
A lo largo de 1980 la confianza se fue deteriorando. La crisis bancaria fue una primera señal, que obligó al Banco Central a desprenderse de una proporción nada despreciable de las reservas que había acumulado los años anteriores. Propuestas para afianzar la credibilidad, como la de ofrecer seguros a cambio para transacciones a realizarse en el futuro, se desecharon. Se fue ensanchando la cuña entre las tasas de interés en pesos y en dólares, una medida de la desconfianza. La estampida de las tasas, empujadas también por la crisis bancaria, reforzaba el incipiente ciclo recesivo y ponía entre la espada y la pared a las empresas endeudadas. A mediados de año, un informe sobre los distintos sectores productores de bienes era poco menos que apocalíptico. Salvo en las industrias automotriz (“mayor producción y alta rentabilidad”) y naval (“suave viento en popa”), todo era quejas. En agricultura, “unanimidad: nadie está contento”; ganadería, “una depresión sin precedentes”; siderurgia, “en el camino de la debacle”; petroquímica, “la retracción no cesa”; celulosa y papel, “estamos todos castigados”; electrodomésticos, “lo único firme es el desaliento”: textil, “en la cuerda floja”; alimentación, “una evolución de signo negativo”. Ese era el tono general.
En julio de 1980 se había anunciado una nueva “profundización” del plan de estabilización, que incluía, además de medidas para reducir el déficit público, el levantamiento de las últimas trabas para tomar créditos en el exterior. Hubo cierta respuesta efímera y de corto plazo de los capitales externos, pero la credibilidad ya parecía estar irreversiblemente minada. Se esperaba con ansiedad la renovación presidencial de marzo de 1981, sin que el futuro jefe de estado se pronunciara sobre hombres o sobre políticas en el área económica. Para la tablita, el “silencio de Viola” era más perjudicial que mil palabras y se descontaba su abandono. Sólo el 5% de los banqueros consultados para una encuesta en octubre de 1980 confiaban en el cronograma cambiario tal como estaba previsto hasta marzo de 1981. Se anunció primero una corrección hacia arriba de la tasa de depreciación, pero no fue suficiente para detener lo que hacia fines de 1980 era una corrida contra el peso. En febrero, finalmente, una devaluación no programada de 10% acabó con la tablita, aunque formalmente permanecían en pie pautas del dólar hasta agosto. La desconfianza se convirtió en pánico, y a fines de marzo la pérdida de reservas acumulada desde octubre rozó los 5000 millones de dólares (más de la mitad). Era una economía con pronóstico reservado, aquejada por una inflación que amenazaba con acelerarse y sumida en una honda recesión, la que legaban Videla v Martínez de Hoz a sus sucesores, Viola y Lorenzo Sigaut.
El ciclo de la ilusión y el desencanto, de Pablo Gerchunoff y Lucas Llach