCH) detectó la presencia de genes vinculados a bacterias capaces de producir la toxina Shiga, asociada al Síndrome Urémico Hemolítico (SUH), una enfermedad que puede provocar graves daños renales, especialmente en niños.
El estudio, encabezado por la investigadora Rosana Polifroni y desarrollado con participación de especialistas del CONICET-CENPAT, universidades nacionales y organismos provinciales de Salud y Ambiente, analizó 86 muestras de agua tomadas en canales de riego y drenaje del valle, entre febrero de 2022 y agosto de 2023.
Los resultados revelaron que el 15,11% de las muestras (13 de 86) presentó genes asociados a la producción de toxina Shiga, un hallazgo que plantea interrogantes sobre la calidad sanitaria del agua utilizada para regar las chacras productoras de la región.
La investigación cobra especial relevancia porque los propios científicos mencionan como antecedente un brote de Síndrome Urémico Hemolítico ocurrido en la zona, asociado al consumo de hortalizas producidas en el VIRCH que habían sido contaminadas con Escherichia coli productora de toxina Shiga (STEC) O157.
El sistema de canales y el riesgo de contaminación
El Valle Inferior del Río Chubut cuenta con dos grandes canales de riego, el Canal Norte y el Canal Sur, que distribuyen agua hacia las chacras productoras mediante una extensa red de canales secundarios.
Una parte de esa agua se utiliza para regar los cultivos por inundación, mientras que los excedentes escurren hacia canales de drenaje que finalmente descargan nuevamente en el río Chubut.
Este sistema fue el objeto de la investigación. Los científicos recolectaron 52 muestras en las cuatro descargas principales de drenaje y otras 34 en estaciones de los canales de riego Norte y Sur.
Los análisis detectaron genes de la toxina Shiga tanto en los canales de riego como en los de drenaje, sin diferencias estadísticamente significativas entre ambos sectores.
Esto significa que la presencia de estos marcadores de riesgo sanitario no quedó limitada a los canales que recogen los excedentes de las chacras, sino que también fue identificada en el agua utilizada para regar los cultivos.
Agua que cumplía los parámetros habituales también presentó genes de riesgo
Uno de los hallazgos más importantes del trabajo es que la presencia de genes asociados a la toxina Shiga no siempre coincidió con niveles elevados de los indicadores tradicionales de contaminación fecal.
Según el estudio, el 85,7% de las muestras positivas de los canales de riego (6 de 7) tenía concentraciones de coliformes fecales inferiores al límite de 1.000 NMP por cada 100 mililitros, establecido por la normativa provincial para el riego de hortalizas.
En los canales de drenaje ocurrió algo similar: el 50% de las muestras positivas (3 de 6) presentó valores inferiores al parámetro provincial de 250 NMP por cada 100 mililitros, utilizado para el vertido de efluentes tratados en cuerpos de agua superficiales.
Estos resultados indican que un agua que cumple con determinados parámetros microbiológicos convencionales puede, de todos modos, presentar genes asociados a bacterias potencialmente peligrosas para la salud.
Los investigadores advierten por eso que los controles tradicionales de coliformes fecales y E. coli deberían complementarse con análisis específicos para detectar genes vinculados a STEC.
La posible relación con la actividad ganadera
El estudio también abre un interrogante sobre el origen de la contaminación fecal que llega al sistema de riego y drenaje del valle, una región donde conviven establecimientos ganaderos, chacras hortícolas y distintos usos del recurso hídrico.
Las bacterias STEC pueden encontrarse en el tracto intestinal de animales, particularmente bovinos, que pueden actuar como reservorios y eliminarlas a través de sus heces. Por ese motivo, el escurrimiento de materia fecal desde establecimientos ganaderos hacia canales y cursos de agua constituye una posible vía de contaminación que merece ser investigada.
Sin embargo, el trabajo de Polifroni y su equipo no identifica el origen de los genes detectados ni demuestra que provengan de establecimientos ganaderos. Tampoco establece cuáles son las chacras o sectores productivos que podrían estar involucrados.
Lo que sí demuestra es que existen marcadores genéticos de riesgo sanitario en distintos puntos del sistema hídrico del VIRCH, incluidos canales que abastecen de agua a la producción hortícola.
La situación adquiere particular importancia porque las hortalizas que se consumen crudas pueden constituir una vía de transmisión de STEC si entran en contacto con agua contaminada.
Una advertencia para los organismos de control
Los resultados del estudio plantean la necesidad de revisar los mecanismos de vigilancia de la calidad del agua utilizada en la producción de alimentos en el Valle Inferior del Río Chubut.
La investigación no demuestra que las muestras contuvieran bacterias STEC viables ni que los productos hortícolas estuvieran contaminados al momento de su comercialización. La detección de los genes constituye una señal de riesgo que requiere estudios complementarios.
En sus conclusiones, los investigadores advierten expresamente sobre la necesidad de complementar los recuentos de indicadores de contaminación fecal con la detección de genes STEC para evaluar el riesgo sanitario del agua de riego utilizada en el VIRCH.
El trabajo, basado en muestras recolectadas entre 2022 y 2023 y presentado en un resumen científico de 2026, deja planteadas preguntas relevantes para las autoridades provinciales: qué controles específicos se realizan actualmente sobre el agua de los canales, si se investigan las fuentes de contaminación fecal y qué medidas se adoptan para prevenir que los microorganismos patógenos lleguen a los alimentos.
En una región donde la producción hortícola y la actividad ganadera comparten un mismo sistema hídrico, identificar las fuentes de contaminación y prevenir su llegada a los canales de riego resulta fundamental para proteger la salud pública.

