domingo, 11 de enero de 2026

Para el mes de junio de 1978, Montoneros dispuso atentados y acciones de propaganda con resonancia pública en la Argentina, de modo tal que la Junta Militar se viese impedida de ocultarlos. No quiso realizarlos sobre los estadios de fútbol: el límite de las acciones estaba marcado por un radio de seiscientos metros.

Un pelotón remanente del Ejército Montonero de Capital Federal -denominado Columna 34- fue trasladado a Europa para un curso de lanzacohetes antitanque soviético RPG7, que tenía capacidad de derribar a un helicóptero. Por entonces, a partir de marzo de 1978, la Conducción había resuelto introducir el uso de los uniformes y las insignias del Ejército Montonero, obligando a los combatientes al saludo con la venia, a indicar el grado militar cuando se dirigía a un superior y a solicitar su autorización para el uso de la palabra. También se hicieron habituales las formaciones militares en casos de ascensos, condecoraciones y degradaciones.

Los RPG7, cuyas partes fueron introducidas por el puerto de Buenos Aires desde Europa, guiaron la campaña de “ofensiva táctica” durante el Mundial ’78. El 18 de junio un RPG7 golpeó contra el edificio del Batallón de Inteligencia 601 en Callao y Viamonte. Fue lanzado desde un Peugeot 504 estacionado a cien metros. La misma acción se repitió para golpear las paredes de la Casa de Gobierno, la Escuela de Mecánica de la Armada, el Comando en Jefe del Ejército y otras reparticiones militares y policiales.

El debut militar de los RPG7 no sirvió como acción de propaganda. Los destrozos por el impacto se producían en el interior de cada objetivo. En el frente de la Casa Rosada, el agujero se ocultó con una bandera argentina y luego se lo reparó con cemento. Los atentados no fueron publicados en la prensa local pero sí mencionados por la prensa extranjera.

Sin embargo, los RPG7 funcionaron como un aviso al gobierno militar: Montoneros todavía existía.

También durante el Mundial ’78 se interfirió el audio de un canal durante la televisación del partido Argentina-Francia, y el discurso de Firmenich pudo escucharse en La Plata y barrios cercanos a la capital bonaerense:

No hay ninguna contradicción entre nuestro anhelo de ganar el Campeonato Mundial de Fútbol y nuestro anhelo de voltear al salvajismo que se ha instalado en el poder […] Argentina campeón. Videla al paredón.

Después de la campaña del Mundial ’78, Firmenich condecoró con la “Orden del Comandante Carlos Olmedo” a Horacio Mendizábal, jefe militar de Montoneros, quien, a su vez, en la prensa mexicana y europea, destacó “el éxito de la guerra larga de desgaste”, dado que los militares ya habían detenido su ofensiva y no habían podido quebrar la voluntad de los combatientes.

Las evaluaciones internas de los grupos de combate en la Argentina eran siempre diferentes a los análisis que se producían en el exterior. El acta del grupo Wenceslao Caballero, menciona “el bajón productivo” del primer semestre de 1978 como consecuencia de la “desmoralización”. Las bajas no se regeneraron y no se pudo intervenir en la lucha de los gremios. El grupo de combate Héroes Montoneros, que había militado en Columna Oeste, indica en la evaluación del segundo semestre de 1978 que había perdido el ochenta y cinco por ciento de sus fuerzas, “atribuidas en su mayoría a la delación de un oficial primero y un oficial que ejercían puestos de conducción en la columna”; además, el jefe y su esposa habían desertado.

Estas pérdidas reflejaban la débil seguridad de los grupos de combate. Si un miembro de conducción de una columna caía, las consecuencias las sufrían todos sus subordinados. Para que no se produjeran caídas en cadena, se propuso la conformación de pelotones autónomos de cinco hombres, y la disminución de las comunicaciones con la jefatura, como había planteado Columna Norte antes del golpe de Estado: descentralizar los recursos y “estirar” las citas y reuniones. Héroes Montoneros marcaba una lectura diferente a la Conducción: el “enemigo” estaba desplegado en todo el territorio; había más patrullajes motorizados con tecnología Digicom -que permitía reunir los antecedentes del detenido desde el mismo móvil policial-. Existía también, con las delaciones y las caídas, una sensación de derrota difícil de superar.

La desmoralización sobre nuestras fuerzas puede tener efectos serios que pueden ir desde la disolución hasta cierta “actitud suicida” que se refleja en la seguridad y el funcionamiento. En la convicción de que hemos sido derrotados, a muchos compañeros pareciera que les da lo mismo morir hoy que mañana, pues de cualquier manera piensan que van a morir: no organizan el funcionamiento de acuerdo a lo necesario; hacen las citas a cualquier hora y en cualquier lugar, con formas de encuentro y contraseña que el enemigo ya conoce de sobra; en cuestión de vivienda e infraestructura se construye precariamente y, por lo tanto, las casas caen y los compañeros siguen yirando. O sea que, en vez de reducir el blanco, se ponen a tiro. La desmoralización es fuente principal de traiciones y deserciones.

Si bien Montoneros, en el exterior, consideraba que la resistencia “no se había extinguido”, era insuficiente como estrategia de poder. Necesitaba un impulso desde el exterior. Este es el análisis determinante para que la conducción montonera -lo expresa en su boletín interno número 11 del último trimestre de 1978- decida emprender la maniobra de “la contraofensiva” de sus cuadros armados.

Los grupos que comenzaron a entrenarse para regresar al país no preveían tomar contacto con los combatientes dispersos que habían resistido al gobierno militar. Quizá porque no sabían si existían, o los que habían sobrevivido ya no les resultaban confiables.

En una evaluación retrospectiva sobre la desintegración de Montoneros, el militante Eduardo Astiz describía un resumen de lo ocurrido con las estructuras guerrilleras.

“En 1979, ¿qué quedaba de la Organización? Casi nada. En realidad no quedaba ninguna estructura político-militar ni en la provincia de Córdoba, ni en Tucumán, ni en Mendoza, ni en Santa Fe, Salta, Jujuy, ni en ninguna otra provincia. Tampoco en ninguna región de la provincia de Buenos Aires. La Capital Federal fue traicionada por el “Pelado Diego”, Antonio Nelson Latorre, en mayo del ’77, la poderosa Columna Rosario fue destruida y “chupada” también en el ’77, las potentes columnas de Berisso, Ensenada, Lanús, Avellaneda y la Plata ya no existían. La Columna Norte había sido aniquilada tres veces. En síntesis, algo quedaba en algunos lados, pero por lo general, descolgado. Realmente en 1979 había que preguntarse ¿qué era Montoneros? ¿Un sello ovalado, un recuerdo o una máquina tragacarne?”

Fragmento del libro “Los 70, una historia violenta”, de Marcelo Larraquy.

 

 

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