
La crisis había generado una política más proteccionista que la proclamada por Vicente Fidel López. Era necesario pagar en oro los productos importados, pero para comprar dinero metálico se requerían muchos billetes en papel. En consecuencia, convenía comprar mercadería nacional. Al conjuro de esta coyuntura se van sumando nuevos establecimientos industriales a los que ya existían. Antes de 1890 se elaboraban artículos de alimentación, vestidos, materiales de construcción, cigarrillos, muebles, carruajes, licores, fósforos, cerveza. A partir de 1890 serían artículos lácteos y otros derivados de la agricultura y la ganadería, entre ellos, los de la industria frigorífica. En 1897, la rama lechera elaboraba 1,7 millones de kilogramos de manteca y otros subproductos, que se exportaban en buena proporción; Gran Bretaña se convirtió en importante consumidor de los lácteos argentinos. Otra de las industrias de transformación vinculada a la agrícola fue la harinera, que en la década que se estudia vivió un rápido crecimiento, al punto que en los terrenos destinados al puerto Madero se reservaron dos grandes extensiones para elevadores y molinos. En 1901, la recientemente constituida Molinos Harineros y Elevadores de Granos S.A., de capital argentino, británico y belga, era ya uno de los grandes consorcios mundiales de este rubro.
En lo que respecta a la industria frigorífica, en la década de 1890 se produjo el pasaje de la carne ovina a la vacuna. Si algún establecimiento, como el que Eugenio Terrason fundó en 1882 y que luego pasó a manos británicas, cerró sus puertas en 1898, la década fue fructífera para esta actividad. La River Plate Fresh Meat, con su frigorífico de Campana -al que debían llegar navíos fluviales para embarcar la carga en los de ultramar ya en el puerto de Buenos Aires-, la Compañía Sansinena de Carnes Congeladas, de capitales argentinos, cuyos establecimientos en Avellaneda y Bahía Blanca exportaban a Francia y Gran Bretaña, y la empresa Las Palmas Produce Co., con su planta en Zárate, se convirtieron en dinámicos centros que a fines de la década exportaban, en conjunto, 450.000 toneladas de carne ovina y 30.000 de carne vacuna. Se trataba, en todos los casos, de productos congelados, pues la técnica del enfriado comenzaría a difundirse recién en el nuevo siglo. Pero aunque su calidad no era óptima, las carnes argentinas constituían ya a fines de la década un rubro fundamental de las exportaciones.
Podría fijarse en el año de 1899 la finalización de la crisis de 1890. Por entonces, la baja del oro empieza a afectar a los exportadores, que son en esta coyuntura la síntesis de los intereses agropecuarios y en definitiva constituyen la columna más sólida de la economía argentina, el elemento que pudo arrancarla del marasmo y poner nuevamente en marcha sus circuitos. El gobierno de Roca, sensible a estos intereses, comprendió que había que detener la valorización del peso papel.
En agosto de 1899, el Poder Ejecutivo envía al Congreso un proyecto de ley que suscribe el ministro de Hacienda, doctor José María Rosa, y que propicia la creación de una Caja de Conversión con el propósito de convertir papel en oro a un cambio de 0,44 de oro sellado por un peso papel. El metálico que recibiera la Caja no podía destinarse a otro objeto que convertir billetes al tipo fijado.
El sistema era simple y beneficioso, pero exigía un requisito previo: que las exportaciones hicieran que el oro afluyera al país. Tal condición existía en 1899 y se mantuvo durante bastantes años, permitiendo el incremento de los medios de pago en coincidencia con el crecimiento del ingreso nacional. Mientras duró, fue un mecanismo expresivo de la bonanza que reinaba en la Argentina. Más aún: la ley de conversión de 1899 sintetizó los éxitos económicos conseguidos en aquella década y representó, en el espíritu colectivo, el punto inicial de un ciclo de prosperidad que, se creía, de proyección infinita.
