martes, 13 de enero de 2026
“Nuestro ganado en Inglaterra”, caricatura publicada en Caras y Caretas

En la década de 1890, los gruesos saldos exportables permitieron a la Argentina acumular los capitales necesarios para pagar su deuda externa y enriquecer no sólo a los terratenientes sino también a una clase media insertada en las actividades comerciales, industriales y de servicios. Gran Bretaña definió asimismo su condición de mejor cliente, convirtiéndose en un socio que vigilaría atentamente las alternativas políticas de la Argentina.

La manifestación más notable de este cambio fue la exportación de ganado vacuno en pie. En 1887 este tipo de relación comercial con el exterior había redituado casi 5 millones de pesos oro; diez años más tarde alcanzaba casi 12 millones de la misma moneda, y los vacunos argentinos se imponían a sus similares de los Estados Unidos, Canadá y Australia, sobre todo por su bajo precio.

Carneros Rambouillet, originarios de Francia.

También el ganado ovino sufría los efectos de la transformación rural: el merino era desplazado hacia el sur, a los campos patagónicos, que se iban poblando lentamente de lanares, transportados mediante prolongados arreos. En su lugar venía el Lincoln; luego el Rommey Marsh y otras razas. La mayor parte de la provincia de Buenos Aires, así como el sur de Córdoba y Entre Ríos, fueron escenarios en los que se pudo palpar a simple vista esta transformación. Desaparecían las majadas o cambiaba su aspecto; en su lugar aparecían tropas de vacunos que dejaban atrás las características de sus antepasados criollos, flacos y guampudos, para redondearse, hacerse más grasos, más opulentos, con patas más cortas.

Ocurrió que las exportaciones de ganado y de carne congelada exigían un producto que fuera grato al paladar europeo. La desmerinización del ovino y la mestización del vacuno con razas inglesas requerían cambios en la alimentación: los tradicionales pastos duros que poblaban las pampas debían reemplazarse por pastos tiernos. Pero esta mutación era costosa, porque implicaba la necesidad de roturar la tierra.

 

Fragmento del libro “La época de Roca”, de Félix Luna

Compartir.

Los comentarios están cerrados