
El viaje se hacía con buen tiempo. Para evitar el Amansa Locos, fuimos por el camino del Arroyo La Mata.
Era más largo, pero más seguro. El Amansa Locos era un gran médano de arena formado en una hondonada en la que el viento remolineaba gran cantidad de ella formando un médano corto, pero en el cual las chatas, carretas, y aún carros livianos, se enterraban hasta los ejes. Tomándolo a la ida hacia el puerto, o sea en subida, era imposible pasarlo, aún para los mejores caballos. Varios carreros que tiempo antes habían hecho apuestas a que lo pasaban, se quedaron enterrados hasta que los ayudaron a salir del pantano. Por ello, Silvano Olivares, que era de los apostadores en contra de los locos que aseguraban que a sus caballos no había médano que los sujetara, y habían pasado el papelón de tener que pedir auxilio, le puso al famoso médano el nombre de Amansa Locos, nombre que se popularizó extraordinariamente en centenares de leguas a la redonda. Por tres veces cuadrillas de camineros sacaron la arena, pero en pocos días el viento la reponía. Al final de varios años se resolvió desviar el camino, pero su nombre se perpetuó.
En algo menos de cuatro horas la tropa llegaba a Comodoro Rivadavia. Lo primero que me llamó la atención en su cercanía fueron los hornos de ladrillos cocidos por su color rojo llamativo. Pero la sorpresa mayor fue la vista tan cercana del mar con sus grandes olas que, en su marcha, reventaban con mucho ruido y luego seguían su carrera suavemente, hasta tocar las ruedas de las chatas y las patas de los caballos, algunos de los cuales, medio se encabritaban. En la arena mojada, ni las llantas de las ruedas ni las basaduras de los caballos hacían ruido.
Era la primera vez que veía el mar desde cerca. Sin embargo, tenía un recuerdo, borroso como un sueño, de una gran lancha con varios hombres de pie dentro de ella, que se sacudía en el agua y se abalanzaba tanto que yo le veía la parte delantera del fondo. Los hombres hablaban y reían. Hoy me doy cuenta de que los balanceos no debían ser muy grandes y que yo, desde el pedregullo de la playa, veía el fondo de la chata marina en cuanto esta se balanceaba, debido a mi poca estatura, pues apenas debía tener dos años.
Seguramente se trataba del día en que mi familia desembarcó en Comodoro. Ahora veía una inmensidad de gaviotas y otros pájaros que casi cubrían la playa. Chillaban en forma ruidosa. Se paraban en la playa y volvían a revolotear sobre la caravana de chatas, en marcha por la playa, por momentos pisoteando el agua, cerca de media hora, para salir, luego a terreno firme, entrar en el pueblo y detenerse en las barrancas cercanas a la playa, donde había enormes pilas de lana enlienzada. Allá desengancharon los caballos. En las inmediaciones había más de 50 chatas, carretas y carros de mulas, cargando o descargando. A lo lejos, en el mar yo veía dos casas que se movían. Tío Juan me dijo que esas no eran casas, sino buques, y que venían a traer carga para que las chatas llevaran para la cordillera, y a llevar la lana que nosotros habíamos traído de Sarmiento. Me dijo que en uno de esos había venido yo desde Buenos Aires, y me preguntó si no recordaba nada. No tenía ni el más leve recuerdo de los buques. La casi totalidad de las personas que había en los numerosos carros me eran conocidas porque mi casa era el paso obligado de toda la amplia región que mantenía tráfico con Comodoro Rivadavia.
Casi junto con nosotros llegó papá, que venía a caballo. Yo estaba maravillado de ver tantas casas de comercio, con cosas tan bonitas en las vidrieras. En el comercio de Belarmino Menéndez, al que todos le decían Menéndez Chico, para diferenciarlo de José Menéndez, al que llamaban Menéndez Grande debido a que era más rico, había unas vitrinas que me atraían mucho. En ellas había trompos y pelotas de muchos colores y además caballitos, carritos y otros muchos juguetes.
Nunca había visto yo tantas maravillas juntas. Cuando terminaron de desatar los carros mandaron toda la caballada hasta mi casa, a cargo del caballerizo Salles, para que la cuidara, hasta que terminaran de descargar y cargar nuevamente las chatas, para lo cual pasaban más de ocho a diez días.
Todos los carreros, incluso mis tíos, se habían desperdigado por el pueblo. Yo me quedé en el grupo de chatas. Di algunas vueltas por otras tropas que había cerca y que estaban siendo cargadas. Otras ya estaban atando los caballos para emprender el viaje a la cordillera. Todos me hacían algunas preguntas. Cerca de las carretas de Modesto López vi a dos hombres que estaban discutiendo en forma muy fuerte. Parecían a punto de pelearse, y los dos tenían cuchillo y revolver en la cintura. Un policía, vestido todo de rojo y con un largo sable a la cintura se fue acercando a ellos. Yo, asombrado, curioso y con la impertinencia propia de un mocoso, me acerqué y me puse a mirarlos, pero los hombres ni se daban cuenta de mí, a causa de su enojo.
Sin decirles nada, el policía comenzó a pasearse cerca de los hombres que discutían. No sé si les hizo alguna señal pero, poco a poco, ellos se callaron. Quedaron recostados en la carreta, mirándose hoscamente. El milico dio unas pasadas más y luego se alejó. Lo vi que se acercó a un campamento, donde los carreros estaban tomando mate, y se sentó con ellos. Los dos hombres empezaron a discutir nuevamente. A voces se decían palabras malas. El policía apareció nuevamente y comenzó a pasar de ida y vuelta, cerca de ellos, a unos cinco metros de distancia. Seguramente alguien le había avisado de una posible pelea y el hombre vigilaba. Los discutidores cambiaron unas palabras más y se callaron. Se habían dicho tantas cosas, que yo ni comprendía por que se hallaban enojados. El policía siguió haciendo sus pasadas lentamente. Marchaba unos diez metros y regresaba. Al pasar cerca mío, me miró medio sonriente. Tuve tentaciones de salir disparando, pero me contuve, y me aprete contra la estiba de lana. A la vuelta, el milico volvió a mirarme sonriendo. Los hombres seguían callados, mirándose con cara de perros por pelear. No se cómo a ninguno de los dos se les ocurrió echarme de allí a patadas, por curioso. El milico dio unos pasitos más y luego se alejó al tranco lento, perdiéndose entre unas chatas y carretas.
Yo me quedé en el lugar y los dos hombres siguieron callados unos minutos mirándose como si estuvieran a punto de reventar de rabia. Después, uno de ellos reanudo la discusión, luego de mirar en torno para asegurarse de la ausencia del policía, con las siguientes palabras: -¡Por qué usted, chambón de m….! – No alcanzó a decir más. El milico que, después de simular alejarse, sin duda había vuelto a acercarse ocultándose en los carros, apareció de improviso cerca de ellos, caminando a tranco apresurado y, dándole un tironcito de la manga del saco, le dijo en tono enérgico: – ¡Ale!… ¡camine! – y, al mismo tiempo, le hizo con el brazo una señal hacia la comisaría. El hombre no dijo una sola palabra. Su rostro se demudó, tal vez de rabia. La nuez de la garganta le subió y bajó dos veces, como si fuese a llorar y, sin titubear, comenzó a caminar rumbo a la comisaría que era visible en el faldeo del cerro, a unos trescientos metros de distancia.
Estaba casi totalmente aislada, en un ranchito de chapas.
Los vi caminar como dos cuadras, el preso adelante y el policía unos cinco metros detrás, a un paso bastante apresurado. Al pasar por frente al hotel Vascongada, el milico se detuvo a hablar con varios hombres que estaban sentados afuera en un banco largo; el hombre siguió caminando hacia la comisaría y, unos segundos después, el milico lo siguió. Yo creí que el detenido iba a aprovechar esa ventaja para escapar a toda carrera.
Me quedé en el colmo de la sorpresa. Nunca hubiera pensado que llevar presa a una persona fuera una cosa tan simple.
Siempre había oído a los mayores hablar de peleas, sablazos, tiros y disparadas en esos casos. En los comentarios infantiles que hacíamos con mis hermanos y hermanas sobre presos y milicos, siempre decíamos que el policía llevaba al detenido agarrado de una oreja, y que una vez en la comisaría, lo ataba y le preguntaba lo que había hecho de malo y, según la respuesta, lo chuciaba con el largo sable. Estaba deseando llegar a mi casa, en el campo, para contarles el para mí, inconcebible episodio. El otro hombre discutidor se quedó parado en el lugar un momento, mirando cómo lo llevaban preso; después tomó una picana que se hallaba tirada en el suelo, la colocó sobre el pertigo y se alejó. Yo creía que el hombre iba a comenzar a reírse de contento. Los observé hasta que entraron en la comisaría, un ranchito de chapa ubicado en el faldeo del cerro Chenque. Era tan falto de comodidad el local policial, con solo una oficina y dos calabozos con su correspondiente barra para engrillar, que en oportunidades se dio el caso de que algún preso que no cabía en el interior fue atado con una soga en el patio.
Texto de “El Guanaco Vencido” – Asencio Abeijón
